José Pablo Feinmann escribió en Radar a propósito de los 20 años cumplidos de la caída del Muro [1]. Después de leer tantos mensajes alabando la “apertura de una nueva época” o la “libertad” en la democracia capitalista, de ver los festejos reiterados con personajes como Merkel, Sarkozy, Brown, Hillary Clinton, Medvedev o Gorbachov, el comienzo de Feinmann parecía un buen comienzo: no descorchen, señores, capitalistas, que las causas que originaron el Muro mismo siguen ahí. Pero no. El artículo sigue con una retahíla de los “dislates teóricos” del socialismo, según su definición, donde recita y asume para sí todos y cada uno de los prejuicios establecidos por aquellos a los que recomienda no descorchar.
“En el principio fue”... culpa de Marx, claro, por su idea de “necesidad” tomada de Hegel. Feimann decreta que la idea de determinaciones históricas en que los hombres hacen su propia historia, la lucha de clases establecida en el marco de las condiciones heredades de las generaciones anteriores y de otras luchas, de Marx, es lo mismo que la necesidad teleológica hegeliana que terminara justificando el Estado Prusiano. Por supuesto, las relaciones entre ambos pensadores son muchas y ha sido una larga discusión qué tanto toma Marx de Hegel. Pero eso, justamente eso, el teleologismo histórico que niega las distintas posibilidades abiertas y las novedades posibles cuando las masas “toman su destino en sus manos” (como definiera Trotsky a la revolución), es algo que Marx no solo no tomó sino que combatió en Hegel explícitamente, tanto políticamente (en su Crítica de la filosofía del Estado de Hegel, por poner un ejemplo), como históricamente (en El 18 Brumario, por citar algo) y hasta gnoseológicamente (en los Grundrisse). Feinmann lo sabe, pero gana la pachorra teórica. Porque a partir de aquí el relato se hace fácil: esa idea de necesariedad lleva al pecado de la “necesaria” dictadura el proletariado, que “necesariamente” se hace burocrática, y que “necesariamente” lleva a Stalin y al Muro. Como sacar esa premisa sería darle vueltas a la cuestión, elaborar un poco más, en fin, pensar algo propio y no seguir el prejuicio... mejor dejarlo así.
Hace su aparición entonces el pecado original: la dictadura del proletariado. Feinmann le reconoce ciertos buenos motivos para ser una dictadura: que la burguesía se niega a dejar sus puestos de directores y explotadores del mundo. Pero ésta necesariamente presenta enseguida su lado malo: se burocratiza. Y a esto no hay alternativa, claro, porque su desarrollo, derivado del defecto de Marx, es “necesario”, más allá de las acciones de los sujetos que la llevan a cabo. Así se inicie con buenas intenciones por hombres genios y honestos, como Marx o Lenin, siempre degenerará en un Stalin. Otra vez el lugar común de tantos años: de todo partido sale una burocracia, de todo Lenin un Stalin. Las luchas que ese pasaje supuso, por mencionar alguna, la eliminación por parte de Stalin de todos los miembros que quedaban vivos del CC que dirigía al partido en 1917 que concluyó en 1940 con el asesinato de Trotsky, son detalles.
Lo mejor de este argumento, para la burguesía, es que de tan antiestalinista, al final se justifica al propio Stalin, que no habría hecho más que cumplir el rol que le asignó la “necesidad histórica”. Todo esto en caso de que vuelva a necesitarse alguien que con el prestigio de la revolución y a costa de traicionar la lucha que miles de hombres llevaron a cabo, pueda controlar a las masas si las cosas se van de las manos de los capitalistas. Y permite también a un progre como Feinmann mantener alguna esperanza en que Castro haga “lo que tiene que hacer” antes que como en Alemania, lo haga el capitalismo.
Por supuesto, esa dictadura solo puede tener una forma: burocrática. Acá Feinmann parece olvidar mencionar algo que diferenció al régimen surgido de 1917, los soviets (órganos de democracia obrera liquidados por Stalin en la URSS y nunca establecidos en el Este), con los regímenes surgidos de los procesos de los que fue parte la división de Berlín, las “revoluciones” desde arriba del stalinismo entrando en los países el Este. Otro detalle, sí, muy útil, de paso, para no tener que admitir que la “dictadura” de la URSS hasta el ascenso del stalinismo, en las peores condiciones, dio medidas democráticas que aun hoy, casi 100 años después, no logró dar ninguna otra nación. Pero eso va en contra de poder decir “la peor democracia es superior a la mejor de las dictaduras”, así que, ¿para qué profundizar y ponerse puntillosos?
Digamos rápidamente entonces qué opinamos de la caída del Muro. No cayó ni por una revolución política que barriera a la burocracia stalinista, sino que implosionó por las propias presiones que acumulaba: las más cercanas en el tiempo, la crisis de la economía soviética de los ’80, la escasez que eso significó para las masas del Este que no tuvieran el privilegio de formar parte de la burocracia, la derrota de la URSS en Afganistán y las derrotas que sufría la clase obrera mundial bajo los planes de Reagan-Tatcher. Las más alejadas en los años previos, las derrotas de la huelga alemana oriental de 1953, de la revolución política en Hungría en 1956, la Primavera de Praga en 1968 y la de Polonia en los ’70, que habrían podido abrir otro camino posible para sacarse de encima a la burocracia por izquierda, pero cuya derrota abrió la puerta a la restauración capitalista en el Este, como efectivamente pasó caído el Muro. Nada que festejar, si duda.
Sin duda podemos coincidir con la descripción que sigue de la catástrofe capitalista, a la que deberíamos agregar las consecuencias que seguramente, a raíz de la crisis abierta hace más de un año, una vez más la burguesía buscará descargar en las espaldas de los trabajadores y el pueblo. Pero no se entiende en qué contribuye a la lucha por evitar esas nuevas catástrofes, echar paladas de tierra sobre los hechos históricos y hacerse eco de todos los prejuicios difundidos en estos años de triunfalismo burgués. ¿Esa es la contribución de Feinmann a la “filosofía en el barro de la historia”? Por suerte, el “viejo topo” parece seguir cavando bajo a tanta tierra acumulada por los intelectuales burgueses, y sus cortesanos progres.
13/11/2009