El peronismo que no fue. Crisis de sucesión: reconciliación conservadora u oposición de izquierda

| 9 Septiembre, 2012 | Comentarios (4)


En 2002 el sociólogo Ricardo Sidicaro publicó Los Tres Peronismos para referirse al del 46-55, al del 73-76 y al menemismo. La clave de la diferencia la radicó en la relación entre el Estado y las clases, y por ende, entre el PJ (al frente del Estado) y las clases. Más allá de la mirada filo weberiana que trasunta el texto, lo cierto es que en la relación entre el Estado y las clases, puede verse la relación de fuerzas de las clases entre sí. No es lo mismo, claro está, un Estado proto-benefactor que uno neoliberal. De allí que sea un buen parámetro para diferenciar “modelos”, como gustan decir ahora.

He aquí un primer problema de los K en la actualidad: después de 10 años, el kirchnerismo no califica como cuarto peronismo. En eso tiene razón Zaiat cuando dice que el kirchnerismo no es un modelo. Lo que le faltó decir es que ni siquiera es un modelo. ¿Por qué? Básicamente porque su viabilidad reside en mantener una relación entre el Estado y las clases demasiado parecida a la de los noventa. El kirchnerismo es más un peronismo posmenemista antes que algo que merezca nombre propio (quizás es esa falta, justamente, la que lo obliga a ser tan autorreferencial aunque incluso en la iconografía no han podido crear nada nuevo –de muestra vale el “nestornauta”–). Este es ya un primer obstáculo para la sucesión: los “no modelos” generan “no lealtades”.

¿Pero porqué no crearon un “modelo”? (aceptemos que tuvieron azar suficiente para ello). Porque su destino era el contrario: no plasmar en modelo (por ejemplo, en reforma constitucional) el cambio en la relación de fuerzas entre las clases que significaron las jornadas de 2001. Ese destino les está mostrando ahora su cara oscura: es un destino sin sucesión cuando termina el azar.

La relación entre el Estado y las clases (que no es otra cosa que la forma mediada en que se manifiesta la relación de fuerzas entre las clases), se conquista con sangre pero se plasma en leyes. Así es el Estado burgués. Por eso, un núcleo central de los estudios de la ciencia política burguesa es la ciudadanía. Permítaseme una breve digresión. Es interesante observar que en la academia de ciencia política ya nadie habla ni investiga sobre “ciudadanía” (tema insoslayable en la década del ´90 como expresión de la perpleja impotencia de la progresía intelectual ante la pérdida de todos los derechos habidos y por haber). Se ha puesto de moda, en cambio, hablar de “prácticas sociales”. Podría pensarse que es un progreso hacia una visión menos formal y legalista de las relaciones del poder, menos institucionalista y más materialista, más dinámica, pero no. Es la expresión del completo conformismo de la academia respecto a un pequeño detalle de la vida social: los derechos perdidos en los ‘90 no se han recuperado, sino que siguen perdidos, como los juguetes (por mucho que los cortineros de 678 intenten recuperarlos a golpes de pantalla). En síntesis, hay un desfasaje entre lo que se conquistó con sangre en 2001 y lo que se plasmó en derechos. Se han recuperado algunas prácticas, sí. Pero derechos no. Para ser clara, ni siquiera la Asignación Universal por Hijo (que en la miseria de lo posible al menos transformaría en ciudadanía el derecho a la pobreza) es ley. Ni hablar de los derechos laborales. El reconocimiento de la presidenta sobre la minoría de trabajadores afectados por el impuesto al salario (cuyo piso está por debajo de la canasta familiar) es suficiente confesión de partes. Así que, aquí me hallo yo, una trotskista pidiendo que los politólogos vuelvan a preguntarse por los derechos y la ciudadanía.

Volviendo entonces a los peronismos en clave de “ciudadanía”, las diferencias entre el primer y el tercer peronismo son claras. El primer peronismo plasmó en leyes conquistas de envergadura que se llamaron derechos de organización sindical (aunque como bien señala Doyon los tan mentados delegados en el lugar de trabajo nunca fueron reconocidos legalmente durante la primera y segunda presidencia de Perón), salario mínimo vital y móvil, jubilación, estabilidad laboral (y con ella vacaciones, aguinaldo, días por enfermedad, día femenino, etc.). Eso cementó la relación entre peronismo y “ciudadanía” para millones de trabajadores en Argentina y generó lealtades que se bancaron resistencias. El tercer peronismo hizo pelota esta “ciudadanía social” de masas (en realidad plasmó lo que había hecho pelota la dictadura y la manito de los partidos del régimen post Malvinas) aunque no necesariamente todas las instituciones que la mediaban. Identificar los derechos sociales de los trabajadores con las instituciones estatalizadas que los median es una simplificación que llevó a las tesis de la desafiliación absoluta o del fin de los sindicatos en los ’90, y puede llevar ahora a tesis del tipo de “retorno de un gigante”. Ni la pérdida más terrible de derechos de los trabajadores en los ’90 fue idéntico a similar pérdida de fuerza de los sindicatos (como instituciones del “estado ampliado”), motivo por el cual, pudieron resurgir ahora (y motivo por el cual, los que hablaban de la crisis terminal de los sindicatos quedaron en falsa escuadra); ni el actual protagonismo de los sindicatos es idéntico a una recuperación de derechos de los trabajadores (a una “re-ciudadanización).

Ahora bien, esto trae un problema al PJ. Con la liquidación de todos esos “derechos ciudadanos”, a través de transformar en ley la conocida precarización y flexibilización laboral, el tercer peronismo quebró el cemento entre PJ y “ciudadanía social”. Y con eso, quebró también el bipartidismo en Argentina. Como la política siempre es más lenta que la economía, esta ruptura se manifestó sin ambigüedades en la crisis de 2001. Aquí está el segundo obstáculo para la sucesión kirchnerista: la relación entre peronismo y ciudadanía no se reconstruyó (justamente porque el kirchnerismo no propuso un nuevo modelo de relación entre el Estado y las clases). Decir que no se reconstruyó la relación entre peronismo y ciudadanía de masas, es lo mismo que decir que no se reconstruyó el bipartidismo en Argentina. Es un error pensar que el costo de no recomponer el bipartidismo lo paga únicamente la oposición (que no logra despuntar). Lo paga centralmente el peronismo. Para decirlo claramente: el rasgo más bonapartista del gobierno de Cristina, no está en las instituciones del Estado (que funcionan como una democracia burguesa clásica, decreto más, decreto menos, más allá de que la derecha republicana –o no tanto– intente inventar un gobierno autoritario). El rasgo más bonapartista del gobierno kirchnerista es el sistema de partidos, donde hay un solo partido de masas en Argentina y éste no establece un nuevo “modelo”, es decir, no establece un nuevo tipo de ciudadanía para las masas que supere la “des-ciudadanización” noventista. El kirchnerismo no puede blanquear a las masas que su “modelo” no es lo mismo pero es igual al “modelo neoliberal”, y tampoco tiene otro modelo que ofrecer a las masas sin negarse a sí mismo como “partido serio” (o sea, serio para la burguesía que está calculando cómo no pagar la crisis).

Vaya debilidad para los “muchachos peronistas”…. Vaya oportunidad para los que sí tenemos “modelo”…. Precisémoslo: el actual momento político en la Argentina es el de la disputa de “modelos” en sentido profundo, o sea, la disputa por la fijación de una determinada relación entre el Estado y las clases, es decir, de las clases entre sí. Y tiene una gran virtud (aunque a algunos ansiosos y catastrofistas los ponga nerviosos): esta disputa se da sin crisis abierta, o sea, antes de la crisis abierta (que todos saben que viene). O sea, es el momento de ir por las masas antes de que empiecen a caer los cascotes sobre ellas (sobre nosotros, bah).

Eso explica el adelantamiento de la interna para las elecciones 2015. Las elecciones se adelantaron objetivamente porque se terminó el rebote de la devaluación y el viento de cola internacional (eso que algunos llamaron “modelo K” como explica Mercatante acá), y ahora hay que preparar modelo.

En este contexto, el kirchnerismo hizo una jugada peligrosa: lo de la reforma constitucional. La reforma constitucional acorrala al kirchnerismo frente al espejo del desnudo: o acepta alegremente que es sólo a los efectos de la reelección, o hace lo que no hizo durante estos 10 años, o sea, propone en leyes una nueva relación entre el Estado y las clases. El problema de la primera opción es que tiene demasiado tufillo a menemismo y camarilla rapiñando cargos públicos y negocios privados (como decía mi abuela: lo que se hereda no se roba). El problema de la segunda opción es que la crisis exige una relación a derecha del Estado con las masas, o sea, exige la negación abierta de la relación de fuerzas conquistada por las masas en 2001. Pero el grueso de las leyes que expresan esa negación ya existen, son las de la constitución menemista. Con la reforma constitucional el kirchnerismo se encerró entre desnudar una táctica menemista (y aglutinar a la oposición con eso) o desnudar su incapacidad estratégica de ser la negación del menemismo y formular un “cuarto peronismo”. Eso lo entendieron bien los cartabierteros que en su carta12 muestran la crisis de tener que trascender su función embellecedora y constructora de un mundo feliz como señalan Díaz y Paredes acá, y pasar a definir un modelo de relación entre el Estado y las clases que nadie sabe bien qué diferencias sustanciales tiene con el neoliberalismo… Quizás la que mejor y más ingenuamente expresa esa crisis es María Pía cuando afirma, por un lado, que la relección es necesaria porque no hay sucesión y por otro, que no es momento para debates de fondo. Claro que ante esta encerrona el kirchnerismo podría tener una tercera posición y radicalizarse proponiendo realmente un nuevo modelo. Pero excepto en las fantasías de los opositores por derecha, republicanos tipo Novaro que están preocupadísimos por las reglas formales de juego (porque las sustanciales les vienen al pelo), eso no está en el horizonte de ningún K del stablishment.

Así las cosas, el escenario de la pelea por la sucesión ha parido una estrategia, una contradicción y tres matices. La estrategia: el cálculo de cómo y en qué grado “reconciliarse” con la matriz neoliberal que perdura en el kircherismo para gobernar en tiempos de crisis. La contradicción: cómo conjugar esa reconciliación con el apoyo de las masas que quieren “nunca menos” (o en lenguaje de JDM, la única forma de ampliar la base de sustentación es por izquierda). Detengámonos un minuto aquí. El hecho de que la única forma de ampliar la base de sustentación sea a izquierda responde a tres factores: a) hubo 2001 y no hubo ni una hiperinflación, ni desempleo masivo, ni represión abierta que discipline la nueva relación de fuerzas conquistada; b) por el contrario, hubo crecimiento a tasas chinas y discurso (tributario de 2001) de recuperación de derechos (aunque recuperación efectiva no); c) hubo renovación generacional (en todos lados, pero en los lugares de trabajo se pone heavy) pariendo una generación de mujeres y hombres que pasaron a la adultez sin memoria inmediata de la derrota. O sea, la curva de las expectativas es ascendente. ¿Quién querría reconciliarse con el menemismo con las expectativas en ascenso? Los matices: la interna actual del PJ que expresa distintas versiones de esta misma estrategia de sucesión, en función de cómo resolver esta contradicción del apoyo de las masas. Allí encontramos un degradé que va desde Juan Manuel de la Soja (podríamos llamarlo de “reconciliación abierta”); pasando por Scioli y los barones del conurbano (“reconciliación moderada”), hasta la propia Cristina y su sintonía fina (“reconciliación maquillada”). La prueba de que es una sola estrategia con distintos matices lo muestra sin medias tintas que los personajes que se alinean hoy con el matiz maquillado, podrían estar, mañana, con el matiz moderado o el abierto.

El hecho de que la propia Cristina sea el ala más moderada de esta estrategia de sucesión es lo que tiene en crisis a la izquierda kirchnerista. Lo paradójico es que, ante esta crisis, la salida (nunca audacia) de los progres K, es apostar a la re reelección confiando en que Cristina es la única que puede vestir esta estrategia de “progresismo” diciendo “el modelo soy yo”. Hay que decir que esa “estrategia” combina dos distorsiones del principio de realidad de los progres: una sobrevaluación de Cristina para poder cargar en su carisma un “modelo” (ya deberían haber registrado que la doble cadena nacional diaria desnuda más las debilidades que las fortalezas de la presidenta); una subestimación (digámoslo, gorila) respecto de los laburantes suponiendo que confunden las palabras y las cosas (o quizás sea más bien una proyección de lo que le sucede a varios progres).

Fuera de esta estrategia sólo queda ser oposición de izquierda. Para que quede claro, no hay “sucesión de izquierda” al kirchnerismo. Es oposición de izquierda o sucesión de derecha. De allí que la centroizquierda sojera esté tan complicada, tanto en su versión política como en su versión sindical. De allí también que la extrema izquierda (que, como señalan Castillo y Rosso, supimos ganarnos un lugar en los movimientos reales en los últimos 10 años de lucha de clases), estemos ante una hermosa oportunidad de ser interlocutor válido de miles de laburantes (particularmente jóvenes) y estemos obligados a saltar del terreno de la táctica al de la estrategia (salir del pelotero diría MB). Valga una observación: el terreno de la estrategia stricto sensu es el de la lucha de clases abierta (la revolución es su máxima expresión). Como todos podemos observar, lo que caracteriza la actualidad no es un alza de lucha de clases (aunque hay que mirar los márgenes, porque la tercerización del ajuste del kirchnerismo está enrareciendo las provincias más castigadas). Sin embargo, sería un error considerar que todo lo que no es guerra es preparación para la guerra y punto. Hay momentos de la preparación y momentos de la preparación: no es lo mismo el momento en que recién se está identificando al enemigo, del que se está cargando los fusiles para el disparo. Bien. Nosotros estamos en un momento intermedio, pero crucial: el de la formación de los batallones (que claramente no son Vatayón Militante). Si este momento pasa, y los batallones no están formados, no hay chances de librar la guerra.

No nos queda otra, entonces, que concentrarnos en la contradicción entre la estrategia de reconciliación con la matriz neoliberal operante (matriz que en Europa galopa desplegada porque la crisis apura sus pasos), y la necesidad de la burguesía de ampliar la base de sustentación (porque nos movemos en un escenario de democracia burguesa que, como sabemos en la carne, no es el único). En esa contradicción que hoy no se expresa como lucha de clases sino como fenómeno político, está nuestra oportunidad histórica (y no exagero nada en decir “histórica”). Pero como siempre en política, las oportunidades no son certezas, son peleas. Por eso es bueno tratar de conocer contra quiénes peleamos. Aquí nos queremos concentrar en un enemigo: Facundo-Hugo.

Bajo una mirada superficial puede parecer una provocación retórica sin mucho gollete, pero que, como observó la mirada atenta de la Sarlo, asumió carácter de intento de nueva épica: la frase que Facundito lanzó en el Luna Park, “a mi izquierda está la pared”. ¿Qué necesidad­ de una frase con tanto margen de inverosimilitud? Justamente lo que explica esa provocación es la posición relativamente privilegiada en que los dejó a Facundo-Hugo el neoliberalismo y luego el gobierno de Néstor Kirchner (es decir, frente a sindicatos que están menos destruidos que los derechos de los trabajadores), para intentar restablecer alguna relación entre PJ y ciudadanía de masas. La apuesta de Facundo-Hugo es intentar que esa ubicación privilegiada les permita definir nuevamente el peronismo en su relación con las masas, y por ende, transformarse en un jugador necesario de la sucesión (¿Apuesta a un Scioli-Facundito? Quién sabe). De allí la operación de oponer relatos. El relato K de un “peronismo de los ’70”, confrontativo y sobretodo con bases pequeñoburguesas (tipo la Russo o La Cámpora), o sea, sin base de masas; frente a un “verdadero peronismo” de la resistencia post ’55 y con bases obreras. En criollo, es una forma de decir, todo muy lindo con Unidos y Organizados bajo dirección de La Cámpora, pero no se les conoce ni un solo sindicalista de peso ni un solo puntero territorial con galardón de barón (y, como sabe cualquiera que haya paseado por sociales, con los pibes de La Cámpora no contenés ni una asamblea en el conversódromo Nicolás Casullo). O sea, lo que apostó Facundito con su provocación fue a advertirle, no a los presentes en el acto sino a las distintas variantes de la estrategia de “reconciliación conservadora” que están disputando la interna peronista, que el kirchnerismo no puede reconstruir el peronismo en su relación con las masas (y por ende, el bipartidismo tan necesario para la estabilidad del régimen burgués en Argentina), pero la Juventud Sindical de Facundo-Hugo sí.

No voy a describir aquí porqué esa frase en boca de Facundo y con Hugo en el escenario es una cachetada para nosotros, la izquierda. La trayectoria en la CNU, la relación de la Juventud Sindical con la Triple A, los compañeros asesinados y desaparecidos, hablan por sí mismos. Tampoco voy a referirme acá acerca del nulo contenido de izquierda en un relato en que la base trabajadora de la resistencia fue colocada como embrión de Ruccis y Espejos. Ni siquiera voy a hacer mención a la increíble presencia en ese acto de sectores de la “izquierda independiente” que hicieron de auditorio a esa vitrina de oferta de burócratas como mediación necesaria de la reconciliación conservadora. Voy a preguntarme, qué bases materiales tiene la Juventud Sindical de Facundo-Hugo para presentarse ante las masas como oposición de izquierda al gobierno kirchnerista, y constituirse en esa “mediación necesaria” para una sucesión de “reconciliación moderada” de tipo sciolista. Para ello, en próximos post algunas tesis sobre la relación entre el Estado y la clase trabajadora, a través de los sindicatos.

Category: Artículos, Frente de Izquierda, Ideas y debates, Movimiento obrero, Política

Comments (4)

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  1. leandro dice:

    muy buen articulo

  2. […] la presentación a estas Tesis me pregunté qué bases materiales tiene la Juventud Sindical de Facundo-Hugo, para […]

  3. Emerre dice:

    Hola Paula: Como intento de colaboracion para un re-post.
    Vos comparas el 1ro y el tercer peronismo, pero te dejaste afuera la relacion de Estado y clases (o peronismo y “ciudadania”) de los años 70…¡Nada menos! Si el primero creo ciudadania y el tercero la des-hizo, en el segundo peronismo (perdido en el post, salvo por las alusiones a partes del “relato” actual), con el ascenso 69-76 se chocaron las condiciones creadas por el primer peronismo con el peronismo de Peron, Isabel y Lopez Rega; es decir cuando enfrento el estado de rebelion de los “cittadinos” (o mejor, cuando el “ciudadano” se hizo clase) y este peronismo “realmente existente” ante situaciones convulsivas (importantes para las que vienen) demostro el peronismo mas real de todos, nunca mas real que cuando los trabajadores en Argentina buscaron su independencia.
    Esta bueno el post.
    Un abrazo.

  4. […] “modelo propio” que rompe con todos los modelos. Y ahí la cosa puede cambiar y, como señala Emerre en el agudo comentario al post inicial, la frustración del peronismo que no fue puede abrir la […]

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