Sus crímenes sociales, nuestra solidaridad de clase y popular

| 3 abril, 2013 | Comentarios (1)

Apenas suceden estas catástrofes, se enciende una maquinaria lamentable de excusas. Un mecanismo robótico que lanza explicaciones que llegan a nosotros con ecos impersonales y metálicos: “errores humanos”, “nos sorprendió la lluvia”, “nunca llovió así”. Buscan poner etiquetas que liquiden toda responsabilidad política o social, diluyéndola en eventos imprevisibles (la lluvia) o, para peor, que se localice en un ser humano, generalmente un trabajador, que fue imprudente al pilotear un avión que se estrelló, al conducir un tren que chocó, o al reparar un sistema eléctrico del Subte en medio de una inundación, para una empresa que es denunciada sistemáticamente por negligente, desidiosa y asesina. Entre ayer y hoy no murieron: mataron 48 personas.

Incluso la política burguesa, que en absolutamente todas sus variantes está despojada de todo lo que huela a sensibilidad, a empatía, a indignación, congela las almas de personas y personalidades que emergieron desde la izquierda o “sectores críticos”. Ellos, al momento de hacer una denuncia, de esas que no se pueden hacer desde la fina comprensión de un programa, apoyada en un léxico amplio, sino desde lo más profundo de los calores y las broncas corporales, tartamudean, se traban, y culminan hablando con las palabras del enemigo de clase, como un cuerpo ocupado por la moral y los intereses de la clase contraria. Esa sensación da cuando uno lee declaraciones de representantes de trabajadores que responsabilizaban a otros trabajadores, víctimas mortales a veces, en lugar de establecer la conexión entre estas muertes y el desprecio orgánico de las empresas por la vida obrera, como hicieron Claudio Dellecarbonara y los cientos de trabajadores del Subte que frenaron las formaciones con el puño apretado y los ojos llorosos. No se puede ser militante, luchador, representante sindical, ni menos revolucionario, sin la espontánea capacidad de indignarse con la desgracia social a la que son condenados los trabajadores y sectores populares. El que duda, se pasó al otro bando, cosa que el kirchnerismo lo logró con varios que en otros momentos uno llamaba “compañeros”

Con nervios de platino, empieza el show lamentable de los mutuos señalamientos: Cristina culpa a Macri, Macri se victimiza frente a Cristina, Scioli, sugiere que fue Cristina, Cristina afila el colmillo frente a Scioli. Mientras empieza a drenar el agua podrida de capitalismo, mezclada con la sangre de decenas de muertos en Capital y La Plata, les decimos: no se preocupen en discutir. Fueron todos ustedes.

Pensemos un segundo. Si uno suma Cromañón, los miles y miles de muertos en accidentes viales producto de la liquidación del sistema ferroviario, las inundaciones de Santa Fe, los derrumbes en la construcción, las tragedias aéreas de LAPA y otras, el choque de Once, la explosión de Río Tercero… ¿cuántos muertos suman? Esta no es una comparación forzada. Aunque en este caso opera una “fuerza natural”, las causas de las muertes no hay que buscarlas en un fenómeno que existe desde hace millones de años (la lluvia), sino en las obras de infraestructura que los gobiernos no realizan. Esa fue la conclusión de las inundaciones en la ciudad de Santa Fe, de la que fueron responsables Reutemann y el nuevo amigo del cristinismo, Jorge Obeid, escrachados sonrientes en la foto mientras cortan la cinta de una (no) obra pública asesina.

Los gobiernos “constitucionales” compitan con las dictaduras en la cantidad de muertos de los que son responsables en esta clase de supuestos accidentes.

Hablan de tragedia y en parte lo es: cuando uno lee las tragedias griegas, uno sabe que el rodete que da la historia culminará de la forma en que pretende evitarse que termine. Aunque Edipo se aleje, volverá, matará a su padre y desposará a su madre. Acá también: aunque no se sepa cuándo, uno sabe que ciertas cosas pueden suceder y van a suceder. Cada una de estos verdaderos crímenes capitalistas no disminuyen nuestra capacidad de indignarse ni nuestro odio de clase, sino que lo alimenta como una fogata. Pero sí licua la posibilidad de sorprenderse: cada muerto evitable tatúa de a poco en la mente de millones que esta es la forma normal en que se desarrolla el capitalismo, extrayendo las riquezas de tierras minas y fábricas para dárselas a un puñado de personas, a una élite social, mientras socializa la muerte, las inundaciones, la pobreza, el despojo, las “tragedias” a una inmensa mayoría social. Quieren humanizar un sistema que, cada tanto, por desidia, asesina a decenas para recordarnos cómo funciona la cosa.

Desde Marx que algunos teóricos tratan de encontrar la fórmula química para tener una nueva teoría que supere la del socialismo, la de la política revolucionaria. Pero una y otra vez el capitalismo viene a recordarnos por qué es una verdadera necesidad histórica acabar con este imperio de injusticia, esta cárcel que pone barrotes en un mundo que podría ser un paraíso para todos.

“Di refugio a 11 personas”, cuenta el ingeniero Hugo Filiberto, de 74 años, que vive en Tolosa. Desde su casa, que no se inundó, vio a dos familias en sus autos bajo las intensas lluvias. Los vistió y los invitó a pasar. En numerosos lugares de trabajo, miles de personas miran al televisor y se ven a sí mismos nadando por Tolosa, remando por La Plata, desesperarse en Berisso para encontrar a sus familiares desaparecidos. En los sectores populares, la solidaridad emerge con fuerza, con una contundencia tan natural como el Estado denuncia su desidia, su descomposición. La casta política disputa el balance futuro desde sus torres, castillos y hoteles de fin de semana largo, mientras el pueblo trabajador se hermana en paliar los efectos inmediatos de esta tragedia evitable, de este crimen social. La bronca que emerge y la solidaridad a flor de piel del pueblo trabajador, frente a la mezquindad gélida del capitalismo y su funcionariado, es lo que nos dice que es posible ganarles.

Category: Artículos, Movimiento obrero, Política

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