11-S: algunas notas acerca del golpe de Pinochet y el proceso revolucionario

| 12 Septiembre, 2013 | Comentarios (0)

En el marco de un nuevo 11 de septiembre, fecha en que se recuerda el golpe militar que derrocó hace 40 años al gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular, donde hubo el día de hoy marchas –con decenas de detenidos–, ceremonias “oficiales”, recordatorios varios y recuperación de documentos (ver acá y acá por ejemplo), me interesa discutir (al menos) dos cuestiones, referidas al (siempre espinoso) tema (moral) de los “medios y fines”, y respecto a la “función” (claro: política) que cumplió el allendismo en el proceso revolucionario chileno.

En relación al golpe, el actual presidente de Chile, de la derecha, Piñera, dijo que el gobierno de Allende “quebrantó el Estado de derecho”(?), y, casi casi, que el gobierno de la UP fue el responsable de que le hayan dado el golpe del ’73: “el desenlace previsible, aunque no por ello inevitable, de larga agonía y deterioro de nuestra amistad cívica”.

Además de esta canallada, Piñera agregó: “Fenómenos como la tortura, o la desaparición forzada, nunca, nunca deben ser justificados sin caer en un grave vacío moral. En otras palabras, el fin jamás justifica los medios”. Pero aquí, justamente, se trata de todo lo contrario: la brutalidad de la derecha y los militares, y los medios que emplearon (el secuestro, la tortura y el asesinato) fueron desplegados para un fin claro y preciso: detener, abortar, aplastar, el radicalizado movimiento popular que se desarrollaba en los barrios, fábricas y entre la juventud; y que fuera en parte frenado por el mismo gobierno de Allende, con socialistas y “comunistas” (stalinistas).

(Desde este ángulo –en “modo espejo”– vale recordar lo que decía León Trotsky en su trabajo titulado Su moral y la nuestra, donde, discutiendo contra una “moral de cafres” explicaba una suerte de “dialéctica de medios y fines”, explicando que el Partido Bolchevique (dirigido por Lenin), aunque en su historia haya utilizado la mentira, el robo y el engaño, lo había hecho, siempre, contra las clases dominantes y explotadoras, y nunca contra la clase trabajadora (a diferencia del stalinismo luego, que sí lo hizo). Y que entonces, por ello, pese a la utilización de medios tales como la mentira, el robo y el engaño (repitamos: contra la clase burguesa y su régimen de dominación, con el objetivo de que la lucha de la clase trabajadora se fortaleciera y superara las resistencias de las clases dominantes) podía decirse, sin faltar en lo más mínimo a la verdad, que el Partido Bolchevique era el partido más honesto de la historia.)

Como queda dicho entonces: determinados fines requieren ciertos medios. La derecha (y el imperialismo, por supuesto –además de Brasil y el Vaticano–) los tenía claros, a ambos, respecto a la situación de Chile. Pero la izquierda no. Como recuerda esta nota (de un derechoso que, como Piñera, casi justifica el golpe porque Allende y la UP “cometieron errores), “La experiencia chilena de la Unidad Popular abrió esperanzas en todo el mundo, especialmente en la izquierda democrática, deseosa de abandonar la vía leninista de acceso al poder y apostar por el camino de las elecciones como mecanismo de transformación de la sociedad. En los comicios presidenciales del 4 de septiembre de 1970, Salvador Allende, candidato de la UP (coalición de socialistas, comunistas y demócrata-cristianos disidentes), triunfó por estrecho margen sobre los candidatos de la derecha y la Democracia Cristiana (DC).”

La “vía pacífica (electoral) al socialismo”, renegando del “modelo de revolución violenta leninista”… ¿acaso podía triunfar? Hoy queda claro que no. Pero entonces, con claridad estratégica, siendo fieles a la lucha de clases y a la necesidad de una dirección revolucionaria (y no reformista como la de Allende), sí se podría haber triunfado.

Recurramos una vez más a Trotsky, quien, casi 50 años antes del golpe de Pinochet contra Allende (pensando además sobre un país imperialista, rico y poderoso como Inglaterra, y no una semicolonia como Chile) decía lo siguiente respecto a una hipotética (utópica) posibilidad de que la clase trabajadora llegara al poder por vía pacífica-electoral:

“Admitamos por un instante que en las próximas elecciones vaya una mayoría obrera al Parlamento y éste, del modo más legal, resuelva empezar por confiscar sin indemnización, en beneficio de los colonos y de los parados crónicos, los dominios de los nobles terratenientes, por establecer un elevado impuesto sobre el capital, por abolir la monarquía, la Cámara de los Lores y algunas otras instituciones no menos inconvenientes. No cabe ni la menor sombra de duda de que las clases poseedoras no se rendirán sin lucha, tanto menos cuanto que la policía, los tribunales y el ejército están íntegramente en sus manos. La historia de Inglaterra conoce ya el ejemplo de una guerra civil en la que un rey se apoyó en la minoría de los Comunes y la mayoría de los Lores contra la mayoría de los Comunes y la minoría de los Lores. Esto sucedía en 1630-1640. Sólo un cretino, un miserable cretino, repetimos, podría imaginarse seriamente que una repetición de esta especie de guerra civil (sobre la base de nuevas clases sociales) se ha hecho imposible en el siglo XX en razón de los evidentes progresos obtenidos en los tres últimos siglos por la filosofía cristiana, los sentimientos humanitarios, las tendencias democráticas y otras excelentes diversas cosas. El citado ejemplo del Ulster demuestra que las clases poseedoras no gastan bromas cuando el Parlamento, aun siendo el suyo propio, se ve obligado a atentar por poco que sea contra su situación privilegiada. Es por tanto necesario, al prepararse a tomar el poder, prepararse también a todas las consecuencias necesarias de la inevitable resistencia de las clases directoras. Es preciso comprenderlo bien: si llegara al poder en Inglaterra un verdadero Gobierno obrero, aun siendo por los medios más democráticos, la guerra civil sería inevitable. El Gobierno obrero se vería en el caso de reprimir la resistencia de las clases privilegiadas. No podría a este fin utilizar el antiguo aparato del Estado, la antigua policía, los antiguos tribunales, la antigua milicia. El Gobierno obrero formado en el Parlamento se vería forzado a crear nuevos órganos revolucionarios, apoyándose en los sindicatos y, en general, en las organizaciones obreras. De ello resultaría un desenvolvimiento excepcional de la actividad y de la iniciativa de las masas obreras. En el terreno de la lucha inmediata contra las clases explotadoras, las Trade-Unions se unirían más activa y estrechamente entre ellas, no sólo por el órgano de sus directores, sino también por abajo, y concebirían la necesidad de constituir asambleas locales de delegados, es decir, de Consejos (Soviets) de diputados obreros. Un verdadero Gobierno obrero, en otros términos, un Gobierno absolutamente consagrado a los intereses del proletariado, se vería precisado de este modo a demoler el antiguo mecanismo gubernamental, instrumento de las clases poseedoras, y a oponerle el aparato de los Consejos obreros. Es decir, que el origen democrático del Gobierno obrero (aun si fuese posible) produciría la necesidad de oponer a una resistencia reaccionaria la fuerza de la clase revolucionaria.”

Casi medio siglo después de escritas aquellas palabras, la previsión de Trotsky se cumplió (“por la negativa”) en Chile, ya que la confianza que propuso e impulsó Allende y los partidos de izquierda en las instituciones del régimen burgués semicolonial chileno –¡en medio de un proceso revolucionario que muy bien documentó Patricio Guzmán en su ya clásico trabajo La Batalla de Chile! (para ver sus tres partes, clic acá, acá y acá)– permitieron que la derecha y el imperialismo fueran preparando el golpe, que se terminó dando a tres años de la elección democrática de la UP. Mientras Allende (con su carisma y personalidad enormes) frenaba el proceso, y les discutía y les prometía a las masas (¡y las desarmaba!), la burguesía daba golpes económicos (lock out), trababa el “normal funcionamiento del parlamento” (boicoteando la mayoría de las leyes propuestas por Allende y cía.) y preparaba otras “sagradas instituciones” (hoy la Corte Suprema chilena admite su complicidad con el régimen militar), conspirando con los militares y el imperialismo.

Nuevamente: ¿se podía triunfar? Sí; pero solo si se era fiel a una estrategia revolucionaria basada en la lucha de clases, la autoorganización de las masas y la construcción y desarrollo de un partido revolucionario que actúe como dirección de la vanguardia en lucha. Así como surgieron los soviets en la Rusia revolucionaria de 1905 y 1917, como la base de un nuevo Estado (y las comisiones de fábrica en el “bienio rojo” italiano 1919-‘21; las juntas obreras y campesinas en la España de los ’30; los soviets obreros y campesinos en la revolución política de Hungría en 1956; la COB en Bolivia en los ’50 y en los ’70 la Asamblea popular; las Coordinadoras interfabriles en la Argentina del “Rodrigazo”, etc.), estaban en Chile los Cordones industriales como organismos económico-políticos del proletariado minero y fabril (además de las juntas y comisiones barriales de vecinos, que luchaban contra el acaparamiento y los fraudes de los comerciantes). Allí estaban las fuerzas para avanzar; pero (¡una vez más!) no había una dirección revolucionaria. (Apenas días antes del golpe la célebre “Carta a Salvador Allende” de los Cordones industriales decía creer ir “no sólo a la liquidación del proceso revolucionario chileno, sino, a corto plazo, a un régimen fascista del corte más implacable y criminal”. A lo que agregaban: “Antes, teníamos el temor de que el proceso hacia el Socialismo se estaba transando para llegar a un Gobierno de centro, reformista, democráticoburgués que tendía a desmovilizar a las masas o a llevarlas a acciones insurreccionales de tipo anárquico por instinto de preservación. Pero ahora, analizando los últimos acontecimientos, nuestro temor ya no es ése, ahora tenemos la certeza de que vamos en una pendiente que nos llevará inevitablemente al fascismo.” Lamentablemente, no se equivocaron: Allende no solo no avalaba las tomas de fábrica, y quería devolvérselas a sus antiguos dueños, ¡sino que él mismo fue quien puso a Pinochet al mando del Ejército!)

Décadas después, como plantean las compañeras y compañeros del PTR de Chile, los gobiernos de la Concertación han salvaguardado toda la herencia de la dictadura y la derecha, con una “democracia blindada”, neoliberal, que desarrolló sus planes económicos de precarización laboral, hambre y miseria para los trabajadores, la juventud y los sectores populares. Contra esos planes, y contra los partidos del régimen levantamos la consigna de “Ni olvido ni perdón”, apoyamos todas las luchas en curso y luchamos por poner en pie un partido revolucionario e internacionalista que se plantee avanzar a un verdadero Gobierno de los Trabajadores y el pueblo pobre.

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Category: Artículos, Ideas y debates, La escena contemporánea

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