Compromisos de la intelectualidad

| 6 abril, 2011 | Comentarios (1)

Tapa de L´Aurore con la carta abierta de Zola.

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El 13 de enero de 1898 Zola publica su famosa carta abierta “J´acusse” atacando los prejuicios antisemitas y el encubrimiento que operaban tras la acusación de traición al capitán Dreyfus; cinco días después era acusado él mismo por difamación, pero abierto un debate público alrededor del caso que dividiría Francia. El “caso Dreyfus” funciona desde entonces como acto fundacional de la idea del intelectual comprometido, aquel que “se planta” frente a las inequidades de su época. Significó también un hito para la historia de la prensa, ya que se utilizaba este medio para abrir un debate público sobre un “asunto de Estado”, algo no habitual en la época. Las columnas con posiciones a favor y en contra de Dreyfus acompañaron todo el proceso.

La intelectualidad local kirchnerista quizo presentarse como heredero de la tradición dreyfusista agrupándose en 2008 bajo el lema de “Carta Abierta”, en el momento más álgido de la división de la intelectualidad progresista nacional que, a pesar de sus distintas tradiciones ideológicas, supo estar unida en su conformismo desde la vuelta de la democracia: la disputa por “el campo” y por la Ley de Medios marcaron desde entonces una situación donde, desde cada trinchera (un medio oficial u opositor) la intelectualidad identificada con el gobierno y la intelectualidad opositora cruzaron acusaciones.

Pero cuando recorremos la prensa local (dividida en oficialistas y opositores según reciban o no oportunidad de negocios, jugosas pautas oficiales, licuaciones de sus deudas), no encontramos en la pluma estos intelectuales una defensa de las causas justas, sino más bien una razón pragmática que busca mantener la institucionalidad burguesa, en momentos en que ésta sin tapujos se apresta a hacer valer sus intereses y su legalidad sobre los cuestionamientos que surgen desde abajo. Sólo conocen el “yo acuso” para tildar a la izquierda de “funcional a la derecha”.

Con la muerte de NK, el kirchnerismo, que venía sumando deserciones más que aliados, invierte la dinámica a medida que mejora en las encuestas electorales, y con ello se pone en marhca la construcción del “mito” de los Kirchner, según el cual serían los setentistas y antimenemistas hijos del 2001 que avanzaron en la distribución de la riqueza y el crecimiento económico en detrimento del imperialismo, el modelo sojero y la corporación mediática.

A este mito, que para la intelectualidad oficialista es a prueba de balas (no dirigidas a ellos sino a los Ferreyra, los Qom, los ocupantes del Indoamericano), hoy se agregan los imaginarios del camporismo, que Forster, apelando a Walter Benjamin, describió como “esta extraña cita que el presente argentino realizó en la cancha de Huracán o que, sería mejor decir, se fue gestando desde el conflicto de la 125 y se multiplicó exponencialmente durante los días de la despedida popular a Néstor Kirchner (…) el presente trae a su conflictiva realidad aquello que se guardaba en la memoria y lo coloca en una nueva dimensión” (Página/12, 17/03/11).

El entusiasmo con el mito K ha provocado reposicionamientos en la intelectualidad y el debate sobre una deseada y para muchos alcanzada “hegemonía cultural kirchnerista”, contrapuesta a la “hegemonía” corporativa impuesta por los medios masivos de comunicación que el gobierno vendría enfrentando. El gobierno, víctima de una “batalla mediática”, habría logrado triunfar en la “batalla cultural” (Verbistky, Página/12, 06/03/11).

El festejo de la hegemonía K lo abrió no un kirchnerista, sino alguien que talla de opositora, Beatriz Sarlo, quien desde la muerte de NK “reconoce” elementos positivos en el kirchnerismo, o en todo caso, señala entre elogios y críticas hacia dónde cree ella que debe ir (una línea que chicanas respetuosas mediante, los K le han reconocido). Apelando al concepto de hegemonía de Gramsci, que según su lectura “equilibra fuerza y consentimiento”, Sarlo señala que ésta no es impuesta verticalmente ni es una marca autoritaria, sino que “es posible pensar en una hegemonía democrática, pluralista, como la que brevemente vivió la Argentina en los años ochenta”.  El gobierno K habría logrado producir “un bien que escasea en las sociedaddes actuales. (…) convencimiento en los gobernados”, aunque debe reconocer que esas “creencias” no pueden sostenerse permanentemente si no se apoyan en “cambios en los centro decisivos de la economía” (La Nación, 04/03/11). Desde la misma tribuna, tras el último amagado paro de Moyano que primero hizo poner el grito en el cielo a muchos K porque “perjudicaba al gobierno”, pero que una vez que el gobierno negociara la calma rápidamente fue defendido bajo la bandera de “la defensa de las organizaciones del movimiento obrero” (aunque el motivo era la defensa no de las condiciones de vida de los trabajadores sino de las matufias y la disputa por cargos en el PJ), Sarlo analizó: “El kirchnerismo verdadero (no el de los actos y el cotillón) no debería escandalizarse con Moyano. Es atendible que se sienta molesto. Podría preferir que Moyano fuera otro, pero ¿escándalo? Sólo los no avezados en la cultura peronista se escandalizan con estos hallazgos” (26/03/11).

En suma, si no fuera por las disputas de los años anteriores, podría creerse que Sarlo ocupa el lugar de “analistas críticos” que los intelectuales K habían prometido ser con Carta Abierta pero que no cumplieron, encolumnándose cada vez más sin matices a cada una de las decisiones presidenciales. Incluso algunos son acusados por los mismos K de perjudicar más que ayudar en su fanatismo, como recientemente mostró Horacio González con el gafe Vargas Llosa, lo que Verbistky denominó como “fuego amigo”: “tan autoderrotista como esta euforia atolondrada [la de Conti y Telam] es la cavilación depresiva manifiesta en el propósito de incidir en la elección del orador central en la feria de editores y libreros” (Página/12, 06/03/11).

El affaire Vargas Llosa fue uno de las discusiones que mostraron los reposicionamientos de la intelectualidad en el último mes. Mientras vergonzosamente González aceptó la penitencia del Ejecutivo y las plumas K se deshicieron en loas a la presidenta por haber puesto orden en todo intento de que un funcionario del Estado interfiera con las decisiones de corporaciones privadas, otras figuras K (o semi K) comenzaron tímidamente a apelar a la legitimidad de la crítica al Nobel neoliberal. Frente al reciente bloqueo a Clarín, Sarlo lamentó que la presidenta no tuviera esa “inteligencia”: dado que la presidenta “visita tantas fábricas para hacer campaña […] no habría sido inverosímil una gran escena de ella llegando, en la noche profunda, para conversar con los delegados, los militantes y sus familias. Si hubiera alguien inteligente en su entorno, se lo habría aconsejado. Ellos se lo perdieron. Pero, aunque no sobra la inteligencia, lo que más falta es el pluralismo democrático” (La Nación, 28/03/11); el punto anotado en contra para la hegemonía cultural kirchnerista es, según Sarlo, un producto de resabios de su setentismo y de su amistad con Chávez que debería abandonar para su “perfil más ilustrado”.

Otro hecho que ocupó las columnas de la intelectualidad progresista fue la reivindicación conjunta de David Viñas, acto homenaje en la Biblioteca Nacional incluido. Viñas, no alineado a ninguna de las dos posturas (aunque con más simpatías K que antipatías) les sirvió como prenda de unidad, aun cuando tanto sus posturas ideológicas y políticas como su trayectoria, no fueran asimilables a las de ninguno de los dos sectores.

El apoyo a las críticas del director de la Biblioteca Nacional contra Vargas Llosa (que en su derechismo inadvertido ayudó a presentar al kirchnerismo como izquierdista y hasta piquetero) y los “usos” de Viñas, parecen apuntar a intentar una reunificación de la intelectualidad conformista, que ya ha dado algunos frutos. Hoy “estupefacta” por el incidente Clarín, hace dos semana Sarlo analizó el acto de Huracán en el mismo sentido de la hegemonía cultural, cuyos cantitos y “felicidad de la fiesta” la “flasheó” tanto como a Fontova el “nunca menos”: “El peronismo nos ha acostumbrado a todas las sorpresas, incluso a las agradables” (La Nación, 12/03/11). A partir de ahora siempre citando algun concepto o modismo de Viñas, González ha juntado valor y finalmente ha contestado a Vargas Llosa disputando con el Nobel las credenciales liberales y republicanas, reivindicándose herederos del “liberalismo revolucionario” e internacionalistas “libertarios” (Página/12, 14/3/11); Grüner, que se había reivindicado como “no oficialista” en su recuerdo de Viñas, aprovecha para llamar a terminar con la división entre “tirios y troyanos” (K y no K) alimentada por la derecha, que considera una “bizantina teoría de los dos demonios”, y a poner fin a la crítica a los intelectuales K por ser fundamentalistas y funcionarios (Página/12, 16/03/11).

En verdad, una reunificación intelectual progresista no debería sorprender. El giro a la derecha del gobierno de Cristina, que busca presentarse como la mejor garante de la gobernabilidad burguesa, desdibuja objetivamente las diferencias de los últimos años. Los artículos de los distintos representantes intelectuales incluyen los guiños obligados a aquello que los ha unido siempre: la nostalgia de Sarlo de la década del ochenta; la defensa del liberalismo de González; las “diferencias” señaladas entre la joven generación de los setenta y la joven “militancia” actual a favor de la segunda que según Forster que tiene a disposición un “espíritu democrático” que faltó en la primera y la llevó a una “tragedia anunciada”; la asimilación de toda crítica por izquierda a ser “funcional” a la derecha; en suma, los elementos compartidos sobre la “razón democrática”, como la ha llamado González (Página/12, 27/12/10). Una “razón” que no es más que la defensa de una institucionalidad burguesa asentada sobre la derrota del ensayo revolucionario de los setenta, un “Estado republicano” que ha sabido mantener las desigualdades del neoliberalismo, la impunidad para la amplísima mayoría de los genocidas y sus cómplices civiles (empresarios, burócratas sindicales, la Iglesia), y que sigue garantizando hoy a costa de la represión directa o judicial de la protesta, la precarización laboral y la pobreza de amplios sectores de la sociedad para sostener la ganancia de unos pocos, entre ellos, los organismos internacionales; y que hoy, en vistas a las elecciones, llama en boca de la presidenta a “no pedir credenciales” a quienes quieran sumarse al proyecto. Así van entrando en las listas los sojeros, la burocracia sindical, las amigas de los encubridores de los asesinos de María Soledad, los menemistas… Y así siguen quedando afuera los que mantienen “la fiesta nac&pop” de grandes ganancias capitalistas pero reciben palos y juicios cuando reclaman por sus derechos.

Es probable que alguno de los intelectuales funcionarios, como dice Grüner, no lo sean por grandes beneficios pecunarios o sólo por ello, sino por convencimiento, lo cual los une a otros varios intelectuales progres no funcionarios. Pero ello es parte del problema y no un atenuante. La reivindicación de la “batalla cultural” no es más que la defensa de este Estado sino en todos los puntos, sí en la voluntad de sostenerlo conteniendo la conflictividad social y la acción directa cada vez que algún sector de los explotados decide tomar sus demandas en sus manos; sus apelaciones a tradiciones y autores que lejos del conformismo (y en las peores condiciones) pensaron la revolución, como Benjamin y Gramsci, no son más que girones de sus legados usados para adornar la aceptación y participación del proyecto y del Estado de los impresentables del PJ (tanto como los Kirchner, neoliberales devenidos nac&pop según soplen los vientos), la asesina burocracia sindical al servicio de las patronales, y las remozadas fuerzas de seguridad que sea bajo la jurisdicción que sea, son entusiastas militantes del gatillo fácil. Republicanos o populistas, la intelectualidad progre viene a realizar aquello que siempre ha hecho: adobar los sapos que el gobierno de turno nos prepara en pos de un país burgués “normal”.

Si esta intelectualidad conformista pudiera compararse con el momento de emergencia de la “intelectualidad comprometida”, no podría ubicarse entre las filas de los dreyfusistas que en diversos pronunciamientos defendieron a Dreyfus y acusaron a la Tercera República. El caso Dreyfus marcó la noción de intelectual no sólo como aquel que se plantaba frente a las injusticias, sino de aquellos que a fuerza de disputar con el antisemitismo y nacionalismo más rancios, pusieron en cuestión la “razón de Estado” de la inestable República que había ocultado, garantizado y ejecutado dicha injusticia para no blanquear los oscuros intereses de su Estado Mayor. Descrubrieron que no se trataba de una injusticia particular, del error de un juez o la delación de un espía, sino todo un aparato montado para defender determinados intereses y autopreservarse. La liberal “república” francesa, que luego del Imperio funcionaba parlamentariamente y acusaba cierta preocupación por los problemas sociales, había demostrado ser para los dreyfusistes, una tiranía.

Los intelectuales progresistas nacionales más bien podrían equipararse a los llamados “dreyfusiens” de la época, quienes reconocían la injusticia sufrida por Dreyfus pero, dado que la disputa había llegado a poner en cuestión a las instituciones del Estado francés, pragmáticamente “llamaban a la unidad”, es decir, proponían conciliar los intereses de tiranos y tiranizados con tal de que la cosa “no se vaya de madre”, no cuestione los “marcos institucionales”.

A la par que crece el conformismo en la intelectualidad, viene desarrollándose en el movimiento obrero el “sindicalismo de base”, enfrentado a una burocracia sindical ligada al Estado por suculentos negocios, leyes que le garantizan su dominio y la protegen, funcionarios propios y patotas dispuestas a “poner orden” siempre que eso no alcance. Sus desafueros y expulsiones se coordinan con la judicialización y persecución estatal con que el gobierno busca ejemplificar y poner en caja a la fuerza social que tiene en sus manos romper con las instituciones que garantizan la explotación de los muchos para beneficio de unos pocos, con el beneplácito de todos los opositores. Justamente por ello abundan entre los procesados y perseguidos los representantes de las principales luchas obreras del último período. En el desarrollo de sus organizaciones y de una política clasista independiente de las patronales y del Estado, se juega hoy la posibilidad de que las causas justas de los trabajadores y el pueblo logren triunfar.

Sobran hoy las causas justas perseguidas por este Estado; un intelectual que no pueda decir “yo acuso” contra éste, no es un “intelectual comprometido” sino un intelectual con compromisos con el Estado, con o sin cargo, K o no K.

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Category: Artículos, Cultura, Ideas y debates

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