Keynes, la inflación y los salarios

| 14 abril, 2008 | Comentarios (0)

Esteban Mercatante

14 de abril de 2008

En los últimos días, la teoría económica de Keynes se ha colado en los debates de coyuntura, a propósito del problema de la inflación y las propuestas de enfriamiento de la economía. En su columna titulada “La ortodoxia se viste de Keynes” publicada el 12/04/08 en Página/12, Alfredo Zaiat dirige sus dardos contra los supuestos keynesianos que frente a la actual coyuntura económica, que muchos definen como de “recalentamiento” , recomiendan políticas de enfriamiento. Zaiat les critica que “esos postulados de enfriamiento de la economía implican por el lado del gasto aumentar poco o directamente no subir las jubilaciones como si se trataran de haberes dignos, o disminuir la obra pública en un país cuya infraestructura es todavía deficiente, o bajar los subsidios y, por lo tanto, subir las tarifas […] Otra medida por el costado de los ingresos sería detener la morosa recuperación del salario real de los trabajadores” . Para refutar el supuesto keyenesiamismo de estas propuestas, y mostrar su inspiración ortodoxa, recurre a los aportes de Axel Kicillof, es decir a una visión alternativa a la imperante en los manuales de economía sobre los postulados de Keynes. En el artículo, Kicillof señala que “de esta estirpe son las recomendaciones que ofrecen los presuntos keynesianos cuando, ante el aumento de los precios, diagnostican un exceso de crecimiento del Producto y proponen reducir el consumo, la inversión y (si se los dejara hablar lo suficiente) seguramente también el salario”. Kicillof recuerda que Keynes bregaba por “evitar las depresiones y conservarnos de este modo en un cuasi-auge continuo”.

Esto último es sin duda cierto. Sin embargo, lo que es bastante dudoso, es que Keynes opinara que este camino no implicara una caída del salario real -aunque no del nominal. En ese sentido, y sin proponérselo, Mario Rapoport es mucho más revelador sobre este punto, en su nota “Volviendo a Keynes y la inflación” publicada en Página/12 el 13/04/08. Recuerda que Keynes sostenía que “una modificación del valor de la moneda, es decir un cambio del nivel de precios, importa a la sociedad en el momento en que su incidencia se manifiesta de manera desigual”. Rapoport también nos recuerda que reconociendo que tanto la inflación como la deflación son injustas, Keynes preferiría la primera, mientras que se mantuviera controlada, ya que, destaca Rapoport, mientras “la inflación, aligerando la carga de la deuda pública y estimulando a las empresas, ofrece una ventaja que puede ser puesta de un lado de la balanza, la deflación no aporta ninguna compensación” . Acá tenemos esbozado un punto que nos parece muy importante en el enfoque keynesiano. Lamentablemente Rapoport no lo desarrolla, sino que se detiene acá. Nos queda a nosotros entonces ahondar en esta pregunta: ¿en qué consiste el estímulo a las empresas que destacaba Keynes?

Por un lado, está considerando que como las empresas se caracterizan por ser deudoras netas, la inflación tiende a reducir el valor de sus pasivos en relación con el capital total, facilitando su pago y aumentando el valor del patrimonio.

Pero hay otro punto que es crucial en el pensamiento de Keynes, y que en el marco de una situación inflacionaria puede actuar de estímulo a las empresas: que el salario nominal puede no cambiar, o incluso puede subir, mientras que el salario real puede estar cayendo. Keynes destacaba que “Ahora bien, la experiencia diaria nos dice, sin dejar lugar a duda, que lejos de ser mera posibilidad aquella situación en que los trabajadores estipulan (dentro de ciertos limites) un salario nominal y no real, es el caso normal. Si bien los trabajadores, suelen resistirse a una reducción de su salario nominal, no acostumbran abandonar el trabajo cuando suben los precios de las mercancias para asalariados. Se dice algunas veces que sería ilógico por parte de la mano de obra resistir a una rebaja del salario nominal y no a otra del salario real. Por razones que damos más adelante (p.27) , y afortunadamente como veremos después, aunque esto sea lógico o ilógico, es la conducta real de los obreros” [1].

Keynes, dentro de lo que podemos llamar la economía apologética del capitalismo, es pionero en comprender el rol que puede jugar el dinero. Los trabajadores, como cualquier agente económico, solamente pueden tener algún tipo de control sobre el valor monetario de sus remuneraciones. Cuánto pueden comprar con eso, depende de la evolución de los precios, algo que no pueden controlar.

Keynes también comprendió, que los salarios no podrían ajustarse automáticamente ante cambios en los precios: como todo contrato, se rediscute dentro de determinados plazos: cada seis meses, anualmente; a veces ni siquiera.

Por último, aunque Keynes no lo consideró, su argumento se ve favorecido por el rol de las burocracias sindicales, que pueden poner límites a las aspiraciones de mejora salarial de los trabajadores, como viene sucediendo en los últimos años en Argentina, con los techos salariales impulsados por el jefe de la CGT, Hugo Moyano, para todos los gremios que le responden.

Keynes argumentaba que la poca flexibilidad de los salarios a la baja cuestionaba la validez de los postulados clásicos [2] que suponían un ajuste automático de todos los precios (incluyendo los salarios) frente a los cambios en la demanda. Pero las implicancias que el propio Keynes destaca van más allá: si son inflexibles para bajar, por los mismos motivos lo son también para subir. Recortar el salario es algo que choca con la resistencia de los trabajadores. Pero cuando lo que baja es el salario real por la inflación, sin que varíe el salario nominal, el efecto es mucho más diluido y la respuesta es más tardía. La resistencia a la baja del salario por inflación, sólo puede realizarse a posteriori, cuando el salario real ya ha caído. Por eso Keynes veía que esto podría servir para “estimular a las empresas” que pueden así sostener o incluso aumentar sus ganancias en la marea de la inflación.

Como vimos, Keynes destaca esto como un factor positivo, “afortunado” para la política económica. Esto puede permitir que aunque los salarios nominales aumenten, los salarios reales estén cayendo. Es decir, esto puede permitir hacer bajar el salario de manera indirecta, haciendo variar el salario real sin que cambie el salario nominal. Como muestra el trabajo del investigador del CEDES Nicolás Salvatore “Argentina 2007. Tasa de Inflación” y como desarrollamos en el suplemento EconoCrítica publicado el 10/04/08 junto con el semanario La Verdad Obrera, esto es exactamente lo que ha comenzado a suceder en Argentina: el salario real cae, aunque los trabajadores sigan consiguiendo aumentos nominales. La inflación es más alta que los aumentos salariales, y por eso se los devora.

En una situación como la actual en Argentina, donde el peso está permanente desvalorizándose, o sea compra cada vez menos bienes, es posible lo que en otras circunstancias podría ser más difícil: que los empresarios ganen en el proceso, aumentando sus precios más que los aumentos de salarios y de costos que tienen que soportar [3]. Como planteamos en EconoCrítica [4], las ganancias empresarias se transforman en estas condiciones en un factor inflacionario. Esto, que a Zaiat, siguiendo a Keynes, podría molestarle mucho menos que una política restrictiva o deflacionaria, no es sin embargo alternativa para los trabajadores. Alfredo Zaiat hace apología y oculta que ha sido una decisión del kirchenrismo, con apoyo de Moyano, poner techo del 19% a las subas de salarios. Sólo gracias a los dibujos del Indec que mostró una inflación de 8.5% anual, estos aumentos aparecieron como una mejora del salario real.

Las variantes de mantener en marcha el crecimiento con una inflación controlada o de enfriar la economía, que Zaiat nos presenta como únicas variantes posibles, amenazan por igual los ingresos de los trabajadores, en beneficio de uno u otro sector económico. Lejos de esperar un “derrame” del crecimiento, o moderar expectativas salariales para evitar que se “derrumbe el crecimiento” como pide la presidenta Cristina Fernández, hoy para los trabajadores en fundamental salir a luchar por lo que el fuerte crecimiento de los últimos años les ha venido retaceando: salario igual a la canasta familiar con ajuste automático por la inflación, y fin del trabajo en negro. De lo contrario, se transformarán en la variable de ajuste para seguir sosteniendo un crecimiento “keynesiano” .

[1] Keynes,J.M., Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero, Fondo de Cultura Económica Editores, México D.F., 1965, p. 20.  El destacado es nuestro.

[2] Para Keynes los clásicos abarcaban desde Smith y Ricardo hasta Alfred Marshall. Ver Axel Kicillof, Fundamentos de la Teoría General, Eudeba, Bs. As. 2008.

[3] Decimos que hacer esto les sería más difícil en otras condiciones, cuando no hay un proceso crónico de suba de precios, porque con precios estables y en un marco de competencia con otros capitalistas -que en el caso de los oligopolios en siempre relativo- el empresario se condenaría a vender menos. En cambio en el proceso inflacionario, todos los capitalistas se ponen a subir sus precios en previsión de futuros aumentos de sus proveedores, y con la certeza de que sus competidores harán lo mismo.

[4] “Los salarios, Marx, Cristina y la lucha de clases”, Juan R. González, EconoCrítica Nº 1, suplemento de La Verdad Obrera Nº 272

Category: Artículos, Economía, Ideas y debates

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