Respuesta de Rolando Astarita: “URSS: respuesta a una crítica trotskista”

| 15 abril, 2011 | Comentarios (2)

Rolando Astarita ha publicado en su blog una respuesta a la crítica que realizamos a su caracterización de la URSS como Estado burocrático. Aquí la reproducimos y esperamos seguir el debate.

En la nota “¿Qué fue la URSS? (2)” critiqué la tesis trotskista que sostiene que la URSS fue un Estado obrero. Esteban Mercatante, del Partido de los Trabajadores por el Socialismo, publicó una crítica a mi posición, que lleva por título “Qué fue la URSS. Polémica con Rolando Astarita”. Aquí respondo a su crítica, y aprovecho para profundizar en la caracterización de la URSS.

La médula de la crítica

El punto de partida de mi rechazo de la tesis “la URSS fue un Estado proletario” es que el Estado obrero se caracteriza por la lucha en pos de la abolición de la sociedad de clases, y se identifica con la transición al socialismo (utilizo los términos Estado obrero y dictadura del proletariado como sinónimos). Dado que el Estado soviético, por lo menos a partir de los años 30, se opuso activamente a la transición al socialismo, sostengo que no puede ser considerado un Estado obrero. Esta afirmación se ve reforzada, según mi argumento, por dos circunstancias. En primer lugar, por el hecho de que la burocracia había establecido una relación de explotación sobre la clase obrera; y en segundo término porque la propia clase obrera no se identificaba con ese Estado. La crítica que me realiza Esteban Mercatante (en adelante EM) se sostiene en la idea de que la dictadura del proletariado no se caracteriza por la transición al socialismo, sino por la estatización de los medios de producción. Si los medios de producción están estatizados, afirma EM, estamos en presencia de un Estado obrero, al margen de que esté, o no, en transición al socialismo. EM escribe: “El Estado obrero es una forma transitoria, que expresa el inicio de la superación del capitalismo, sin que se pueda afirmar que se ha llegado al socialismo. Es una supervivencia de la sociedad capitalista; expresa que siguen existiendo clases sociales, y por lo tanto relaciones de opresión. Esta caracterización del Estado como obrero porque se apoya en la propiedad nacionalizada, no dice nada sobre la marcha de la transición” (énfasis mío). La idea es que la dinámica de esta sociedad no tiene importancia a los efectos de definir el carácter de clase del Estado.

¿Categorías objetivas o subjetivas?

Según están planteadas las cosas, pareciera que estamos ante dos aseveraciones que serían igualmente válidas. Yo afirmo que la dictadura del proletariado es la transición al socialismo, y EM afirma que no es la transición al socialismo. ¿Cómo se sale de esto? Mi respuesta: no hay manera de salir del embrollo si ambas aseveraciones son por igual subjetivas.

Sin embargo, categorías tales como “socialismo”, “capitalismo”, “dictadura del proletariado” y similares no son construcciones subjetivas, sino socialmente objetivas. Esto se debe a que responden a tradiciones teóricas y políticas que son asumidas, de alguna manera, por millones de personas. Más específicamente, cuando discutimos dentro del movimiento de la izquierda socialista, o del marxismo, qué es socialismo o qué es dictadura del proletariado, partimos de elaboraciones que son tributarias de décadas de combates políticos, ideológicos y “prácticos”, en la que participaron millones de personas que, de alguna manera, se identificaron con el comunismo. Esto es lo que ha posibilitado, por ejemplo, que Trotsky criticara la afirmación de Stalin de que la URSS había llegado (en los 30) al socialismo. Trotsky partía de la noción de socialismo tal como la había concebido el movimiento marxista, y tal como los propios partidarios de Stalin podían entenderlo, esto es, como una sociedad sin clases. Por supuesto, la discusión podía estancarse si alguien dijera “yo defino el socialismo de manera tal que la URSS es socialista”. En última instancia, es lo que hicieron los defensores del “socialismo real”, y lo que hacen hoy los inventores del “socialismo siglo XXI”. Pero como he explicado en una nota anterior (Razón y socialismo siglo XXI), esto no solo implica abdicar de la crítica, sino también nos introduce en el reino de la arbitrariedad.

Con esto en vista, he sostenido, y lo reafirmo aquí, que la concepción de Estado obrero, o dictadura del proletariado, se identifica con la transición al socialismo. Esto es, el Estado obrero no es un simple “reflejo” pasivo de lo existente, sino una herramienta de lucha por la transformación social. Por eso en la primera nota sobre qué fue la URSS partí de esta noción, que ya estaba en Marx y Engels: “En una carta de marzo de 1852, Marx decía que entre sus principales aportes figuraba haber descubierto que la dictadura del proletariado “constituye la transición de la abolición de todas las clases y a una sociedad sin clases” (Marx y Engels, 1973, p. 55). En la Crítica del Programa de Gotha Marx y Engels sostienen que “entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista se sitúa un período de transformación de la una a la otra, en el cual la clase obrera ejerce el poder para ir eliminando gradualmente las clases sociales, y con ello la necesidad misma del Estado”.

También Lenin adopta esta noción en su famoso folleto El Estado y la revolución. Y el propio Trotsky tuvo este criterio. Trotsky consideraba que la URSS era un Estado proletario porque era transitorio o preparatorio del socialismo: “Es pues más exacto llamar al régimen actual soviético, con todas sus contradicciones, no socialista, sino transitorio entre el capitalismo y el socialismo, o preparatorio del socialismo” (Trotsky, 1973, p. 76; énfasis mío). Más adelante: “La dictadura del proletariado es un puente entre la sociedad burguesa y la sociedad comunista. Su misma esencia, pues, le confiere un carácter temporal. El Estado que realiza la dictadura tiene como tarea derivada, pero de todo punto primordial, preparar su propia abolición” (ídem p. 80). Y algunos años más tarde sostuvo que si la clase obrera soviética se demostraba incapaz “de tomar en sus manos la dirección de la sociedad”, podría desarrollarse “una nueva clase explotadora a partir de la burocracia fascista bonapartista” (Trotsky, 1971, p. 10). En ese caso, afirmaba, “habría que considerar en retrospectiva que la URSS no habría sido un régimen transicional al socialismo” (ídem; énfasis agregado). De manera que consideraba que la URSS era un régimen en transición al socialismo, y que la dictadura del proletariado, o Estado obrero, se caracterizaba por ser preparatorio del socialismo. Contra lo que afirma EM, la dinámica es esencial a la caracterización.

Aquí enfatizo lo siguiente: no estoy apelando al principio de autoridad (tengo razón porque lo dijeron Marx o Trotsky), sino estoy mostrando el origen de una categoría que tomó entidad en millones de conciencias que adhirieron al comunismo. Cuando discutimos que la URSS no era un Estado obrero, debemos partir de esa realidad. Si en la conciencia de las masas, si en la tradición del marxismo, si en el propio Trotsky, está asumido que el Estado obrero es sinónimo de transición al socialismo, la tesis de que el Estado de la URSS no era obrero equivale a afirmar que la URSS no estaba en transición al socialismo. Esta es la importancia política que tiene la crítica de la tesis “la URSS era un Estado obrero (= la dictadura del proletariado)”. No se trata de establecer arbitrariamente las categorías, a fin de ganar discusiones o defender “la verdad de partido”, sino de partir de lo existente. Es la primera condición para no caer en discursos sectarios.

Régimen y Estado, ¿cómo discutimos?

Además de generar una “definición” particular del Estado, EM sostiene que he confundido “de manera ostentosa” (sic) las “categorías elementales” (sic) de régimen político y Estado; esto porque en algunos pasajes de mi nota sobre la URSS utilicé como sinónimos los términos “régimen” y “Estado”.

Aunque EM hace todo un “mundo” de esto, se trata de un tema menor, de tipo semántico. Es que al escribir mi anterior nota tomé las categorías que utilizaba Trotsky, que fueron aceptadas y usuales en el movimiento trotskista. Fue Trotsky quien utilizó como sinónimos “régimen” y “Estado”. Por ejemplo: “… el régimen que guarda la propiedad nacionalizada y expropiada de los imperialistas es, independientemente de sus formas políticas, la dictadura del proletariado” (Trotsky, 1970, p. 91; énfasis agregado). No puede haber lugar a dudas; se refería a régimen como sinónimo de Estado obrero o dictadura del proletariado. Lo mismo podemos decir de la cita que hemos presentado antes, tomada de La revolución traicionada, donde habla del “régimen soviético” como “preparatorio” del socialismo; claramente aquí “régimen” está empleado como sinónimo de Estado. ¿Por qué entonces EM hace tanto barullo porque utilicé, en una crítica a Trotsky, las categorías en el mismo sentido que las empleaba Trotsky? ¿Por qué no tengo derecho a utilizar los términos a los que están habituados los lectores de Trotsky, si deseo que mi crítica sea leída y comprendida por ellos? Por otra parte, si tanto le disgusta a EM que se utilicen como sinónimos “régimen” y “Estado”, ¿por qué no empezó por criticar a Trotsky en este punto? Además, ¿por qué no le informa a sus lectores que Trotsky había utilizado los términos como sinónimos? ¿Por qué se polemiza de esta manera? Pareciera que se está “embarrando la cancha”, para que la gente se despiste por las ramas de los verdaderos asuntos a discutir.

Forma política y contenido social

Vayamos ahora al tema de fondo, la relación entre las formas políticas y el contenido social de un Estado. La idea que defiende EM, siguiendo a Trotsky, es que el Estado obrero se puede definir de manera independiente del régimen político existente, siempre que se mantenga la estatización de los medios de producción. Para fundamentar esta afirmación, Trotsky partía del caso del capitalismo. Un Estado es capitalista, argumentaba, aunque varíen sus formas políticas (o regímenes políticos). Así, puede ser dictatorial, democrático burgués, fascista, etc., pero si la relación social dominante es la relación capital trabajo, ese Estado es capitalista. De la misma manera, sigue el razonamiento de Trotsky (y EM), el Estado obrero puede ser burocrático o democrático, pero si los medios de producción son propiedad estatal, el Estado es obrero, con independencia de sus formas políticas. En otros términos, habría una esencia proletaria, que no se alteraría por las formas políticas, y determinaría la naturaleza proletaria del Estado.

Pues bien, sostengo que este razonamiento está equivocado, ya que, en primer lugar, pasa por alto que los contenidos, o esencias, pueden ser afectados en su naturaleza por las formas. Y en segundo término, porque parece desconocer que las relaciones entre las formas políticas y el contenido social (más en general, entre forma y contenido) son cambiantes, no son inmutables. Dado que esto es importante para comprender a Marx, me extiendo un momento en el asunto. Como explica Hegel, hay “formas y formas”, esto es, hay formas que no afectan al contenido (o no lo hacen de manera sustancial), pero hay formas que sí afectan al contenido, y lo modifican, al punto de cambiar su naturaleza. Para explicarlo con un ejemplo sencillo (de Hegel), si un libro tiene tapas duras o blandas, esto no afecta a su contenido; pero si el libro está muy mal escrito, su contenido puede ser deformado al punto de que no quede nada de él (las mismas cuestiones pueden ejemplificarse con la relación entre forma y contenido del valor; o entre contenido material y forma social, etc., en Marx).

Apliquemos esto a las formas políticas. En el modo de producción capitalista es indudable que pueden existir formas políticas diversas, que no cambian la naturaleza del contenido, esto es, la relación de explotación del trabajo por el capital. Esto tiene que ver con el hecho de que la explotación ocurre por medios puramente económicos, de manera que se genera una mayor autonomía de las formas políticas con respecto al contenido social que en otros modos de producción. Aunque también es preciso señalar que no toda forma política es compatible con la explotación y acumulación regulares del capital; algunas formas políticas pueden ser muy inestables e inadecuadas (por ejemplo, un régimen basado en milicias populares, funcionarios elegibles y revocables, con salarios iguales a los de un trabajador, etc.). Pero lo importante es que bajo el capitalismo lo político tiene una cierta autonomía. Sin embargo, esto no es trasladable mecánicamente a otras formaciones sociales distintas del capitalismo. Por caso, en los modos de producción en las cuales la extracción del excedente se realiza por medios extraeconómicos, la forma política “hace” al contenido social. Por ejemplo, en la sociedad asiática (donde no hay clases sociales en el sentido propio del término, pero existe explotación) la forma política, caracterizada por el dominio de la burocracia, es esencial a la existencia de un Estado que se convierte en vehículo de la extracción del excedente.

Mutatis mutandi, si defino que en la URSS la burocracia explotaba a la clase obrera a través de la coerción estatal, la forma política se identifica con el carácter del Estado, ya que no puede existir explotación de la clase obrera con “democracia obrera”; sería una contradicción en los términos. Por eso también es un sinsentido exigirme que distinga entre “Estado burocrático” (no proletario) y “régimen burocrático”, entendido como forma política. A su vez, esta forma política (organización burocrática) afectaba de manera esencial a la relación de propiedad estatal. Como veremos más abajo, la propiedad estatal no es una relación de propiedad “proletaria”, por fuera y al margen de la forma concreta que adopta el Estado. Por este motivo no puede existir una “esencia” proletaria por fuera de las formas políticas. Precisamente Lenin criticaba a los anarquistas por haberse “desentendido del problema de las formas políticas en general” (Lenin, 1975, p. 58). Las formas políticas son vitales para el dominio de clase, y avanzar en la transición al socialismo. “Las clases explotadas necesitan el dominio político para suprimir completamente la explotación” (Lenin, 1975, p. 23). Por eso es que el marxismo ha prestado tanta atención a la experiencia de la Comuna, y a las formas políticas que creó la clase obrera en su transcurso. “La Comuna es la forma descubierta por fin por la revolución proletaria bajo la cual puede lograrse la emancipación económica del trabajo” (idem, p. 59). No es a través de cualquier forma política que puede emanciparse el trabajo. La Comuna por esto mismo fue considerada un gigantesco paso adelante para descubrir esa forma apropiada. Y polemizando con Kautsky, Lenin enfatizaba que “todo el quid del asunto” reside precisamente en las “formas”; por ejemplo, en que los delegados obreros a los soviets fueran amovibles, que recibieran un salario igual al de cualquier trabajador, etc. ¿Cómo puede decirse que toda esta problemática puede ser barrida debajo de la alfombra con el argumento “lo que importa son las estatizaciones”, y esto, además, al margen de la dirección que esté tomando la sociedad?

La estatización “en sí” como relación de producción proletaria

Hemos dicho que en Trotsky, la naturaleza proletaria del Estado deriva de la naturaleza proletaria de la relación de propiedad (Trotsky, 1970, considera que la estatización implica “una forma proletaria de propiedad”). Pero… ¿por qué debe considerarse “proletaria” a la relación de propiedad estatal? Responder a esta pregunta es vital, porque todo el peso del argumento trotskista se ha puesto en esto. Recordemos además que Trotsky consideraba que el régimen de la URSS era “preparatorio” del socialismo. De manera que, desde este punto de vista, se debería demostrar que existía algún impulso, inherente a la relación estatizada, que preparaba el socialismo, o impulsaba a la URSS en esa dirección, a pesar de la burocracia. Pues bien, a pesar de la importancia del asunto, no encuentro explicación alguna de Trotsky al respecto, al menos hasta donde alcanza mi conocimiento. En varios pasajes sostiene que la economía estatizada genera un fuerte impulso al desarrollo de las fuerzas productivas, y que esto prepara las condiciones para el socialismo. Pero el propio Trotsky admitió también que si las fuerzas productivas dejaban de desarrollarse en la URSS, no por ello el Estado dejaría de ser proletario, en tanto subsistiera la industria estatizada. De manera que al margen de que se desarrollaran las fuerzas productivas, habría que considerar a la relación estatal “proletaria”. Pero, ¿por qué? ¿Por qué la relación estatal debería generar algún impulso al socialismo? Después de todo hemos conocido muchos regímenes de propiedad estatizada, en los cuales no se genera ningún impulso al socialismo. En Corea del Norte la propiedad está estatizada, y lo está desde hace muchas décadas, y no creo que se pueda afirmar que ese país está en preparación del socialismo.

Otro argumento sería sostener que la estatización es una relación de propiedad proletaria porque es el primer paso en la transición al socialismo; de manera que el Estado que preservase ese primer paso, seguiría siendo “proletario”, al margen de cualquier otra circunstancia (el argumento es de EM, y tal vez se puede encontrar en algunos pasajes de Trotsky). Pero este razonamiento nos parece equivocado, porque si bien todo avance al socialismo exige la estatización, no necesariamente toda estatización implica que se ha tomado el camino del socialismo. Presentemos un ejemplo al respecto, la colectivización forzosa de la tierra en la URSS, de finales de los años 20 y principios de los 30. Esa colectivización alejó definitivamente a los campesinos del régimen, de manera que quebró, de manera también definitiva, la posibilidad de asentar el gobierno de la URSS en la alianza obrera y campesina (que los bolcheviques habían considerado siempre el pilar de la dictadura del proletariado). Por eso la colectivización de la tierra fue un paso que alejó a la URSS de la transición al socialismo. No solo quebró la confianza del campesino en el régimen, sino también afianzó el poder de la burocracia por sobre la clase obrera y la sociedad en su conjunto.

El ejemplo demuestra entonces que la pregunta sobre si la estatización constituye un primer paso hacia el socialismo, o hacia otra cosa, solo puede responderse si se toman en cuenta las relaciones en que se encuentra, las medidas que la acompañan, y las formas políticas con que se impulsa y establece. En términos dialécticos, no existe el “en sí”, al margen de las relaciones que establece con los elementos circundantes. La estatización “en sí” no tiene una naturaleza “proletaria”, o de cualquier otro tipo. La estatización será una relación proletaria si, articulada con otras medidas, refuerza el poder político de la clase obrera. Pero bajo otras relaciones, la estatización puede no fortalecer a la clase obrera, sino debilitarla, y por eso no puede considerarse nunca, “en sí misma”, como una relación “proletaria”. Cuando Lenin escribía, al final de su vida, que en la URSS tomaría décadas organizar a los campesinos en cooperativas (auténticas), ofrecía una alternativa más “socialista y transformadora”, si se permite la expresión, que la colectivización stalinista de fines de los 20. Posiblemente una eventual revolución obrera antiburocrática en los 30 hubiera tenido que desandar mucho de lo “avanzado” por el stalinismo en materia de colectivización, precisamente para avanzar en la reconstitución de las condiciones políticas para el avance del socialismo.

Por último, despejemos una crítica menor de EM. EM sostiene que con mi criterio para establecer un Estado obrero (si lucha o no por el socialismo) habría que esperar hasta la llegada del socialismo para decidir si está en marcha hacia el socialismo. Lo cual es absurdo. Cualquiera podía caracterizar a la Revolución de Octubre de 1917 como “socialista”, a pesar de que se estaba muy lejos de llegar al socialismo. La dirección de un determinado proceso se pude determinar aunque no se sepa si se llegará a tal estadio, u objetivo. De todas maneras, lo importante es observar que la objeción de EM encierra un criterio acrítico frente a la burocracia, ya que la misma respuesta que me da EM podía brindarla la burocracia a sus críticos. Por ejemplo, ¿qué decir del burócrata que ante las críticas por el rumbo que estaba tomando la economía soviética en los 30, hubiera argumentado “no tienen derecho a criticar hasta que no hayamos llegado a destino”?

¿Explotación o privilegios?

Una de las grandes dificultades de la tesis “la URSS fue un Estado obrero” es que no puede reconocer el hecho de que la burocracia explotaba a la clase obrera. He planteado que Trotsky, hacia el final de su vida, sostuvo que la burocracia explotaba (“de manera no orgánica”) a la clase obrera. Pero Trotsky también reconocía que si la clase obrera era explotada, la URSS no podía ser un Estado obrero; de ahí que nunca llegó a admitir abiertamente que la clase obrera fuera explotada (habló de “explotación no orgánica”), y mantuvo que la URSS continuaba siendo la dictadura del proletariado. Consciente de este problema, en mi texto expliqué que hay una diferencia entre “privilegio” y “explotación por apropiación del excedente”, y sostuve que la burocracia soviética explotaba a la clase obrera.

A pesar de que el punto es clave, EM no refuta mi razonamiento, y se limita a decir que en tanto no llegue el comunismo “subsisten relaciones de distribución burguesa”. Es el argumento de Trotsky: en la URSS existían relaciones de propiedad socialistas, pero las relaciones de distribución eran burguesas, circunstancia que había sido prevista teóricamente por Marx. De esta manera el trotskismo se empeña en negar la existencia de la explotación de los obreros en la URSS. Pero lo hace a costa de introducir una confusión de proporciones. Para clarificar el asunto, empecemos explicando que la famosa referencia a la “norma de distribución burguesa” la hizo Marx (y luego Lenin) para destacar que todavía bajo el socialismo a cada cual se le pagará según su trabajo. Esto es, habrá un rasero igual (norma burguesa de distribución), para personas que no son iguales. Es claro que esta norma “burguesa” no se asienta en explotación alguna. Por eso el marxismo jamás sostuvo que por tal “norma de distribución burguesa” debieran entenderse ingresos desiguales derivados de las posiciones jerárquicas ocupadas en las empresas y el Estado obrero. Es por este motivo también que Lenin, siguiendo el ejemplo de la Comuna, planteaba que era vital que los que ocuparan cargos de funcionarios debían recibir salarios iguales a los de un obrero. Es que Lenin tenía conciencia de que bajo la forma del “salario diferenciado” puede esconderse explotación. Y cuando, una vez tomado el poder, admitió que el Estado proletario debía ceder terreno, y convocar a ex capitalistas a dirigir empresas, no anduvo con eufemismos. Planteó que se trataba de “ganancias”, esto es, de plusvalía; no eran privilegios, sino “ganancias” (véase, por ejemplo, “El impuesto en especie” de mayo de 1921).

Para explicarlo de manera más clara: el ejecutivo de una empresa que recibe un ingreso varias veces superior al de un trabajador, no tiene un “privilegio”, sino participa de la explotación del trabajo, y recibe una parte de la plusvalía, bajo la forma de salario. El ejecutivo de una empresa estatal, que recibe un ingreso varias veces superior al de un trabajador, también está recibiendo plusvalía, aunque no sea propietario de los medios de producción, y aunque reciba esa plusvalía bajo la forma de salario. De nuevo, no se trata de privilegio, sino de explotación. Por último, el burócrata dirigente de la URSS, que recibía un “salario” varias veces superior al de un trabajador, estaba participando de la explotación, porque ese ingreso no provenía de la norma (burguesa) “a igual trabajo, igual ingreso”, sino de la norma (burguesa) “recibo más porque participo de los frutos de la explotación debido a mi puesto en el Estado”.

Explotación, excedente y transición al socialismo

Carente de argumentos relacionados con la extracción y apropiación del excedente, EM apela a su utilización para “demostrar” que no había explotación. Pregunta “¿Cómo diferenciar entre la apropiación del excedente por parte de un “Estado burocrático” y el inevitable proceso de apropiación estatal del excedente que caracteriza siempre el comienzo de la transición?”. Pero la misma pregunta podríamos hacer con respecto a cualquier apropiación de excedente por parte de un Estado. El Estado asiático explotaba, apropiándose del excedente. Y todos sabemos que un futuro Estado obrero, en el camino de la transición al socialismo, deberá apropiarse de excedente. Dado que este último se apropiará de excedente, a igual que sucedía en el modo asiático, ¿ponemos un signo igual entre ambos en el tema “explotación”? En absoluto, porque tenemos que preguntarnos qué hacen los Estados con ese excedente. Lo vemos con dos casos hipotéticos.

Si en un futuro régimen postrevolucionario los funcionarios cobran igual que un obrero, y cumplen funciones productivas de administración y control; y si el excedente se utiliza en ampliar las capacidades de producción, o en mejorar las condiciones generales de vida, etc., no hay explotación. Solo existe una apropiación del excedente por el Estado, para luego redistribuirlo. En cambio, si los funcionarios reciben ingresos muchas veces superiores a los de un salario; si además, a fin de defender estos ingresos, parte del excedente lo destinan a mantener un gigantesco aparato represivo contra la clase obrera, podemos decir que hay explotación, y que el excedente se dedica, en buena parte, a sostenerla y reproducirla. Hay apropiación del excedente por el Estado, y explotación. Esto es lo que ocurría en la URSS; es lo que no ocurriría en un Estado obrero en transición al socialismo.

La actitud de la clase obrera ante la restauración

Dada la importancia de las formas políticas, y de la política para que exista la transición al socialismo, la actitud de la clase obrera ante la restauración constituye un elemento esencial para la caracterización del Estado obrero. De ahí que personalmente acuerde con el criterio que expuso Trotsky, hacia el final de su vida, de que si la clase trabajadora no retomaba la iniciativa, si no defendía la propiedad estatal frente a la restauración capitalista, habría que reconsiderar en retrospectiva si la URSS había sido un Estado obrero. EM guarda prudente silencio sobre este aspecto del tema. Tratándose de un trotskista, es llamativo. Sin embargo, lo más llamativo es que pase por alto un hecho histórico que he mencionado, de proporciones indisimulables. Se trata de que muchas poblaciones soviéticas recibieron a los ejércitos hitlerianos, cuando se produjo la invasión, saludándolos como libertadores. ¿Cómo es posible que sucediera semejante cosa en un “Estado obrero”? ¿No hay nada que revisar en las caracterizaciones? ¿Por qué en la izquierda no se pueden enfrentar los hechos? Pareciera que hay que negar todo lo que no encaja en lo preestablecido por algún dogma.

Los pronósticos de fines de los 80

Algo similar ocurre con el tema de los pronósticos realizados por las organizaciones trotskistas entre fines de los 80 y principios de los 90. EM escribe: “Astarita señala que “ante los acontecimientos de fines de los 80 y principios de los 90 los pronósticos y categorías que manejaban los trotskistas estallaron por los aires. Lo que “olvida”, sin embargo, son los procesos de revolución política contra la burocracia que se dieron en todo el bloque soviético desde fecha tan temprana como 1953 tanto en la RDA, como en Hungría, Polonia y Checoslovaquia”.

Sinceramente, no puedo encontrar relación lógica entre que no haya mencionado los acontecimientos de 1953, 1956 o 1968 en Europa del Este, y los errores de los trotskistas. Hacia fines de los años 80 y comienzos de los 90 los trotskistas seguían caracterizando a la URSS como un “Estado obrero”, esto es, en transición al socialismo; aseguraban que la clase obrera defendería a “su” Estado, y que incluso hechos como la unificación de Alemania solo podría producirse por medio de una “guerra contra los Estados obreros desatada por el imperialismo”. Recuerdo que cuando, entre 1990 y 1991, afirmé que en el Este de Europa y en la ex URSS ya había Estados capitalistas (Estados que defendían y procuraban extender las relaciones de explotación capitalista), recibí un rechazo prácticamente unánime. Comprendo, por supuesto, que les cueste hablar de todo esto, y por eso el intento de desviar el tema hacia 1953, 1956 o 1968 (pero no hasta la época de la invasión nazi a la URSS). Pero en realidad, no se trata de salvar el prestigio, sino de avanzar en el conocimiento. En estas cuestiones están en juego balances que, en última instancia, afectarán, de alguna manera, a la reconstitución política de las fuerzas socialistas.

Bibliografía:

Lenin, N. (1975): El Estado y la revolución, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales.

Trotsky, L. (1971): In Defence of Marxism, London, New Park Publications.

Trotsky, L. (1970): “Not a Workers and Not a Bourgeois State?”, Writings 1937-1938, New York, Pathfinder Press.

Trotsky, L. (1973): La revolución traicionada, Buenos Aires, Yunque.

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Category: Artículos, Ideas y debates, Política, Teoría marxista

Comments (2)

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  1. Carlos dice:

    Me parece una opinion respetable que analiza los fenomenos o categorias desde un angulo diferente y bastante develador. A mi particularmente me resulto siempre dificil convencerme de que habia que defender las conquistas de la revolucion dentro de un estado deformado que conducia las masas hacia la restauracion. Burocracias que para colmo logran con la ayuda de imperialismo exitos y consenso general. Cuando la propiedad ha sido estatizada por las masas como consecuencia de una revolucion pero las masas han quedado anuladas o muy restringidas en su libertad de opinion y accion por un regimen burocratico emergente posterior, la conquista social es expropiada. A lagnte enga;ada, traicionada, reprimida por este nuevo regimen expropiador no le queda otra que intentar otra revolucion politica. Pero si las condiciones son muy dificiles, la relacion de fuerzas no da, entonces apoyan la restauracion como medio de liberarse de la burocracia. La burocracia estanilista transformo la revolucion bolchevique, derrota de la oposicion de izquierda mediante, en un regimen y Estado que a la postre la gente termino por repudiar. La solucion politica que queria Trotsky y por la que lucho e hizo luchar a miles era correcta pero no dieron las relaciones de fuerzas. No se si el riesgo de la burocratizacion no es mayor tragedia para la humanidad oprimida que carecer de una direccion revolucionaria. alorar que por este medio se publique lealmente otra opinion dentro del debate de un tema. Cuando se deja de lado el cuidado del prestigio partidario para dar paso a la discusion sincera y leal, todo lo que se escribe se vuelve interesante a la espera de una definicion mas adelante. Todavia no leo los articulos previos tanto de Mercatante como de Astarita, pero felicito por el nivel en que se ha ubicado la discusion.

  2. Emiliano dice:

    Por la negativa, la URSS era un estado obrero, porque expropió a la burguesía. Ahora bien, lo interesante es saber si por la positiva es un estado obrero, si se ha podido pasar de la “nacionalización” o “estatización” de la producción a la colectivización de la misma y a la desaparición del estado. O sea, si se ha avanzado en que la producción pase a manos de los productores directos. La discusión se debe plantear en éstos términos, no en discusiones abstractas. Hablar de “explotación” por parte del estado como hace Astarita es un oxímoron, es ajeno a la tradición marxista. Astarita dice que “si los funcionarios reciben ingresos muchas veces superiores a los de un salario; si además, a fin de defender estos ingresos, parte del excedente lo destinan a mantener un gigantesco aparato represivo contra la clase obrera, podemos decir que hay explotación, y que el excedente se dedica, en buena parte, a sostenerla y reproducirla”. Esto son privilegios, no explotación! En la teoría marxista la explotación es un concepto muy preciso, inequívoco, donde hay una relación específica entre trabajo asalariado y capital. Es por eso que Juan Iñigo Carrera tiene que llegar a decir que en la URSS había acumulación de capital y el capital era la relación dominante para poder decir que había explotación y la casta burocrática era una nueva clase explotadora (al estilo de Korsch). El “excedente” se utiliza para la represión porque es la forma de mantener los privilegios. El paso de la defensa de los privilegios a la defensa de la propiedad y la acumulación capitalista, es, justamente, la contrarrevolución social. Astarita describe algo viejo, nada nuevo. El capital en la URSS no tiene la posibilidad de acumularse, por las relaciones de propiedad que lo limitan. La ley del valor no es dominante, aún aunque el trabajo social se haga de manera privada o, mejor dicho, semi-privada. Esta es la “novedad” que comparten con Juan Iñigo Carrera. Ahora bien, tanto la URSS como el resto de los países que iniciaron la transición al socialismo, lo hicieron dentro del mercado mundial capitalista. Esto implica mayores contradicciones a la transición. Entonces la URSS (como el resto de los estados obreros) era y no era un estado obrero. Intentar explicar esta situación fue la tarea que tuvo en vida Trotsky. Lástima que muchas organizaciones en el ’89 llegaron a apoyar al ala izquierda de la burocracia y a no plantear la reunificación socialista para Alemania. De esta manera tanto Astarita como el PTS se equivocan, porque plantear la revolución política de Alemania occidental sin la reunificación socialista de toda Alemania es una abstracción. La revolución política, en este caso, se convierte en revolución social. Y sobre esta situación y otras habría que profundizar. Por ejemplo, ¿Cómo enfrentar la contrarrevolución y enfrentar la penetración de las relaciones capitalistas?

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