A propósito de Museo de la revolución, de Martín Kohan

| 3 noviembre, 2006 | Comentarios (1)

Bs. As., Mondadori, 2006.

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En su última novela Kohan retoma un tema en que ya había incursionado: la historia argentina de los años ’70, en este caso narrada a través de un relato a dos tiempos. Por un lado tenemos la historia situada en 1975 donde vemos a Tesare, un militante de izquierda, cumpliendo una peligrosa tarea política, y que en el presente narrativo se encuentra desaparecido. Por otro lado tenemos a Marcelo, situado en 1995, empleado de una editorial que viaja a México en busca de un manuscrito para publicar que debía entregarle Norma, quien conoce la historia de Tesare. Ese manuscrito es lo que permite la inclusión de una tercera escritura, un ensayo sobre ciertos conceptos alrededor del tiempo manejados por tres autores clásicos del marxismo: el propio Marx, Lenin y Trotsky, permitiéndole a Kohan reunir a sus preocupaciones o temáticas ficcionales, discusiones teóricas que también lo ocupan. En estos dos terrenos, la militancia de los ’70 y la teoría marxista, la publicación de la novela muestra ciertos “síntomas” de los que nos queremos ocupar, dejando de lado en este caso definiciones sobre los problemas de géneros utilizados, la inscripción de la novela en la literatura nacional y recursos narrativos que varias reseñas han tratado ya.

Evidentemente, la militancia de los años ’70, tema destacado en los últimos 10 años desde distintas perspectivas en obras ficcionales, está acicateado por el 30º aniversario cumplido este año, que provocó la publicación de libros, videos, programas televisivos, suplementos y charlas de todo tipo. Con ello Kohan se suma a una considerablemente larga lista de novelistas que han incursionado en este momento de nuestra historia. Ello no es lo llamativo de Museo de la revolución sino la visión del conflicto que presenta entre la “vida política” del personaje de Tesare (sus ideas, su comportamiento como miembro de un partido) y su “vida privada” (un amor por una militante montonera a la que debe dejar de ver por seguridad a pedido del partido).

Este conflicto constituye un lugar común para muchos ex setentistas arrepentidos o seguidores prevenidos (que no militaron en esos años pero que por las dudas son parte del coro) que vociferan a quien quiera oírlos que los partidos revolucionarios, con su lógica verticalista y burocrática, exigía a sus miembros la renuncia a su “individualidad” o “personalidad”, lo cual éstos aceptaban por mero fanatismo, a lo sumo con esperanzado pero irracional e ingenuo espíritu juvenil que naturalmente, con la madurez (más que con la derrota que significó el golpe) quedaría atrás. Pensemos por ejemplo en las declaraciones de una Sarlo que ha insistido en la teoría de los dos demonios u otros como del Barco, que ha recurrido a las sagradas escrituras. Ni hablar Tarcus que a pesar de vivir de los materiales de la izquierda y financiado por el gobierno, está siempre listo para criticar la militancia de izquierda por ortodoxa o fanática. Claro que además del típico prejuicio individualista liberal que los sustenta (“los años 90 son la década de las privatizaciones, pero no sólo de la enajenación de las empresas públicas, sino también porque representan un pliegue en la vida privada”, señala Kohan en una entrevista publicada en Revista Debate), la función de los “arrepentidos” es agregar valor testimonial de la “experiencia propia” o disquisiciones históricas sobre los sinsabores que les dejó el stalinismo, como prueba irrefutable de que tal lógica es intrínseca a la organización partidaria misma. Desde ya el desastre stalinista ha contribuido a sustentar y difundir este sentido común, pero no menos cierto es que no fue la única alternativa ni que los arrepentidos hablan hoy desde la defensa de un liberalismo con el que se muestran conformes, y ya no desde la perspectiva de un cambio social.

En la trama de la novela existe una mirada desde el sentido común de hoy, ubicada en 1995, y como dice el autor en una entrevista, “no casualmente durante el menemismo” (entrevista en Página/12, 21/08/06), momento “para cuando ese manuscrito es leído, ‘revolución’ significa ya “revolución productiva” (entrevista publicada en www.quelibros.com). Es la mirada de Marcelo: a lo largo de la novela se interesa cada vez más en la “vida privada” de Tesare (que Marcelo además usa para acercarse a Norma), y se interesa cada vez menos por el manuscrito teórico-político que iba a buscar (de hecho se ofusca cada vez más con la insistencia de Norma en leérselo) y por la propia misión en que se encontraba Tesare al momento de su desaparición.

La novela focaliza además cierta molestia que habría atravesado el propio Tesare, quien después de haber aceptado un pedido del partido respecto a su vida privada por seguridad, y a modo de revancha para consigo mismo, rompe con los procedimientos de seguridad indicados para su misión. Kohan señala que en el planteo de esta cuestión lo que hay es una “marca de época”, “una mirada demasiado impregnada del estado de cosas del presente lleva a la objeción en cuanto a con qué derecho una organización interfería sobre el amor y las relaciones personales de un tipo” (P/12). Pero la molestia de Tesare no confirma finalmente el interés de Marcelo ni la marca de hoy, sino que es justamente eso lo que podría haber salvado a Tesare de la tragedia. Finalmente, las razones del partido discutidas con Tesare eran no sólo justas sino necesarias. El problema pseudo metafísico de “lógicas” desde la mirada prejuiciosa de hoy, fue para Tesare un peligro concreto. Querer cambiar las formas de propiedad, la clase que detenta el poder, etc., pretendiendo que ello no cambie la “vida privada” y cotidiana, sin duda, es ridículo. Pero no se trata de que los “arrepentidos” no lo sepan, sino que para la mayoría, lo que está mal es la revolución misma.

Varias reseñas señalaron (algunos festejando) cierta “ironía posmoderna” desprendida del título (la revolución como pieza de museo) y de la estética de la tapa donde el disco Help! de los Beatles se mezcla con los rostros de figuras clásicas del marxismo. Sin embargo, como vimos en algunas citas hechas aquí, el autor de ha ocupado de distanciarse de estas lecturas, y sus declaraciones han provocado así la insistencia sobre este punto, algunas de las cuales denotan cierta incredulidad ante la respuesta: “¿No le resulta parte de la naturaleza humana, casi, la molestia de su personaje ante una intervención de ese tipo en su vida amorosa?”, repregunta Berlanga en Página/12 aun después de que Kohan se explayase largo sobre el tema legitimando lo planteado a Tesare. Tales preguntas son quizá, más que la novela misma, lo que nos permiten verla como síntoma de discusiones reabiertas.

            Pero dijimos que otro interés reunía Kohan aquí: problemas de la teoría marxista. Y aquí también el entrevistador de ocasión parece azorado y agrega datos como para confirmar que Kohan no está diciendo lo que está diciendo: “Pasaron 30 años desde el golpe y unas cuantas cosas en el medio, caída del Muro incluida. ¿Observa vigente el ideario revolucionario?”. Es que acaso… “¿comparte los análisis teóricos de Tesare?” (Berlanga otra vez).

La Academia ya hace años ha incorporado a su manera a algunos clásicos del marxismo pero cercenando o dosificando, descontextualizando y extrapolando sus planteos, cuando el aspecto político de sus escritos no era fácil de soslayar. Otros fueron durante mucho tiempo simplemente eliminados, como Lenin y Trotsky, o vulgarizados hasta que descartarlos sea tarea sencilla acomodando tres o cuatro citas. Sin embargo, probablemente a raíz de la crisis del neoliberalismo y en nuestro país, del 2001 en particular, este panorama ha empezado a cambiar. Programas de materias, bibliografía y ejes temáticos han incluido a estos autores, no siempre con la misma visión, no siempre representando una reevaluación de lo sostenido previamente. Pero lo sintomático es que su sola mención o parcial reivindicación genera cierto escozor. Posiblemente pueda discutirse la visión dada por Kohan en la novela, pero lo que queremos señalar una vez más es lo sintomático de esta inclusión. ¿Es solo un interés particular o muestra algo más del panorama intelectual? ¿Puede sin duda llegar a constituirse en un nuevo recurso académico, desafilado en su potencial crítico? Sin duda la Academia tiene práctica al respecto, pero Kohan ciertamente señala algo que explica el fantasma detrás de ese síntoma: “para él [Trotsky], aun cuando la revolución ha sido traicionada, se ha burocratizado, eso significa la posibilidad de una revolución futura. Para Trotsky esa situación de derrota no acaba con la revolución, sino que vuelve a instalarla en el futuro, piensa: ahora hay que hacer otra revolución” (Revista Debate del 02/11/06). Si se quiere, la nueva novela de Kohan y las reseñas y entrevistas a raíz de ella son síntomas de lo aun difícil que es traer hoy a cuenta el espectro de la revolución, pero a la vez, de que éste no ha desaparecido a pesar de que los arrepentidos o corifeos del sentido común impuesto por el neoliberalismo se ubiquen en las antípodas de la actitud señalada para Trotsky frente a la derrota.

Category: Artículos, Cultura, Lecturas críticas

Comments (1)

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  1. Javier dice:

    Estaba buscando justamente un pequeño análisis del libro que estoy leyendo en estos días: “Museo de la Revolución” En verdad dí con este libro por recomendación de un amigo, estaba queriendo leer literatura contemporánea argentina buena y él me listó ciertos autores, entre ellos Kohan. Fui a la librería y husmeé al pasar por los anaqueles y así encontré el autor y elegí el libro. Me gustó la tapa, creo que porque me encantan los Beatles y el autor ya prometía valor al libro por dicha recomendación. Al comenzar su lectura me interesó muchísimo y las páginas pasaban velozmente, pero luego me desencanté con el manuscrito de Tesare, sentí tedio con toda ese explayarse en reflexiones a partir de ideas de otros y me causó la sensación de que la novela era un excusa para poner la voz del autor a partir del pensamiento de Tesare. Tengo que admitir que tiene juegos literarios muy interesantes, que hay descripciones muy justas, que encuentra las frases y palabras adecuadas para cada instancia, pero cuando Rossi se pone a leer el cuaderno siento que hago un esfuerzo de paciencia y no de inteligencia, es como si hiciera un gesto de caridad para con el autor, soportarle todo ese discurso que, más allá de si estoy de acuerdo o no (en realidad no soy propenso a la violencia a pesar de que sí me interesa cierto tipo de revolución, que creo en la revolución sin violencia, sin sangre y que no es reforma sino que sigue siendo revolución) me parece errado y hasta irrespetuoso la manera en que se vale de una novela para explicitar su idea. A mi modo de ver lo connotado es más eficaz y estético que lo explícito. Entonces entiendo que es una novela con largas pausas que hasta aburridas me resultan. Yo creo que uno puede transmitir cosas serias de manera divertida y no tediosa. Por lo demás, ya dije, escribe bien y se ve que el autor maneja mucho el lenguaje castellano. Muchas gracias por leer mi comentario
    Javier

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