Las raíces de la inflación en la Argentina. Un análisis desde el marxismo

| 22 febrero, 2013 | Comentarios (0)

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Como hace varios años, 2013 comienza con la inflación en el centro de las discusiones económicas. Según distintas estimaciones no oficiales (IPC-7 provincias, Inflación verdadera) la suba de precios fue de casi 26% en 2012. Hay indicios de una aceleración en los últimos meses; varios cálculos afirman sólo en enero rondó el 2,6%, y por el probable impacto del salto en el dólar paralelo (blue) y los ajustes tarifarios, los pronósticos de aumentos de precios para 2013 afirman que podrían llegar al 35% para 2013. Aunque el gobierno anunció en días recientes acuerdos de congelamiento de precios por 60 días con varias cadenas de supermercados, son pocos los que se atreven a augurar que esto podrían frenar los aumentos de precios. Más bien le pone fecha fija al próximo salto en el nivel de precios en lo que respecta a los bienes de consumo; para el propio gobierno no es mucho más que un ariete contra las expectativas de los trabajadores de lograr aumentos salariales mayores al 20% en paritarias.

Esta nueva aceleración inflacionaria descongeló nuevamente los habituales reclamos por una nueva devaluación que nunca deja de hacer la UIA, y que en esta oportunidad verbalizaron Roberto Lavagna y Francisco De Narváez. Todos argumentan que el dólar “caro” luego de la devaluación de 2002 se esfumó a causa de la inflación, y con él las ventajas competitivas que mejoraban las perspectivas exportadoras y protegían el mercado interno para los industriales.

Las causas de la inflación es uno de los motivos de fuerte contrapunto entre críticos y defensores de la política económica del gobierno nacional. Entre los primeros dominan ante todo interpretaciones de la inflación vinculadas a malas políticas: una emisión monetaria excesiva para financiar el gasto gubernamental y políticas que privilegian el consumo antes que la inversión serían lo que estaría empujando los precios. Desde el oficialismo oscilan entre desconocer la existencia de la inflación, o ligarla a la acción de agentes económicos privados, como es el caso con los mercados oligopólicos o la suba de precios internacionales. Aún los pocos oficialistas que admiten el flagelo eximen de responsabilidad primaria al gobierno con estos argumentos, señalando en el mejor de los casos que este tiene algunas falencias en el control de estas “fallas de mercado”.

El objetivo de este artículo es desarrollar una interpretación desde la teoría marxista del fenómeno inflacionario que está ocurriendo en el país, en discusión con las explicaciones más extendidas.

Viejas controversias y la teoría marxista

La explicación de la inflación actual opone a las corrientes que son expresiones modernas de una ortodoxia neoclásica y explicaciones de tipo estructuralista/keynesiano1. Para la ortodoxia neoclásica, la inflación es un fenómeno estrictamente monetario: la causa de la misma es una expansión demasiado rápida de la cantidad de dinero con respecto a las necesidades reales de los negocios que ocasiona un exceso general o global de la demanda en los mercados de productos y servicios. Para este enfoque, apoyado en la teoría cuantitativa del dinero2, este exceso de demanda causado por un aumento de la emisión monetaria afecta exclusivamente los precios, ya que no puede tener un efecto en la economía real3.

Contra esta explicación hay quienes rescatan parcialmente algunos aportes de la corriente estructuralista, que en los años ’60 desarrolló una explicación de la inflación que desafiaba los planteos de la ortodoxia neoclásica. Para esta corriente la inflación no tenía su origen en un exceso general de demanda creado por una política fiscal y monetaria expansiva, sino en rigideces de la oferta vinculadas a imperfecciones de los mercados, que impide que haya flexibilidad de precios. Julio HG Olivera planteaba que según este punto de vista

la verdadera causa de la inflación no debe buscarse en un desequilibrio global entre la oferta y la demanda, sino en desajustes sectoriales que afectan a productos determinados. La insuficiencia de la oferta de tales productos se traduce por alzas de precios individuales, que luego se generalizan por su influencia sobre el costo de producción de otros bienes o por su relación con el costo del nivel de vida y con la tasa real de salarios4.

Algunas explicaciones actuales se apoyan en versiones algo vulgares de este segundo tipo de interpretación, con eje casi excluyente en la estructura oligopólica de los mercados5.

Ambas posiciones sostienen verdades a medias. Por ejemplo, varios elementos confirman la tendencia a una elevada concentración en la venta minorista (7 grandes firmas controlan el 58% del total de alimentos y bebidas vendidos) con la capacidad que esto conlleva de manipular precios. También es cierto que la política oficial mete una presión creciente en el financiamiento del Banco Central para sostener el gasto público que se dilapida en subsidios y el pago de deuda y que alimenta la desvalorización del peso. Pero para alcanzar una explicación del fenómeno es necesario trascender estas posiciones.

Desde la teoría marxista, no tiene sentido considerar que la inflación tenga exclusivamente un origen monetario y de demanda, ni tampoco uno exclusivamente estructural o de costos. La teoría del capitalismo de Marx aborda las esferas de la oferta y la demanda (o “producción” y “consumo”) como una unidad diferenciada en el proceso de acumulación de capital, en el que “factores tales como el proceso de innovación tecnológica, las tendencias a la acumulación del capital fijo, la competencia en el mercado y el grado de desarrollo de la oferta en el sector productivo influyen, por sí mismos, sobre la inflación”6. A la vez estas contradicciones “son mucho más fuertes en las economías dependientes, que están sujetas a restricciones de oferta muy severas (por ejemplo, la restricción del sector externo)”7.

Varios autores marxistas han ofrecido alternativamente explicaciones que se enfocan en las raíces monetarias y de demanda, o en las estructurales. Negando la posibilidad de una explicación general de la inflación para todos los casos, estos distintos aportes analizan la conexión de distintos aspectos de la dinámica contradictoria que sigue la circulación del capital social global con la variación de los precios.

Emisión monetaria e inflación

Marx fue uno de los críticos más certeros de la conexión entre cantidad de dinero y precios que formula la teoría cuantitativa del dinero (ver nota 2). Marx no opinaba que el nivel de precios estuviera determinado por la cantidad de dinero en circulación; a la inversa, es el volumen de mercancías a realizar (cuyos precios están determinados por los tiempos de trabajo socialmente necesarios para producir cada una vis a vis el tiempo necesario para producir la mercancía dineraria) y la velocidad de circulación de dinero en un momento dado, lo que determina la masa de dinero que debe circular para realizar el conjunto de las transacciones; si aumenta el volumen de las mercancías o disminuye la velocidad de circulación será necesario poner en circulación más dinero; si disminuye dicho volumen o aumenta la velocidad de circulación una parte del dinero dejará de circular. El metabolismo social de la circulación de mercancías, que se mueve al ritmo de la acumulación de capital, es el determinante primigenio de la masa de dinero en circulación.

Pero Marx realizaba una distinción muy importante entre la mercancía dineraria y los billetes, que en su teoría son un signo que representaba el valor de la mercancía dineraria, el oro. Para Marx los billetes, como signo de valor, se diferencian de la mercancía dineraria en el hecho de que no tienen un valor socialmente determinado por fuera de la circulación. El valor que expresa el billete lo determina la relación entre la cantidad de esos signos en circulación y la cantidad de mercancía dineraria que demanda el volumen de los valores a realizar. En Contribución a la crítica de la economía política Marx sostenía que “… la cantidad de los billetes de papel está determinada por la cantidad de dinero de oro que los mismos representan en la circulación, y puesto que solo son signos de valor en la medida en que lo representan, su valor está simplemente determinado por su cantidad. Por lo tanto, mientras que la cantidad del oro circulante depende de los precios de las mercancías, el valor de los billetes de papel circulante depende exclusivamente, por el contrario, de su propia cantidad8. El conjunto de los precios a realizar en un momento dado determinaba para Marx la cantidad de oro que era necesario poner en circulación para realizarlos. Si esta cantidad era equivalente a $ 1 millón, pero en vez de eso se lanza a la circulación $ 1 millón extra de billetes que “representan” al oro en la circulación como signos de valor, estos $ 2 millones representarán la misma cantidad de oro que antes $ 1 millón. La expresión de los precios en $ se duplicarán, pero no la relación entre el valor del oro y las mercancías9. Entonces, circulaban billetes y no directamente la mercancía-dinero (el oro) que era la base de los sistemas monetarios de la época, para Marx era posible que una emisión de dinero por encima de las necesidades de la circulación ocasionara un aumento de precios.

El curso de los billetes está regido al igual que el de la mercancía dineraria por la circulación, pero a través de la relación entre la cantidad de billetes que circulan y la mercancía dineraria.

Podríamos decir que la teoría de Marx sobre el dinero no considera como neoclásicos y monetaristas que la oferta de dinero pueda ser controlada sin restricciones por la autoridad monetaria10. Sin embargo, tampoco suscribe la idea a la que llegan algunos economistas poskeynesianos, para los cuales la cantidad de dinero es enteramente determinada por los movimientos de creación de crédito y por lo tanto no puede ser afectada de forma directa por la política de emisión, lo cual está estrechamente ligado a la idea de que no puede haber una emisión monetaria que afecte el nivel de precios.

En la actualidad la cuestión adquiere una mayor complejidad, ya que el sistema monetario no se apoya como en la época de Marx en una mercancía dineraria (oro o plata) sino que se ha transformado en dinero fiduciario, emitido por el Estado sin respaldo11. Sin embargo, lo central de la tesis no se modifica. Es el proceso de circulación de mercancías, es decir la integración de los múltiples circuitos de acumulación de capital (lo que incluye la demanda de préstamos para inversiones y para consumo), lo que determina la cantidad de dinero que es necesario poner en circulación. En valor del papel estatal de curso forzoso deriva de la función del dinero como medio de circulación. Bajo estas condiciones, una expansión monetaria que exceda las necesidades de la circulación de mercancías desvalorizará el signo de valor. Michel De Vroey, caracteriza los regímenes monetarios que imperan desde la década del treinta como “centralizados”12, en oposición al régimen monetario “fraccionado” que rigió hasta los ’30 y que controlaba férreamente la emisión. En los sistemas centralizados la emisión estatal se acomoda a las necesidades que surgen del proceso productivo y sus dificultades. De esta forma la emisión monetaria operaría como una vía para socializar las pérdidas de los capitalistas -evitando que estas quedaran circunscriptas a una destrucción de valor privada. Las pérdidas son financiadas con nuevos créditos. O sea, se extienden los plazos en los cuáles el capitalista puede soportar sin realizar su mercancía, dado que los bancos extienden crédito para dar una “segunda chance”. Se evitan así soluciones deflacionistas, y esto significa que los precios tienden a volverse rígidos a la baja, pero no a la suba de precios. Ernest Mandel también definió el régimen monetario imperante durante el boom de posguerra como de “inflación permanente”.

Estas son manifestaciones de una trasformación fundamental que es resultado de las nuevas funciones que desarrolla el Estado como regulador del desenvolvimiento económico, tanto en los países imperialistas como -de forma más limitada- en países semicoloniales y dependientes. Aunque las políticas restrictivas en lo fiscal y monetario desde los ’80 limitaron muchos aspectos, como señala Guillermo Gigliani “los procesos de desregulación de globalización significaron límites a las políticas del crédito cualitativo. Pero, desde el punto de vista macroeconómico, no alteraron sustancialmente la lógica ‘centralizada’ de prevenir las soluciones deflacionistas”13.

Desde el punto de vista de la teoría de la circulación de mercancías y el dinero de Marx, bajo ciertas condiciones un nivel de emisión monetaria que exceda las necesidades de la circulación puede ocasionar inflación. Pero la relación es mediada, ya que de ninguna manera está dado el nivel máximo de producción alcanzable, como sí lo está en el marco de la teoría neoclásica que parte de la idea de que la economía tiende naturalmente al pleno empleo de sus recursos. Como la teoría de Marx no supone de ningún modo que la economía tienda a ubicarse en un pleno uso de los recursos (supuesto que está detrás de la teoría cuantitativa) el resultado de una expansión monetaria acelerada puede ser crear condiciones de alta liquidez que lo que hagan sea favorecer la creación de créditos y el abaratamiento del costo de los mismos, es decir de la tasa de interés. Esto es así porque para los bancos, todo nivel de reservas que exceda el mínimo –impuesto legalmente o sugerido por la práctica para estar cubiertos frente a eventuales corridas- representa una pérdida de oportunidades de ganar dinero. Este mayor crédito significa la posibilidad de un mayor aumento de la actividad económica, que de un nuevo impulso a la acumulación de capital. Por eso, bajo ciertas condiciones no es de esperarse que esta mayor demanda repercuta en los precios. Es necesario entonces establecer en cada caso concreto, las posibilidades de que una expansión monetaria afecte el nivel de precios.

Dicho esto, en las condiciones actuales, aunque podemos comprobar que la oferta monetaria ha crecido a la par de la inflación14, resulta difícil reducir la explicación de la inflación una emisión monetaria excesiva como hace la ortodoxia15. Por empezar, la aceleración de precios se empieza a dar en 2005 y 2006, que no destacan como años con niveles elevados de emisión. Más bien la mayor tasa de crecimiento de la emisión es una respuesta a los aumentos de precios registrados y previstos, y no una causa de los mismos. No obstante, algunos mecanismos de la política monetaria que se han extendido en años recientes, como es la transferencia de utilidades puramente contables del BCRA al tesoro o el aumento de los adelantos transitorios, sí pueden entrar en el rango de una emisión excesiva y poner presión sobre los precios. Pero se trata en todo caso un aspecto que puede contribuir a explicar la aceleración de la inflación en el período reciente, y no el aspecto central que permita explicarla como considera la visión ortodoxa.

Demanda agregada e inflación

Como ya señalamos, la teoría económica neoclásica supone que el sistema capitalista proporciona pleno empleo de forma automática y eficiente. Por lo tanto, los estímulos a la demanda agregada en presencia de una oferta agregada limitada por el pleno empleo no pueden más que repercutir sobre los precios. Aunque algunas versiones más sofisticadas hoy incorporan conceptos como la tasa natural de desempleo, el argumento básico no se modifica.

Contra esta noción, la política oficial es defendida en términos de distintas variantes de pensamiento “heterodoxo”, keynesiano o kaleckiano, que se resume en dos nociones básicas: 1) la economía no tiende espontáneamente hacia el pleno empleo potencial, y librado a su dinámica intrínseca el capitalismo tiende al estancamiento; 2) el nivel y la tasa de crecimiento de la demanda efectiva influyen en el desarrollo de los recursos productivos y en el PIB potencial. Aplicar políticas que incentiven la demanda no sólo no es inflacionario, sino que redunda en un mayor potencial de crecimiento. Sin embargo, reconocen que una tasa de crecimiento elevado que se sostenga durante varios períodos tiende a generar inflación, sólo que entienden que sería un efecto “secundario” inevitable para alcanzar un objetivo deseable.

Esta postura considera que el Estado cuenta con amplia capacidad para aplicar políticas “contratendenciales” que ataquen el problema de los problemas para esta corriente -la demanda- sin crear dificultades en otros terrenos. Pero en este contrapunto entre keynesianos y neoclásicos hay una dimensión central que está fuera de escena, que es la relación entre la tasa de ganancia y la inversión. Como plantea Shaikh, desde el punto de vista de la teoría marxista es la ganancia lo que representa un límite intrínseco16. Shaikh demuestra en este trabajo por qué lo determinante para comprender la inflación es la relación entre la evolución de la tasa de ganancia y la tasa de acumulación, es decir la proporción de la ganancia que es reinvertida.

Shaikh analiza los problemas que emergen cuando se registra durante un período elevada inversión. La relación que plantea entre ganancia e inversión nos parece de interés para el caso argentino, pero no porque hayan sido estas las condiciones de la economía argentina en la última década. Según los defensores del “modelo K” este sería uno de fuerte crecimiento, inclusión, recuperación productiva, alta inversión, etc. Luego de años con este desempeño, sería de esperar presiones por el lado de los precios. Sin embargo, esta película no se ajusta a las tendencias que mostró la economía argentina durante el último período. La inversión, aunque tuvo años en los que alcanzó niveles elevados en términos históricos como proporción al PIB, sólo ha utilizado una porción reducida de los recursos disponibles. Si miramos las grandes empresas, mientras que en la última década aumento la rentabilidad respecto de los años ’90, la tasa de reinversión de utilidades fue llamativamente baja. Y, lo que más interesa para la cuestión bajo análisis, la inversión se muestra insuficiente para sostener una tasa de crecimiento económico como la de los últimos años (hasta 2012 donde se produjo una fuerte desaceleración)17. Según algunos análisis, los niveles de inversión actuales serían consistentes con un crecimiento ubicado entre 3% y 5% anual18. Como analizamos en otra parte, estas condiciones de acumulación limitada responden a rasgos característicos del capitalismo argentino. Esto es un importante limitante para el aumento sostenido de la producción, mientras que la demanda mantuvo un fuerte ritmo de crecimiento, incentivada por varias condiciones favorables como los elevados ingresos por los altos precios de las commodities, el crédito bancario al consumo y también por algunas políticas de demanda.

Aunque la economía mantiene aún un nivel de desempleo considerable, y a pesar de que los márgenes de rentabilidad siguen fuertes, la economía se encuentra en varios sectores ante un límite de su capacidad productiva por las restricciones que imponen las tendencias de la (limitada) acumulación de capital en Argentina. Las presiones inflacionarias ligadas a los excesos de demanda para mantener el crecimiento han podido emerger aún sin que haya ocurrido “recalentamiento” que fuera producto de un largo período con “exceso” de inversiones como los que analiza el mencionado artículo de Shaikh19.

En estas condiciones, el impulso a la demanda contribuye a que la economía esté a su máxima capacidad actual, pero las decisiones de inversión de los capitalistas no llevan a aumentos de la capacidad.

Durante el último período, en algunos momentos este ha sido un elemento de peso para explicar la aceleración de la inflación. Pero no alcanza para explicar el proceso. La inflación mostró su aparición cuando la economía aún estaba en recuperación, con capacidad productiva disponible. En 2005 los precios minoristas ya subieron un 12% (según señala el propio Indec), aunque ese año la inversión apenas se estaba recuperando y la economía contaba aún con una fuerte capacidad ociosa. Para 2007, cuando se estaba alcanzando un uso pleno de la capacidad y en términos físicos empezaban a alcanzarse volúmenes de producción de una década atrás (1998, el pico antes de la recesión de la convertibilidad) la inflación ya llegaba al 20% anual.

La escalada inflacionaria precede a la emergencia de limitaciones de la oferta enfrentadas a excesos de demanda. Y, como mostró la breve recesión que se dio entre 2008 y 2009 por el impacto del crack de 2008 en Wall Street, aún con una economía parada el piso de los aumentos de precios difícilmente perfora el 15%. Algo parecido se vio en 2012. Es necesario considerar otros aspectos para explicar la inflación en la argentina.

Las raíces de la inflación en el corazón del “modelo”

La inflación en la Argentina hunde sus raíces en características estructurales del capitalismo argentino. Pero no en el sentido trivial que adquiere esta definición en manos de quienes defienden y buscan sustentar con pseudoteorías la práctica económica gubernamental, reduciéndola a la existencia de monopolios y especuladores. Aunque sin duda un reducido número de grupos oligopólicos concentran la producción y distribución de una amplia variedad de bienes, esto no alcanza para explicar un proceso inflacionario tan generalizado y profundo como el que existe en la Argentina.

El rasgo estructural que nos remite a la actual escalada de precios es la gravitación que tiene el tipo de cambio en el desenvolvimiento de la economía argentina, y la profunda modificación que sufrió este (en términos nominales y reales) a la salida de la convertibilidad. Como señalamos en “La Argentina, a 10 años de la salida de la convertibilidad: contradicciones recurrentes para la continuidad de la acumulación capitalista. Una mirada desde la teoría marxista, la Argentina es un país que se caracteriza por una integración subordinada y dependiente en el sistema mundial capitalista. Estas condiciones confieren al tipo de cambio una gravitación fundamental para determinar los rasgos de la acumulación de capital. Aunque existen sectores con ventajas específicas que les permiten gozar de una amplia capacidad competitiva en mercados globales y realizar en muchos casos una rentabilidad extraordinaria, la productividad general de la economía nacional se ubica muy por detrás de la media global y sólo con tipo de cambio depreciado puede sostener la acumulación20. Pero esto no significa que el tipo de cambio sea sostenible en el tiempo porque, y esto lleva a lo que nos ocupa en esta nota, está estrechamente asociado con la dinámica inflacionaria. Como afirmamos allí:

Aunque de forma recurrente las condiciones de la economía vuelven a imponer una depreciación cambiaria –muchas veces de la mano de crisis externas agudas- el tipo de cambio no se estabiliza allí. Desde el mismo momento de la depreciación operan presiones al aumento de los precios que con distinto ritmo dependiendo de varios factores, erosionan el tipo de cambio alto, e incluso pueden conducir a una apreciación de la moneda, como empieza a ocurrir hoy en la Argentina21.

El alza del tipo de cambio en pos de ganar competitividad, genera de forma (casi) inmediata una alteración de los precios relativos en el país; los precios de los bienes transables tienden a subir en relación a los de los no transables, ya que si no ha cambiado el precio internacional en moneda extranjera, sube en moneda nacional de forma proporcional a la devaluación22. Esto ocurrió en 2002 en el país. Con la depreciación cambiaria se produce un cambio en las rentabilidades sectoriales (en beneficio de los productores de bienes transables), y también una caída en el poder adquisitivo de los trabajadores, de forma directa por los bienes importados que entran en la canasta pero también de forma indirecta por el impacto de los insumos importados en los precios de la producción local, dado que la estructura productiva local se sostiene con una amplia gama de bienes intermedios importados, además de los que directamente se importan para atender el consumo. En el mercado nacional se encarecen las mercancías importadas, las mercancías producidas localmente con insumos importados y también aquellas mercancías producidas localmente que -aunque no tengan mucha incidencia de insumos importados- tienen sus precios altamente determinados por los imperantes a nivel internacional. Este es el caso de muchos commodities agrarios (en cuyo caso se limitó un poco el impacto del cambio en el tipo de cambio ya que se implementaron retenciones)23 pero también de muchos productos industriales que se producen en el país, cada día más commoditificados.

Si las condiciones de reproducción de sectores importantes de la clase capitalista argentina determinan la necesidad de un tipo de cambio real alto (moneda depreciada), el mismo momento en el que se fija una paridad en este nivel crea las bases para un movimiento de precios que tiende a erosionarla. Ocurre que los cambios en los precios relativos generados por la devaluación disparan a la vez nuevos ajustes sucesivos, cuya magnitud y tiempos van a depender de las condiciones en las cuáles se produce la depreciación. Esto rige tanto para los sectores capitalistas perjudicados por el cambio en los precios relativos de la devaluación como para los asalariados.

Esta dinámica de ajustes sucesivos que tienden a revertir los efectos de una depreciación cambiaria y pueden dar lugar a una dinámica inflacionaria han sido conceptualizados con el término “pass through”, que mide en qué medida los ajustes de precios disparados por una devaluación limitan la proporción en la que esta modificación en el tipo de cambio nominal se traduce en una del tipo de cambio real. Es importante notar que las condiciones del ciclo económico determinan en qué medida puede evitarse el “pass through”. En el caso de la Argentina, la profunda recesión que se extendió entre 1998 y 2001 permitió facilitó la transferencia de costos, tanto a los sectores capitalistas productores de bienes y servicios no transables soportaron una reducción de sus márgenes por la modificación cambiaria como -sobre todo- a la clase trabajadora, que en las condiciones de extremo desempleo no pudo evitar que la devaluación de 2002 diera lugar a un mazazo al salario. Medido en dólares, el costo salarial cayó un 60% producto de la devaluación, mientras que el salario real, es decir el poder adquisitivo del salario (por el encarecimiento de los precios atados al dólar, como muchos los alimentos, que se dio en ese momento) cayó un 25%24. Este mazazo fue clave en las altas ganancias de los años siguientes, que motorizaron el crecimiento industrial y una moderada recuperación de la inversión. Gracias a esto, el impacto de la devaluación generó durante 2002 un aumento de los precios de 31%, un pass through limitado si consideramos que la devaluación llevó el tipo de cambio de 1 a más de 4 pesos por dólar, para estabilizarse posteriormente alrededor de 3 pesos por dólar. Sin embargo, el cambio en las condiciones económicas no podía más que disparar nuevos ajustes. La magnitud de la devaluación permitió que en un comienzo estos ajustes no crearan mayores tensiones, ya que “configuración de los precios relativos surgidos de la crisis, con un muy alto tipo de cambio real y salarios reales bajos, dejó mucho espacio para una recuperación del poder de compra en dólares de los precios y salarios domésticos”25. Según estos autores, a partir de 2005 empezarían a manifestarse los límites de este espacio.

Varios marxistas han contribuido con trabajos sobre una inflación con raíces en los efectos encadenados de una variación en los costos que impacta sobre la rentabilidad, como en este caso. Por ejemplo Robert Rowthorn26 , que se dedica especialmente a desarrollar un modelo que liga la disputa por el reparto del ingreso y la escalada de precios, incorpora dentro del mismo los efectos que pueden una devaluación que altera los términos de intercambio encareciendo los insumos importados. Aunque en su análisis la devaluación sólo es considerada por el efecto que tiene encareciendo los insumos, y disminuyendo la rentabilidad, sin distinguir entre sectores capitalistas beneficiados y perjudicados, no deja de tener aspectos interesantes. Lo determinante para analizar la manera en que este cambio en los términos de intercambio afecta los precios, es si los capitalistas lo procesarán aceptando o no una modificación en sus márgenes. Como afirma Gigliani,

al igual de lo que sucede con las otras variables, el efecto inflacionario de un aumento del tipo de cambio nominal puede verse total o parcialmente neutralizado si los capitalistas reducen su mark-up. Este fenómeno de mayor o menor repercusión de la devaluación sobre el nivel de precios agregado de la economía es conocido como el ‘pass through’ (Blecker, 1999). Es posible, por tanto, que el aumento del tipo de cambio –ponderado por su factor de participación- no se traslade totalmente a la tasa de inflación si, por ejemplo, los capitalistas, al mismo tiempo, deciden reducir su mark-up27.

Es necesario para la Argentina distinguir entre sectores capitalistas productores de bienes transables y no transables, lo que nos permite poner de relieve una dimensión que no está en el estudio de Rowthorn: el impacto contradictorio sobre la rentabilidad que tiene la depreciación cambiaria, que dispara ajustes sucesivos en los precios, cada uno de los cuales vuelve a tener también un impacto -también contradictorio- en la rentabilidad- creando condiciones para nuevos ajustes para compensar estos impactos sosteniendo el mark up. Si en un primer momento las condiciones deprimidas de la economía impusieron a los perdedores no oponer resistencia a la erosión de sus márgenes, la recuperación posterior incentivaría los ajustes largamente reprimidos. Lo que determina si habrá o no escalada de precios es entonces en qué medida y por cuánto tiempo el sector capitalista de bienes no transables tolera una disminución de sus márgenes, y la manera en la que los productores de bienes transables se ven impedidos de transferir a los precios locales el aumento de sus precios medidos en dólares producto de la devaluación.

Esta dimensión estructural de la inflación nos remite entonces de forma insoslayable al corazón del “modelo”. El mega-ajuste de 2002 y las condiciones de extraordinaria rentabilidad que esta produjo para buena parte de la burguesía tenían rasgos de expecionalidad, no crearon una situación estable. Los intentos de los sectores (más o menos) perjudicados por recuperar sus márgenes empezaron a disparar ajustes sucesivos que externalizan una disputa por el excedente social entre los sectores capitalistas. Como no podía ser de otro modo, en estas condiciones también los asalariados fueron obligados a exigir aumentos de salarios nominales, a riesgo de ver sus ingresos aún más erosionados de lo que ya lo habían sido con la devaluación si no lo hacían. Si en 2002, ningún sector de la clase trabajadora -golpeada por una desocupación masiva- pudo oponer resistencia al saqueo al salario que significó la devaluación, que contó con el cerrado apoyo de la burocracia sindical moyanista. La recomposición social de la clase trabajadora que trajo aparejada la fuerte recuperación con tasas “chinas” de crecimiento económico creo mejores condiciones desde 2004 para pelear por la recuperación del terreno perdido. Por eso ante esta escalada de los precios a partir de 2005 y 2006, se profundizan las presiones para recuperar los ingresos y evitar que la incipiente inflación los siga erosionando.

La escalada inflacionaria tiene entonces su raíz primaria en esta contradicciones del “modelo”, que no es otra cosa que una expresión del carácter atrasado y dependiente de la economía nacional, que transforma al tipo de cambio depreciado en una necesidad que no puede sostenerse en el tiempo, que crea tensiones entre las fracciones capitalistas que se expresan en ajustes sucesivos de los precios relativos. Los capitalistas buscan culpar a los aumentos de salarios de las subas de precios, y cualquier concesión en este terreno es un argumento para volver a remarcar. Pero en realidad los reclamos por aumentos de salarios en la mayoría de los casos no hicieron más que intentar una recuperación de los ingresos ante la permanente licuación que ocasiona el accionar empresario remarcando precios -en los marcos permisivos de una política económica cuyos “controles” de precios no han contribuido en nada a limitar la inflación.

El mito de que una causa central de la inflación estaría en los aumentos “excesivos” de salarios, argumento clásico de los empresarios del cual se hace eco el gobierno, se cae si miramos la escala actual de las remuneraciones en perspectiva histórica. El mazazo al salario de 2002 produjo efectos duraderos, poniendo un techo muy bajo a las recuperación salarial. En algunos gremios los aumentos salariales conseguidos lograron igual o superar muy parcialmente los niveles de poder adquisitivo del salario promedio en 2001, cuarto año de una brutal recesión durante la cual la ofensiva patronal había erosionado los ingresos, pero existen profundas desigualdades entre los gremios. Además, los empresarios lograron negociar en las convenciones colectivas compromisos de mayor productividad que compensaron el efecto en los costos de los aumentos salariales arrancando mayor producción. Por eso, a pesar de las quejas derramadas por los industriales, el costo salarial sigue muy por debajo de los niveles de 2001.

No hay entonces un efecto inflacionario vinculado a salarios altos ni nada por el estilo, sino una puja de la clase capitalista para sostener la mayor participación histórica de la masa de ganancia en el ingreso nacional, contando con la remarcación de precios como otra de las herramientas para lograrla28. En ese sentido es que Rowthorn señalaba que “la inflación moderna es un medio por el cual los gobiernos buscan elevar la tasa de ganancia de forma de impulsar la acumulación del capital…”29. Esto no puede hacer más que reforzar la conclusión de Marx en Salario, precio y ganancia: aunque la lucha del trabajo contra el capital por elevar el nivel de las remuneraciones pueda lograr éxitos inmediatos, es siempre la lucha del más fuerte contra el más debil, es una lucha contra los efectos y no contra las causas, que están en la explotación capitalista.

La inflación y las tendencias al agotamiento del “modelo”

El proceso inflacionario en Argentina actual, en desarrollo ya desde 200530, tiene sus raíces en las mismas condiciones que hicieron posible el alto crecimiento durante buena parte de la última década. Pero como ya señalamos, no es un proceso reducible a una sólo causa. Por el contrario, en distintos momentos recibió impulso de distintos factores. Según operen más o menos elementos, puede acelerarse o desacelerarse, pero sin detener el movimiento alcista. Además, llegado un punto -en el que empezamos a ubicarnos en 2008, aunque la crisis internacional mitigó un poco el impacto hasta fines de 2009- empezó a adquirir una dinámica inercial, producto de la indexación de los contratos y otros ajustes periódicos que adquieren regularidad. Esto explica por qué en 2009, a pesar de la caída de la economía, la suba de precios no bajó del 15%. Y en 2012, año también de estancamiento, tuvo un piso aún mayor.

Sobre los determinantes centrales que analizamos, se sumó el impacto de otros elementos que agudizaron la tendencia básica. A partir de 2005 se profundizó a tendencia al alza en los precios internacionales de materias primas que aún continúa, y estos presionaron sobre los precios internos para que “valgan” como los internacionales. Impactó en el país la inflación internacional en los sectores de commodities agrarias31. En otro lugar hemos analizado los límites que tiene este factor para transformarse en una explicación excluyente de la suba de precios32. Se agregan las consecuencias de las transformaciones en el agro, en el que la búsqueda de la mayor ganancia llevó a una creciente especialización en la soja. Para mantener la producción ganadera y de otros granos, exigen mayores precios para que las ganancias se igualen a las de la soja. El gobierno, buscó pisar los precios con acuerdos con los eslabones más concentrados de las cadena (como los supermercados, frigoríficos, etc.) que son justamente los que en muchos casos actúan fijando precios cada vez más elevados. Esto no sólo no ha contenido los precios, sino que contribuyó a acelerar problemas estructurales, como la liquidación del stock ganadero.

A esto se agregaron otros elementos. Entre ellos, la lógica rapaz aplicada por las multinacionales en el área de los hidrocarburos con la venia del gobierno. La oferta de energía es menor que hace 10 años, y se importa combustible a precios internacionales (parcialmente subsidiado). Con el argumento de los mayores costos por la limitada capacidad, y acompañando la suba internacional y la lenta pero sostenida depreciación del peso en relación con el dólar, los combustibles vienen aumentando un promedio de 20/25% anual desde 2009. El gobierno autorizó recientemente nuevos aumentos, y lo mismo está haciendo con el transporte y las tarifas eléctricas. Esto tuvo efectos directos sobre el costo de vida, e indirectos porque los empresarios trasladaron los efectos de este aumento sobre sus costos.

Sintetizando: el corazón el proceso inflacionario encuentra sus raíces en una dinámica como la caracterizada por el estructuralismo que se origina en las condiciones que generó la devaluación: luego del abrupto cambio en los precios y rentabilidades relativas de la devaluación, acompañada del hundimiento de los salarios, la posterior recomposición se ha expresado no sólo en cambios en precios relativos, sino en una suba del nivel general de precios. Ésta recibió además el acicate de la suba en los precios internacionales de granos. Y se agravó cuando la economía recuperó significativamente el nivel de uso de la capacidad y el crecimiento continuado no fue acompañado por un volumen de inversión acorde a las tasas de crecimiento.

Por último, un cuarto elemento que contribuye a explicar la inflación es un rasgo importante de la política económica kirchnerista, que es mantener el impulso la demanda. La recuperación limitada de la inversión productiva adquirió en este contexto mucho peso para contribuir a acelerar la inflación. Sobre todo en años como 2010 o 2011 donde se conjugó la elevada demanda externa, políticas de ingresos aplicadas por el gobierno y fuertes incentivos para el consumo a crédito (que con tasas bajas en términos reales o cuotas fijas resultaba altamente provechoso en un contexto de inflación).

La inflación está en el centro de las contradicciones que ha desarrollado la economía argentina pos devaluación. Y viene planteando una contradicción creciente entre rentabilidad y competitividad, como indicamos en varias oportunidades, que es más o menos grave según las ganancias de productividad que se han dado en los distintos sectores durante la última década.

La profundización de las tendencias al agotamiento del esquema económico contribuye a su vez a acelerar la escalada inflacionaria. Las crecientes dificultades fiscales que son consecuencia de la aplicación extendida de lo que hemos llamado un “bonapartismo de caja”, que se vio enfrentado a dificultades crecientes con la emergencia de sucesivos síntomas de agotamiento, obligaron al gobierno a limitar el aumento de los subsidios, que fue una de las formas con las que se intentó -fallidamente- contener los aumentos de precios. Aunque los subsidios (lo mismo que los acuerdos sectoriales33) no sirvieron para contener los precios, el intento de desmonte parcial de los mismos contribuye a acelerar la escalada. Lo mismo ocurre con las tarifas.

También el peso creciente del Banco Central en la financiación al Tesoro Nacional, es un factor que contribuyó a generar una presión creciente sobre los precios. Por un lado ha deteriorado la cartera de activos del banco central, ya que la mitad de los mismos corresponde hoy a deuda pública. Pero además, la inflación tiende a compensarse con ligeras devaluaciones, y estas permiten que el BCRA le preste más dinero al gobierno. Esto ocurre porque una devaluación genera ganancias contables por los activos en dólares del BCRA (estos valen más en pesos con la depreciación, y por lo tanto mejora el balance del banco). Entonces, si la inflación justifica un dólar más alto y eleva el techo de los préstamos y las utilidades, el BCRA puede transferirlos al gobierno emitiendo más pesos. Por eso, el combo inflación-minidevaluación viene siendo cada vez más una pata importante de los mecanismos que utiliza el gobierno para cerrar las cuentas.

La política K: siempre en favor de la inflación y la licuación de salarios

Pocos puntos resultan más reveladores para caracterizar al kirchnerismo que las medidas adoptadas ante la inflación. Aunque hubo iniciativas variadas en distintos momentos siempre realizó los máximos esfuerzos para ocultar los alcances de este flagelo. A partir de 2006 inició una tímida intervención del Indec para adulterar las mediciones de los índices de precios, que fue haciéndose más flagrante con el correr de los años. Esta iniciativa fue presentada como una patriada, ya que supuestamente apuntaría a evitar el aumento de la deuda ocasionada por la existencia de títulos que contemplan una actualización por el llamado Coeficiente de Estabilización de Referencia (CER). Pero esta es una mentira de patas cortas. En todo caso, los bonistas han más que compensado esta “pérdida” (entre comillas ya que sólo pierden de seguir sumando aún más a las generosas condiciones que recibieron en el canje, ver aquí para más detalle) imponiendo tasas más altas para nuevas emisiones. Las estadísticas falseadas hacen cada vez más difícil hacerse una idea certera sobre la economía argentina, pero esto no afecta a todos los sectores sociales por igual. La única eficacia de ocultar los datos sobre la inflación está en ocultar el fenómeno ante los sectores populares. Los empresarios, con sus cámaras sectoriales, sus think tanks y el ejército de profesionales bien pagos que vela por sus intereses tienen capacidad de elaborar los índices que les permitan orientar sus decisiones clases, así como tienen capacidad para “operar” sobre los medios aprovechando el descontrol y la desinformación para transmitir sus “sensaciones” sobre la marcha real de los precios. Además, la destrucción del “termómetro” que representaban los índices oficiales opera como un “piedra libre” que permite la remarcación a discreción. En suma, la intervención del IndeK a creado todo un rubro altamente lucrativo para el empresariado, mientras que los asalariados son los perjudicados cabalmente. Poco modifica esta orientación general el hecho de que en distintos momentos se hayan ensayado acuerdos y/o controles de precios, ya que los techos a las negociaciones salariales en paritarias han tendido a ser mucho más firmes que cualquiera de estas trabas para que los empresarios aumenten, gracias al apoyo que desde 2006 hasta hace dos años dieron todos los sectores de la burocracia sindical. El resultado fue que desde 2007 tendió a estancarse la mejora salarial promedio en términos reales. Los techos sólo pudieron perforarse cuando la acción de algunos sectores del sindicalismo antiburocrático y combativo impusieron aumentos superiores, como ocurrió en 2010 a causa de la paritaria del gremio alimenticio, con las comisiones internas de Kraft, Pepsico, Arcor de córdoba y otras más a la cabeza.

Estas políticas se acompañaron con la implementación de subsidios que apuntaron a solventar con los recursos del Estado una parte de la ganancia empresaria, en la declarada expectativa de que esto disminuyera las presiones de costos que empujaban al alza de precios. Con el resultado de que estos subsidios, junto con los de tarifas y combustibles, se transformaron en una succionadora de fondos que alimenta el déficit fiscal en igual o mayor medida que la carga de la deuda pública.

Ante el -esperable- fracaso de estas políticas para frenar los precios, lo que se ha visto con el correr de los años es que el gobierno empezó a sopesar positivamente las ayudas de la inflación para administrar las dificultades en la política económica: esta ayuda a disfrazar el ajuste, ya que por un lado eleva los ingresos impositivos (con los aumentos de precios crece nominalmente la recaudación), y permite que un gasto que no varía en los hechos esté cayendo en términos reales. Esto facilitó la reasignación de partidas en función de las urgencias, y maquilló los recortes. Por eso, lo que hemos visto en los últimos años es un estímulo en la gestión económica para aprovechar las “ganancias” de la inflación.

Pero si el gobierno no ha dejado de sacar provecho de estos beneficios de la inflación34, en los últimos años la imposibilidad de sostener el aumento del gasto público y las dificultades que aparecieron en el flanco externo lo empujaron a buscar algún ancla inflacionaria más firme, la que encontró, como todos los gobiernos de los más variados signos, en el ataque a los salarios.

El gobierno pasó de negar cualquier problema inflacionario a seguir négandolo, pero advertir a la vez contra los desbordes salariales. Esta “sintonía fina” de los salarios es la que el gobierno apuesta a reforzar en las negociaciones salariales de este año. El ajuste del mínimo no imponible de sólo el 20% y la negativa a homologar la paritaria del gremio bancario muestran esta decisión.

Esto muestra una clara línea de conducta: siempre contra el salario y creando condiciones que facilitan la licuación que hacen los empresarios para mejorar sus ganancias.

Un programa para enfrentar el ajuste al salario

Si durante los años de bonanza -lograda por el capitalismo argentino a costa de un brutal ajuste en 2002- el kirchnerismo apostó a reforzar la idea de que podía aspirarse a una recuperación gradual y sostenida para los sectores populares en los marcos de las relaciones de este capitalismo dependiente y semicolonial, cada día se hace más visible la imposibilidad de esta aspiración. No existe ninguna salida “armónica” a la contradicción entre las aspiraciones obreras de mantener el poder adquisitivo de los salarios y la voracidad de los capitalistas que marca el agotamiento del modelo y tiene en la inflación una de sus principales expresiones.

Las alternativas en las que se debate la economía argentina son todas para ajustar el salario en pos de reforzar las perspectivas de rentabilidad. Ante la inflación acelerada, las salidas entre las que se debaten en oficialismo y la oposición patronal vuelven a ser el ajuste “clásico” basado en el enfriamiento recesivo de la economía, la salida devaluatoria (puesta sobre el tapete en días recientes por el ex ministro Roberto Lavagna y por Francisco de Narvaez) y el ajuste “heterodoxo” que viene aplicando el gobierno. Todas estas variantes coinciden en lo esencial, que es en atacar el nivel de vida de la clase trabajadora. Cualquier devaluación “exitosa” necesita ir acompañada de un freno a los aumentos salariales, para imponer como en 2002 un mazazo a los salarios. La ortodoxia no tiene pruritos en augurar el “purgatorio” del ajuste por medio del cual debemos “expiar” los supuestos excesos de gobiernos K (que si en algún lado estuvieron fue en el exorbitante engorde de las ganancias empresarios y no en otro lado). Y el gobierno rechaza el ajuste en los discursos pero lo impulsa en la práctica. Como planteaba León Trotsky en el Programa de Transición, hoy vuelve a verse que “Ni la inflación ni la estabilización monetaria pueden servir de consignas al proletariado porque son las dos caras de una misma moneda”. O la clase trabajadora desarrolla una alternativa que reorganice la sociedad sobre nuevas bases, o la clase capitalista impondrá alguna de sus variantes.

Para enfrentar estas variantes es necesario exigir un salario mínimo igual al costo de la canasta familiar que hoy ronda los $7000 y el 82% para los jubilados, la universalización y actualización de los montos de las asignaciones familiares. Todos los aumentos deben actualizarse de acuerdo a la inflación real. Terminar con la precarización laboral y trabajo en negro. Pelear por la anulación del impuesto a las ganancias aplicado sobre el salario que afecta a trabajadores y jubilados, y por terminar con el IVA a los consumos populares, impuestos y por imponer progresivos a las grandes fortunas.

Ante las maniobras de los grandes grupos que controlan la comercialización y distribución de bienes, es necesario imponer comités de consumidores y trabajadores para garantizar el acceso a los bienes esenciales y desarmar las maniobras, a la vez que imponer la apertura de los libros de contabilidad para mostrar las maniobras especulativas y poner en evidencia la falsedad de los argumentos de estrechamiento de las ganancias en los que se fundamentan los aumentos de precios.

Sólo la pelea por una alternativa política independiente de la clase trabajadora permitirá evitar que se transforme al salario obrero en variable del ajuste. Hay que exigir, en primer lugar a la CGT de Moyano y la CTA Micheli la convocatoria a un plan de lucha que puedan discutir en asambleas todos los trabajadores, para defender el salario y poner un piso unificado para las negociaciones paritarias que no puede ser menor al 35% de mínima, que la plata salga de los millonarias ganancias de los empresarios que son los que aprovechan la inflación y el “cepo” a los salarios para licuarlos.


1Los límites son en cierto modo difusos, ya que parte de quienes se reivindican keynesianos hoy, manejan alguna variante sintética de “consenso nuevo clásico- keynesiano” que adopta buena parte de los postulados neoclásicos (y monetaristas y de expectativas adaptativas o racionales) y se acerca más a la postura ortodoxa en el tema de la inflación.

2La teoría cuantitativa afirma que, dados la producción y el nivel de transacciones que se realiza con cada billete, un aumento de la oferta de dinero tiene un efecto proporcional en el nivel de precios, sin cambiar ninguna variable real. Es decir MV=PT siendo M la cantidad de dinero, V su velocidad de circulación, es decir la cantidad de operaciones que una cantidad x de dinero realiza en un plazo determinado, P el nivel de precios y T la cantidad de transacciones que realiza la economía en el plazo fijado; como V está dado tecnológica y/o institucionalmente, y T se considera dado también, entonces la variación de M sólo puede afectar a P. La determinación va de la cantidad de dinero a los precios.

3Como señala Julio HG Olivera, esta interpretación “también es compatible con el método de análisis keynesiano cuando el sistema se encuentra en plena ocupación o próximo a ella” (Olivera, Julio HG, “Inflación estructural y política financiera”, Anales de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, Serie 3ª –VOL. X, Buenos Aires, 1965).

4Ídem.

5Ver por ejemplo Zaiat, Alfredo, “Oligopolios y precios”, Página/12, 05/01/2013. Aunque menciona otros aspectos que estarían en la base de la inflación, su énfasis termina resultando prácticamente excluyente de los mismos.

6Gigliani, Guillermo, “La inflación en el capitalismo dependiente”, trabajo disponible en la página del IADE.

7Ìdem.

8Marx, Karl, Contribución a la crítica de la economía política, FCE, DF; 1980, pp. 107-8. Más adelante continúa Marx: “La intervención del Estado que emite papel moneda con curso obligatorio -y solo tratamos de esta clase de papel moneda- parece abolir la ley económica. El Estado, que en el precio monetario solo bautizó con un nombre a un peso de de oro determinado, y que al amonedar solo estampó su ello sobre el oro, parece transformar ahora, en virtud de la magia de su cuño, el papel en oro. Puesto que los billetes de papel tienen curso obligatorio, nadie puede impedirle poner forzosamente en circulación un número tan crecido de los mismos cuando quiera e imprimir sobre ellos denominaciones monetarias deseadas, como 1 libra esterlina, 5 libras esterlinas, 20 libras esterlinas. Es imposible arrojar fuera de la circulación a los billetes que ya se hallan dentro de ella […] Separados de su existencia funcional, se transforman en indignos colgajos de papel. Sin embargo, este poder del Estado es mera apariencia. Podrá lanzar a la circulación la cantidad de billetes de papel que quiera con la denominación monetaria que desee, pero con este acto mecánico cesa su control. Una vez que la circulación se adueña de él, el signo de valor o papel moneda sucumbe a sus leyes inmanentes” (ídem.).

9No es, como en el caso de la teoría cuantitativa mencionada en la nota al pie 2, que la cantidad de dinero en circulación determine los precios, sino que la suma de los valores determina la cantidad de oro que es necesario poner en circulación, y los billetes en circulación en relación con dicha cantidad de oro fijan los precios en dinero.

10 Desde los años ’90 la teoría de que la cantidad de dinero puede fijarse de esta forma, sometida por largo tiempo a la crítica de un amplio abanico de corrientes “heterodoxas”, viene siendo bastante cuestionada también por sectores de la ortodoxia. Las dificultades para controlar la oferta de dinero son la base del planteo de manejar la política monetaria con metas de inflación, que ha ganado amplio concenso desde los trabajos de John Taylor .

11 Para algunos autores esto no puede sin embargo llevar a la conclusión de que asistimos a la desmaterialización de todo el sistema monetario. Ver por ejemplo lo que plantea Rolando Astarita sobre el dinero fiducidario: “la referencia última del valor no está dada por el billete de curso forzoso y nacional, sino por la restricción que impone su relación con el dinero mundial y, en última instancia, con el oro”.Astarita, Rolando, “Concepciones sobre el dinero, el rol del oro y cuestiones monetarias”, Realidad Económica, Buanos Aires, IADE, marzo de 2006

12De Vroey, Michel, “Inlfation, a non-monetarist interpretation”, Cambridge journal of Economics Vol 8 (1984), nº 4.

13 Gigliani, op. cit. La respuesta de la FED frente a la crisis de las subprime ha puesto nuevamente en evidencia lo inquietante de la amenaza deflacionaria y la rapidez de la respuesta para combatirla.

14 No todos los años sin embargo. Durante el período pos devaluación hubo años de elevada emisión y baja inflación como 2004, de baja inflación y emisión como 2005, de elevada inflación y baja emisión como 2009 o de alta inflación y emisión como 2012.

15Para un ejemplo reciente ver Espert, José Luis, “Es la emisión, estúpido”, La Nación, 10/2/2013.

16Anwar Shaikh, “La explicación de la inflación y el desempleo: una alternativa a la teoría económica neoliberal”, en Razón y Revolución nº 7, verano de 2001.

18Spotorno, Fausto, “Crecimiento argentino ¿Por qué tiende a ser entre 3% y 5%?”, El economista, Buenos Aires, 14 de mayo de 2012.

19Se trata de una tendencia que es parcialmente contrarrestada por el carácter limitado de la inversión, ya que al mismo tiempo la brecha existente entre la masa de ganancia y la proporción reinvertida contrarresta parcialmente las presiones ya que mantiene la brecha entre el límite inversor y la inversión efectiva. Pero nos parece que de todos modos por la conjugación de los distintos aspectos mencionados esta se termina imponiendo.

20Mercatante, Esteban, op. cit.

21Ídem.

22Esto ocurre tanto con los bienes importados como con los bienes producidos localmente para el mercado nacional que también se comercializan en el extranjero, cuando se trata de bienes con precios internacionales como los commodities agrarios y energéticos, pero también de muchas manufacturas commotidificadas producidas localmente.

23Para un análsis del impacto de las retenciones en los precios agrarios y la distribución de la renta agraria ver Mercatante, Esteban y Anino, Pablo, “Renta agraria y desarrollo capitalista en la Argentina”, Lucha de clases nº 9, junio de 2009, y Mercatante, Esteban “La naturaleza de la renta agraria en Argentina. Los efectos de su apropiación parcial vía retenciones (2002-2008)”, diciembre 2010, Blog de debates del IPS, www.ips.org.ar

24Mercatante, Esteban, “

25Daniel Heymann y Adrián Ramos, “Una transición incompleta. Inflación y políticas macroeconómicas en la Argentina post-convertibilidad”, Revista de Economía Política de Buenos Aires, Año 4, Vols 7 y 8, Bs. As., 2010.

26Rowthorn, Robert, “Conflict, inflation and money”, 1977.

27Gigliani, Guillermo, op. cit.

28Además, como señala el propio Rowthorn, la propia posibilidad de que exista un proceso inflacionario que manifieste la presión del capital por licuar los salarios está determinada por la existencia de otros componentes que tiendan a crear condiciones inflacionarias, como es relación entre demanda y acumulación analizada en el apartado precedente, y -agregamos nosotros- el impacto del otro componente de inflación estructural, esto es, el ajuste de precios relativos.

29Rowthorn, Robert, Capitalismo, inflación y conflicto, México, Nuestro Tiempo, 1984, p. 129.

30En Lucha de clases nº 5 (“El plan K: neoliberalismo de 3 a 1”), junio de 2005, señalábamos ya que el crecimiento pos devaluación estaba mostrando incipientes tendencias inflacionarias.

31Para un análisis de los aspectos coyunturales y estructurales detrás de esta alza en los precios internacioanels ver Bach, Paula, “¿Crisis alimentaria o hambre de ganancias?”, EconoCrítica nº 4, agosto de 2008.

32Mercatante, Esteban, “Los economistas K explicando la inflación. Échale la culpa a los extranjeros y la soja”, 20/12/2011, http://puntoddesequilibrio.blogspot.com.ar/2010/12/los-economistas-k-explicando-la.html

33Respecto de los acuerdos sectoriales, es de señalar que aunque ahora desde posturas oficialistas se responsabilice a los monopolios de la inflación, en un primero momento el gobierno consideró que los oligopolios facilitarían el control de la inflación, privilegiando los acuerdos con unos pocos grandes frigoríficos, supermercadistas, comercializadores de granos,etc. Ni una cosa ni la otra.

34Como lo muestra el intento de mostrar un inexistente alivio impositivo con la elevación de 20% en el mínimo no imponible del impuesto a las ganancias, que no va a evitar que más asalariados tengan que afrontar el impuesto, salvo que las paritarias cierren con resultados que signifiquen una pérdida de las remuneraciones en relación a la inflación.

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