Un discurso y muchos silencios

| 27 abril, 2011 | Comentarios (0)

Y después de tanta polémica, Vargas Llosa habló en la Feria. Los medios opositores lo presentaron como parte de su gesta antiK, adjudicándose el lustre de un Nobel (más elegante que la diáspora opositora que en estos días no deja de hacer papelones para definir sus candidatos), resaltando que afortunadamente la “tensión” acumulada no pasó a mayores. Los medios K por su parte trataron de quitarle épica al asunto. No sabemos qué violencia o “estrépito” esperaban unos y otros, teniendo en cuenta que más de un mes antes los “intelectuales K” habían aceptado sin chistar el reto presidencial y después de pasado el chubasco, apenas habían desgranado ampulosas, pero respetuosas críticas, al neoliberal con dotes literarias que se siguió considerando censurado de todos modos censurado a pesar de tener todos los medios pendientes de sus dichos. Aunque la “libertad de expresión” fue uno de los ejes en disputa, como planteamos en un artículo ni bien empezada la polémica, parece que ni Vargas Llosa ni sus defensores, pero tampoco sus detractores, consideran que la industria editorial en manos de unos pocos, cuyo fin es la ganancia, es una verdadera censura de la libertad de expresión de las mayorías; menos que menos iban a escupir el asado de los convocantes en la Feria, donde esas industrias se juntan a ampliar y discutir esos negocios más que a promover la cultura.

Lo cierto es que el tan esperado discurso repitió una serie de lugares comunes sobre el lugar de los libros en la ampliación de la libertad de expresión, y en el terreno de la política regional, repitió sus diatribas contra el populismo que ya había declarado en diversas entrevistas previas e intercambiado con sus amigos de la reaccionaria Sociedad Mont Pelerin. Su defensa del liberalismo “estigmatizado por la izquierda” no es material serio de discusión cuando el Nobel agrega a ello que el Nobel de economía Krugman sería un colectivista o que los referentes que lo recibieron y apadrinaron en su visita son “libertarios” seguidores de Friedman y Von Hayek, amigos de Pinochet.

Más de un defensor de Vargas ha apelado a distinguir las posiciones ideológicas de un escritor de su obra literaria. Susana Viau recientemente ha comparado el derrape de los funcionarios K con la grandeza de Trotsky, quien reconocía la maestría literaria de Céline a pesar de ser un antisemita declarado. Pero como ella misma cita, ello no significaba renunciar a decir claramente que el autor era un facho. En el caso de Vargas, el recurso de los antiK de hablar de otra cosa (porque no fue la calidad literaria de su obra lo criticado más que excepcional y posteriormente), debe tener que ver con que es mejor derivar la disputa a una evaluación de su literatura que tener que pronunciarse sobre sus opiniones políticas, no tanto por ser de derecha, sino por bizarras.

Los antiK pueden agradecer a Vargas que les prestara un poquito del brillo del Nobel en su pelea con el gobierno, anticipando, reproduciendo en vivo y editorializando en la pluma de sus representantes más conspicuos sobre su discurso. Pero los K también deberían agradecerle la no poca ayuda que Vargas les dio para endulzar el sapo progre K, mostrándose con sus amigos ultraconservadores y aduciendo que la caída en desgracia de las ideas neoliberales son una victoria ganada por la izquierda. Sandra Russo así lo hizo en el “contradiscurso” realizado unos días después en el mismo salón de la Feria (en realidad, un acto de campaña electoral K), atribuyéndole la estrategia a la genialidad presidencial. Con “enemigos” así, reivindicar un Estado que tendría como función regular los manejos de los salvajes neoliberales, como hace Bruschtein, es mucho más fácil, incluso cuando el gobierno que dirige este Estado está tejiendo alianzas electorales con lo más rancio del neoliberalismo nacional. Rinesi directamente se despacha con que “el Estado es el lugar en el que se realiza la libertad. No somos libres contra el Estado: somos libre en el Estado y gracias al Estado”. El entusiasta agradecimiento final es algo que hasta el Hegel más pro-prusiano hubiera considerado demasiado chupamedias; menos entusiasmadas serían las respuestas de los más de 4000 procesados por luchar por el Estado…

Pero pasemos a lo que otros críticos de Vargas Llosa han avanzado sobre debate en la última semana, alrededor justamente de la intervención política de los intelectuales.

Grüner, quien no es miembro de Carta Abierta, ha repasado la polémica bajo la óptica de “la persistencia de la dificultad a la hora de posicionarse claramente respecto del Estado, de un gobierno o de lo político en general”, recordando la tradición del “intelectual comprometido”. Definiendo a los intelectuales como “‘individualistas pequeño-burgueses’ que siempre resistiremos que lo que nos gusta llamar ‘pensamiento crítico’ sea sometido o subordinado a las necesidades puntuales de la coyuntura”, se pregunta si en el debate no habrán pecado de actuar como intelectuales “puros” y un tanto “corporativos” al sentirse interpelados porque Vargas Llosa hablaba en un ámbito considerado como coto propio del intelectual (aunque ahora lo reconoce también como “gigantesco kiosco industrial”) cuando lo central era la agenda política que traía. Fuera de ese marco corporativo, imagina, quizás podrían haber pensado alguna otra forma de discusión política con Vargas, “sin temor de lastimar a algún amigo que tengamos dentro o fuera del Gobierno”, ya que los intelectuales no tienen “poca o ninguna influencia política real”. De esa manera, supone además, González podría haber evitado el reto presidencial.

González, aunque no directamente, retoma la inquietud en un artículo dispuesto a “pensar la condición del intelectual”, que identifica en la historia nacional con el “profetismo laico” de un Scalabrini Ortiz, uno “intelectual sacrificial” que ponía “el sacrificio personal como precio de la verdad” y que sentía “las tergiversaciones políticas que afectaban al cuerpo social” “en su propio cuerpo como malestar”; en la misma genealogía emparenta a Walsh y Viñas, intelectuales concientes del riesgo de su tarea. Estas figuras serían para González la contracara de un Vargas, que apela a esa tradición en lo formal, pero disfruta del apoyo y la defensa de los medios y corporaciones de la derecha, mientras habla de una “lucha contra la intolerancia” que ya no supone ningún riesgo para sí, como sí lo fue para muchas de las figuras que evoca en su discurso. Sin animarse a ubicarse directamente como parte de la genealogía que traza, pero sí considerándose como verdadero “enemigo de la intolerancia”, González se atribuye el riesgo de estar inmerso “en la dialéctica del lenguaje, en sus grandes paradojas, y menos en lo que ahora, en Vargas, es la cómoda linealidad de un liberalismo cuya ambigüedad da por descontada”. ¿Será una de esas paradojas defender como progresivo a un gobierno cuyo ministro de Trabajo complota con el asesino Pedraza contra la izquierda y los tercerizados del ferrocarril, uno de esas formas de flexibilización laboral que el liberalismo nos legó? ¿Será la cómoda linealidad del liberalismo o la voluntad sacrificial lo que llevó a los “profetas laicos” a convertirse en adobadores de sapos? ¿Sufrirán febrilmente por el riesgo de ser amonestado por el Estado por sus “inoportunas” críticas a la derecha? Debe ser en la misma realidad paralela donde Krugman es colectivista, que puede ser considerado progre un gobierno que en los últimos meses, entre las víctimas de la intolerancia patronal, ha sumado a militantes de izquierda que luchan con los tercerizados, miembros de pueblos originarios y pobres sin vivienda.

Por ello el recuerdo de la independencia intelectual de Viñas que trae Grüner en su artículo cae en saco roto. González tiene que evitar las críticas a la relación con el Estado de los intelectuales… sobre todo con este Estado en abierto giro a la derecha y con las declaraciones que hacen sus pares.

Wainfeld por ejemplo consideró una nota de humor que Vargas Llosa, para defender al liberalismo y sus variantes, apelara un viejo chiste sobre la división de los trotskistas: mucho menos “gracioso” fue que el Estado procesara a trabajadores y militantes por ser parte de un “complot dualdho-trotskista” desestabilizador a poco más de dos meses del asesinato de Mariano Ferreyra. Mostrando qué tan bajo puede caerse, Feinmann declara exaltando a Néstor que “Ese cadáver es tuyo, Altamoria. Hacete cargo. Y punto”.

No es un encono particular del escriba K con un partido de izquierda; es un episodio más de los ataques de los personeros K que necesitan para esconder el fenómeno del sindicalismo de base que cuestiona al principal sostén del gobierno, la burocracia sindical, y justificar la patota sindical de la que es cómplice, azuzando a los trotskistas como “instigadores”. Cuando aún no están en cana todos los responsables de ese asesinato, el “punto” de Feinmann nos recuerda a otros puntos finales… vaya paradoja para un autor que lucra con el “espíritu setentista” y un gobierno que dice ser adalid de los derechos humanos. Es cierto que hay partidos de izquierda trotskista que influenciamos y somos parte de este fenómeno (cuya potencialidad es lo que asusta a los K y al conjunto de la burguesía), y de ello estamos orgullosos, pero podríamos decirle lo mismo que a Vargas Llosa: no es la izquierda trotskista la que demonizó a la burocracia, se las arregla bien sola.

Por declaraciones como estas, la reflexión de Grüner llamando a politizar la discusión se muestra despolitizada. En su apelación a ser menos corporativo e “intelectual puro”, se sugiere que tal ubicación “hubiera permitido unificar mejor a los intelectuales ‘K’ con los que no lo son, puesto que la pelea ideológica contra la derecha mundial es un terreno donde se puede acordar más cómodamente que en la política local, por ejemplo entre los intelectuales ‘K’ y los de izquierda, siempre que no se intente ponerla bajo el paraguas de una agrupación, alimentando sin querer la falacia de que aquí todo lo que no es estrictamente ‘K’ es de la derecha gorila”. Algo que apenas unos días después desmintieron los propios K en su acto electoral presentado como debate intelectual, pero además, una llamada a la unidad que pretende dejar en segundo plano la relación de la intelectualidad K con el gobierno (¿no era esa la causa de los síntomas que mostró el debate, según inicia su reflexión?) en un “Frente Único Intelectual” contra los ataques de la derecha internacional. Un “FUI” en vez de un FUA con el peronismo, no muy original en la tradición de la izquierda local que con políticas así ha concedido a estos gobiernos y desarmado al movimiento obrero.

Pero lo cierto es que el gobierno no sólo se “construye” aliándose con los representantes locales de los ‘90 (admiradores de las ideas de Vargas Llosa), sino que está comprometido en la persecución y proscripción de la izquierda y los trabajadores que sorteando procesamientos, desafueros y golpizas, luchan por sus derechos contra aquellos que no sólo los han entregado, sino que en muchos casos son los propios patrones gracias a los negocios que les otorga este Estado. El affaire Vargas Llosa no mostró intelectuales K “puros” que no quieren subordinarse a las “necesidades políticas” de la coyuntura, sino todo lo contrario: una intelectualidad K dispuesta a cumplir los mandatos de la “razón estatal”, en momentos en que el Estado cada vez muestra más sus ansias de un país burgués “normal”, intentando tapar este giro a derecha en una discusión fácil con un políticamente impresentable Vargas Llosa.

Cuando nos referimos en notas anteriores a la utilización de Viñas que hace la intelectualidad progre en una reivindicación sesgada de sus posicionamientos políticos frente al oficialismo de los intelectuales, y recordamos que el nacimiento de la noción de intelectual comprometido no sólo implicaba la defensa de las causas justas sino la crítica al Estado, dijimos también que los marxistas revolucionarios no abogamos por un intelectual “francotirador independiente” que se mantenga al margen de las disputas políticas de su época. La intelectualidad a la que aspiramos es una que ligue su destino al de la clase que puede terminar con este sistema capitalista, que participe forjar la herramienta política que los oprimidos necesitan para vencer, un partido revolucionario. Pero en tanto apostamos a esa fusión entre la intelectualidad revolucionaria y la vanguardia de la clase obrera, nos parece que no requiere tanto trámite, ni implica tanta paradoja y tanta sintomatología, decidir dónde están y dónde no, las causas justas de hoy. Defender a los trabajadores de las persecuciones y desafueros de la burocracia; denunciar la judicialización de la protesta social; contestar a Feinmann y reclamar justicia por la muerte de Mariano Ferreyra; podrían ser pasos en ese sentido. Pero las causas justas no parecen provocar entre los intelectuales K ningún discurso de denuncia, sino silencios.

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Category: Artículos, Cultura, Ideas y debates, La escena contemporánea

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