2DA. JORNADA DE DEBATE
El martes 18, con la presencia de 300 personas, se realizó el debate sobre la actualidad de la teoría de Marx y las perspectivas del materialismo histórico donde los panelistas abordaron el tema desde diferentes ángulos como la teoría social, la filosofía, y la teoría política. Participaron del panel el sociólogo y ensayista Eduardo Grüner profesor de Antropología y Sociología del Arte, y de Teoría Política en la UBA; Miguel Vedda miembro del Consejo de Redacción de la Revista Herramienta y profesor de Literatura Alemana en la UBA; el sociólogo Pablo Bonavena profesor de Sociología de la Guerra y Teoría del Conflicto Social; y Claudia Cinatti integrante del equipo de redacción de la Revista Estrategia Internacional y del comité editorial de la Revista Lucha de Clases.
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Audios de la segunda jornada
Extractos de las intervenciones
PABLO BONAVENA
La sociología académica nunca se llevó bien con el marxismo
En toda la historia de la sociología hay una resistencia a incluir a Marx, aunque se le reconozcan “aportes” específicos no se lo toma como el autor de una teoría social de conjunto. Esto puede verse en los propios diagnósticos de sociólogos sobre el marxismo. Augusto Comte (considerado por algunos el fundador de la sociología) creía que Marx era solamente un político y el marxismo no podía ser considerado una ciencia positiva. O Emile Durkheim que consideraba que el socialismo sólo era un “grito de dolor” ante las penurias sociales y no era ni siquiera una “sociología en miniatura”.
Lo cierto es que aunque la sociología académica lo resiste, Marx está presente.
Y esto es relevante porque la sociología, por ejemplo la que nace en Durkheim o el funcionalismo norteamericano, tiene una matriz de fundamentación de “lo social” que parte de los presupuestos de que en la sociedad hay “armonía”, cooperación entre sus distintos elementos, que prima la “autorregulación”, los “equilibrios” y la “estabilidad” en el orden social.
Esta sería para una visión “organicista” la situación normal, mientras que los conflictos sociales serían eventos extraordinarios, episódicos, que están fuera de lo normal y por lo tanto destinados a ser transitorios y no durar. Más aún, desde ángulos organicistas la conflictividad social es descripta como una “enfermedad” de la cual la sociedad solamente a veces sufre pero no es su situación normal. Esta matriz organicista está reforzada por la corriente contractualista donde los conflictos sociales, como por ejemplo la guerra, serían algo previo a la sociedad, o fenómenos “asociales” que quedan fuera.
La sociología académica se mantuvo bajo estas premisas en contra del marxismo porque invierte los términos y establece como “lo normal” la ausencia de conflictos y los presenta como “lo extraordinario”. El marxismo y las teorías sociológicas sobre el conflicto social
Cuando surgieron las teorías sociológicas clásicas sobre el conflicto social a mitad de los años ’50, en parte bajo el impacto de la segunda guerra mundial y la presencia del marxismo en las revoluciones del “mundo colonial”, el conflicto no será conceptualizado como “lucha de clases”. Dos investigaciones paralelas, de Bernard y Lewis Coser, coincidirán en el diagnóstico de que la sociología se “olvidó” del conflicto social. Coser realiza una crítica de Talcott Parsons, el principal sociólogo del estructural-funcionalismo norteamericano, acusándolo de que solamente en pequeños pasajes considera los conflictos sociales. Aún dentro de la tradición funcionalista Coser sostiene que si el conflicto social tiene una presencia tan recurrente en la sociedad debe ser porque tiene alguna “funcionalidad” dentro de ella. Así el conflicto social pasa a ser reconsiderado “objeto sociológico”, aunque no desde el marxismo, y lo hace bajo ciertas premisas políticas conservadoras que atendían a cómo regular el conflicto social.
Actualmente en contrapartida con esta falta de investigaciones sobre el conflicto social que acompañó la historia de la sociología tenemos una superabundancia de estudios sobre el conflicto social, claro que no teorizados como “lucha de clases”, sino bajo las teorías de la “acción colectiva”, la “elección racional”, y los “nuevos movimientos sociales”. ¿Esta nueva presencia significa una concesión al marxismo? Al contrario es una ofensiva contra el marxismo. A diferencia de las teorías clásicas y del marxismo ahora los conflictos sociales son estudiados desligados de los análisis sobre el sistema social en su totalidad. Porque supuestamente no podrían ser estudiadas desde el punto de vista de las clases sociales, porque la sociedad no puede ser comprendida en su conjunto, o porque no tendría un conflicto central que haga inteligible su lógica de conjunto.
Pero la nueva crisis capitalista en curso reabre una situación que hace más favorable el uso de la teoría de Marx. Es momento para que el marxismo pase a la ofensiva porque la crisis pone de manifiesto la existencia de un sistema social y la existencia también de fuerzas contradictorias en pugna, para resguardar el sistema o para superarlo. Pero el marxismo deberá vérselas con estas “nuevas teorías del conflicto social” que solamente buscan eclipsar toda salida revolucionaria.
MIGUEL VEDDA
La categoría de “marxismo occidental” sufrió una esquematización poco productiva
La categoría de “marxismo occidental” suele ser utilizada de una forma poco operativa y poco realista. El término fue utilizado por Merleau-Ponty en su libro Las aventuras de la dialéctica pero en un sentido exploratorio, en realidad aplicado solamente a Lukács y su obra Historia y conciencia de clase. La historia posterior del término sufrió un esquematismo poco productivo, cuando Perry Anderson escribe Consideraciones sobre el marxismo occidental, donde busca crear una categoría que distinga el marxismo europeo del marxismo de la URSS. Para ello traza la distinción entre la “tradición clásica” y la posterior tradición “occidental”. Pero en realidad miembros de la tradición “clásica” como Kautsky, Bernstein o Rosa Luxemburgo son tan occidentales como cualquiera de las generaciones posteriores, y por otro lado hay más semejanzas entre Rosa Luxemburgo con Lukács y Bloch que entre Rosa y Plejanov.
Creo que antes que “rotular” es más importante encontrar los “núcleos” que hacen a determinada versión del marxismo más allá de la oposición geográfica entre Oriente / Occidente, que por otro lado sólo delata nuestra ignorancia con el marxismo polaco por poner un ejemplo. Lukacs y la estética de Marx
El Lukács maduro realiza un gesto de crítica y autocrítica que va a desarrollar teóricamente post ’56 en sus tratados de vejez: Estética y Ontología del ser social. Allí Lukács vuelve sobre su producción anterior intentando criticarla y a la vez volverla productiva. Basado en tres elementos: 1) una relectura de Marx, 2) una relectura de su propia obra juvenil y 3) una mirada crítica sobre el mundo post estalinista. Tratando de superar esta alternativa de juventud toma como puntos de partida una crítica a la teleología histórica contra las interpretaciones de la socialdemocracia y del marxismo soviético estalinizado, y el otro aspecto que también se propone superar es el subjetivismo juvenil que daba pie a pensar que la intervención subjetiva, por ejemplo como era pensada en Táctica y ética, podía realizarse al margen de las condiciones históricas. Su premisa será “no se puede estar en la historia y a la vez fuera de ella”.
La Estética de Lukács, creo que consecuentemente con la estética de Marx, parte de un doble fundamento: A) Que hay que comprender la producción artística en relación con la vida cotidiana, porque el arte surge de la vida cotidiana, se diferencia de ella y vuelve a ella para satisfacer al “hombre íntegro” que para Lukács es el hombre común y corriente. B) Que hay que entender la homología entre trabajo y producción artística. El trabajo es el modelo de toda producción, el núcleo de todas las actividades sociales. Lukács, inspirado en la Filosofía real del Hegel de Jena y en los Manuscritos de 1844 de Marx distingue entre el “fin” y los “medios” de la producción artística.
Lukács supone que en este doble movimiento del acto del trabajo hay un punto en que confluye, algo así como la realización más perfecta de este acto, por el cual en el trabajo el hombre crea un “ethos”, y una ética, y hace retroceder a la naturaleza. El objeto de arte supone que el artista se propuso un fin e investiga los medios.
Pero además en la producción artística están suspendidas las utilidades prácticas, el arte no necesita nada externo a él. Los idealistas buscan que los personajes sean portavoces de los designios del autor y no que los personajes expresen su propia legalidad acorde a sus características. El Marx de 1844 se detiene en las características de la producción no alienada, que es cuando el hombre está libre de coacción, y sólo allí el hombre se mueve de acuerdo a las leyes del objeto en el arte, de acuerdo a las leyes de la belleza. Para el viejo Lukacs la crítica al realismo socialista que predominaba en el estalinismo era porque era literatura de ilustración construida idealistamente para ejemplificar. Era praxis manipulatoria. En eso hay una relación muy directa y genuina de la estética de Lukács con Marx
EDUARDO GRÜNER
La vigencia del materialismo histórico en el contexto de la crisis
Estamos ante una crisis que quizás se esté arrastrando por décadas. No una crisis del capitalismo más sino una crisis capitalista, es decir una de su lógica de acumulación. Lógica de acumulación que además es hoy plenamente global de la mano del capital financiero. Esta “globalidad” de la crisis hace que haya un entramado de una enorme cantidad de factores que no son solamente económicos, sino también de crisis política y militar, y cultural y social, dentro de un contexto de “reducción” de las relaciones internacionales a una “lógica de la guerra”. Hoy la guerra mundial es la normalidad.
Otro elemento es el mantenimiento de la democracia formal, aunque ha pagado el precio de la complicidad con esta política imperial. Sobre la democracia hay que destacar un aspecto más, eso que se llamaba pensamiento único no consistió en que todos pensáramos igual, sino al revés en que no importaba lo que pensáramos porque igualmente eso no iba a tener efectos disruptivos sobre la lógica del sistema. Otro elemento es la “hiperconcentración” de los medios de comunicación creando algo que podría llamarse un “inconciente simbólico consensual” que trabajó por detrás del “pluralismo cultural”. Esto además plantea un problema filosófico interesante, un predominio de un capital ficticio, un puro “significante flotante”. Ahora el peso de una comunicación virtual está en la base más “estructural” del sistema, eso llevó a Frederic Jameson a afirmar que ya no es que la cultura era cada vez más dominada por la economía, sino que la economía era cada vez más cultural.
Esto configuró un entramado de aspectos materiales y aspectos simbólicos que suponen el reino pleno de fetichismo de la mercancía generalizado.
Hay un límite simbólico del capitalismo
La crisis actual nos plantea la pregunta: ¿es todo esto lo que ha entrado en crisis? Ahora hay un límite simbólico del capitalismo, el neoliberalismo ha alcanzado un límite en su legitimidad. También esa ideología neoconservadora que suponía que por “goteo”, en un derrame virtuoso recibiríamos algo del crecimiento del capital. Esta ideología, o mejor “ideologema” como la llamaría Althusser, no es más que cierta visión del “progreso” histórico lo que hoy está en cuestión.
¿Qué nos legó Marx?
En primer lugar Marx nos legó una teoría crítica. El Capital, no es una obra sobre el capitalismo sino una crítica a la relación social que el capital supone, y tampoco es una “economía política alternativa” sino la crítica de esa ideología capitalista. Tampoco el marxismo es un “economicismo” reduccionista, sino al revés es su crítica. La crítica al entramado “socio-metabólico” (Istvan Metzaros) que va más allá de las relaciones de producción.
El marxismo no supone la unidad de la teoría y la práctica como ámbitos separados, no son “entidades” previamente formadas, es exactamente lo contrario. Lo que Marx plantea en la Tesis XI es que la praxis humana es una unidad, su genialidad reside en plantear que esto siempre fue así, que es la ideología dominante la que la hace aparecer como dos cosas separadas. Es necesario mantener este criterio y al marxismo no como un conjunto de recetas sino como un “modo de producción de conocimiento” en un movimiento indisoluble que solemos llamar praxis.
CLAUDIA CINATTI
¿Cómo llegamos los marxistas y el marxismo a esta crisis?
La agudización de la crisis capitalista hizo que Marx y sus ideas de nuevo estén “de moda”. Teniendo en cuenta que venimos de una situación ideológica defensiva eso ya es una buena noticia. Pero tendríamos que indagar más en ¿cómo llegamos los marxistas y el marxismo a esta crisis?
En los últimos 30 años una enorme crisis ideológica del marxismo acompañó la ofensiva del neoliberalismo. La paradoja era que cuando el capitalismo más directamente se expresaba, con un aumento de la explotación y de la desocupación para millones de trabajadores en todo el mundo, la teoría crítica se desligó del marxismo. Es más se dedicó a criticar no tanto al capitalismo sino al marxismo. Las teorías denominadas posmodernas, post-marxistas o post-estructuralistas, aunque son distintas generaron un sentido común que acompañó la ofensiva capitalista diciendo que ya no era posible el cambio social. ¿Cuáles fueron sus condiciones de emergencia?
Podríamos destacar tres elementos históricos.
El primero es que la burocratización de la URSS y de los partidos comunistas generalizó una imagen del “marxismo” que rompía en realidad con el marxismo emancipador clásico de la III internacional. El segundo elemento es que se generalizó la crisis de la idea de progreso. Con la crisis del boom de la posguerra se abonó el auge de las corrientes irracionalistas que expresaban un capitalismo en decadencia que puso en duda la idea de conocimiento y toda teoría que abarcara la “totalidad” del sistema.
El tercer elemento es que la imposición del neoliberalismo y la caída de la URSS justificó la idea de que no hay otra alternativa que mejorar la propia democracia liberal y de que cualquier pensamiento emancipatorio culmina en alguna forma de totalitarismo.
Estos elementos configuraron las corrientes del pensamiento “post”, y le dieron esa tonalidad crítica al proyecto emancipador del marxismo y una filosofía de resignación ante lo existente.
La relectura de Marx por Althusser
Esto puede rastrearse en la trayectoria de Althusser que encarnó una revitalización del comunismo de los PC’s abriéndose a otras corrientes de pensamiento. La relectura estructuralista de la obra de Marx, mediante una interpretación particular de la lingüística de Saussure, terminaba negando el estatuto teórico del sujeto y rompiendo con la relación dialéctica entre sujeto y objeto, o estructura y sujeto propia del marxismo clásico. Una liberación de las estructuras de la acción de los sujetos, y por lo tanto de la práctica.
En sus escritos póstumos Althusser teoriza la idea de que la filosofía de Marx debe inscribirse dentro de una tradición de “materialismo aleatorio” o “materialismo del encuentro” y plantea que el materialismo de Marx y Lenin pecó de idealista y teleológico. Frente a eso proponía reconstruir una filosofía que partiera del “vacío” y la contingencia absoluta. En esto acompañó el pasaje del estructuralismo al post-estructuralismo que influenció a la teoría radical de las últimas décadas.
El postmarxismo de Laclau
Si tomamos a Laclau, que es de esta pléyade el que opina que hay que hacer política veremos cómo cuestiona los fundamentos filosóficos, teóricos y políticos del marxismo.
Primero considera que la dialéctica de Marx no es distinta a la dialéctica de Hegel, y que por lo tanto tiende a plantear un movimiento de síntesis que aplasta las diferencias y que en su afán totalizante se vuelve totalitaria y teleológica.
Segundo Laclau parte de cuestionar la constitución de “lo social” de Marx y plantea una constitución “desmaterializada” que se constituye en una formación discursiva en la que la sociedad ha perdido cualquier fundamento objetivo. Las relaciones de producción o las clases sociales han perdido toda centralidad. Ahora el juego de la política se asienta en un flujo de significación que debe tener la garantía de que el sentido no se cierre. La política de la identidad se plantea a partir de una lógica de las equivalencias por la cual se crean bloques contingentes.
El problema es que eso no explica por qué los individuos adoptan determinada posición. Terry Eagleton le preguntó a Laclau ¿por qué los capitalistas no se hacen socialistas nunca? La verdad es que la centralidad de la relación capital / trabajo está más vigente que nunca en la sociedad contemporánea.
Laclau discute contra un marxismo construido, como si Marx hubiera sido “esencialista” de una clase obrera mítica que fuera antológicamente revolucionaria. No es así de ninguna manera, Marx plantea que hay una centralidad propia del modo de producción pero no define a las clases como entes preexistentes, ni como una colección de individuos, sino como relaciones sociales que son descritas teóricamente como determinaciones en categorías relacionales.
Ese fundamento es actual, las relaciones de producción y de propiedad siguen siendo claves en la sociedad capitalista. Lo vamos a ver con más claridad en el avance de la crisis económica capitalista, que devendrá en crisis social. La reflexión final es que es el momento de poner al marxismo a la ofensiva para responder a esta situación para que la crisis no se transforme en una catástrofe sino en la posibilidad de constitución de una clase obrera revolucionaria y de un partido revolucionario, sin los cuales no hay posibilidades de revolución social.