Horacio Verbitsky: periodismo en defensa de una política antiobrera

En su columna del domingo en Página/12, Horacio Verbitsky indica haber descubierto una nueva corporación al acecho, la de la “aristocracia obrera”. Ésta, al concentrar la porción mayoritaria de la masa salarial, sería la verdadera culpable, finalmente descubierta, de las condiciones precarias que aquejan a la mayoría de la clase obrera argentina. Verbitsky retoma así la línea del discurso de Cristina Fernandez en José C. Paz “pleno de definiciones conceptuales”, y arremete él también contra algunos sindicatos que “se pasaron de la raya”.

¿Redistribución de los salarios?

Este maestro de la impostura saca de la galera un nuevo concepto: el de “cúpula salarial”. Esta noción es utilizada para indicar que en el mercado de trabajo formal privado “el tercio de trabajadores de mayores ingresos recibe casi dos tercios de la masa salarial total, en tanto el tercio que menos gana accede apenas al 9,8 por ciento”. Apela al encuestador oficialista Artemio López para señalar que esta brecha responde “a las modalidades dominantes de representación gremial, y debiera ser tenida en cuenta al analizar las causas de la continuidad en el tiempo del patrón de inequidad”.

Verbitsky escribe como si el salario que le corresponde a cada trabajador surgiera de una masa salarial común, y el avance de un sector de la clase trabajadora sólo pudiera lograrse a costa de otro. El salario es efectivamente una relación, pero no con los demás salarios, sino con la ganancia de los empresarios. Ahora que de la Unión Industrial Argentina ha acercado nuevamente posiciones con el gobierno, a esta pluma oficialista se le “olvida” este detalle.

Simplificando un poco, podemos decir que el salario es lo que le queda al trabajador del valor que él genera diariamente durante su jornada laboral, luego de que el empresario se apropia de su tajada de la riqueza producida por los trabajadores, que constituye la ganancia. Es en la relación con este “robo” de trabajo que queda determinada la magnitud de los salarios para los trabajadores de cada empresa y rama económica.

Si queremos hablar de distribución del ingreso, tenemos que empezar por mirar la relación entre la porción de la torta que corresponde a la suma de todos los ingresos de los sectores asalariados en la actualidad y la que corresponde a las ganancias. Esto podemos hacerlo viendo la relación entre la suma de los salarios (masa salarial) y el conjunto de la producción anual, es decir el Producto Interno Bruto (PIB). Haciendo el esfuerzo de creer en las cifras de empleo y salarios del Indec -todo un acto de fe ya que el dibujo que Moreno inició con el índice de precios se extiende a otras áreas- vemos que la suma de los salarios, como porcentaje del PIB, apenas ha recuperado lo que perdió durante la crisis de 2001 y la devaluación posterior. Según estimaciones del Ceped, la participación de los asalariados cayó al 29,3% del PIB en 2003, y para 2009 había subido al 41,2%. Eduardo Basualdo, y el oficialista CENDA (coordinado por el ahora renombrado Axel Kicillof).

Aunque esto podría dar la idea de que nos estamos acercando al fifty fifty, es mejor no anticiparse. Esta participación, luego de una década de fuerte crecimiento del empleo, es menor que la del año 1995 (41,9%), que a la vez había caído en relación al 46,2% de participación en el ingreso del año 1993. El gran logro del “crecimiento con inclusión” de los años kirchneristas para los trabajadores ha sido llegar a una situación similar a la que había después del desguace privatizador que dejó en la calle a cientos de miles de trabajadores. La tendencia decreciente de los salarios en relación a las ganancias iniciada en los ‘70 continúa.

Un pilar del modelo K

Sin sonrojarse, Verbitsky escribe como si el “corporativismo” de la burocracia de Moyano (y por extensión, de los Zanola y Pedraza) no hubiera estado al servicio de las necesidades del kirchnerismo. El fuerte crecimiento tiene su base en todas las conquistas que logró la burguesía durante las sucesivas oleadas de reformas neoliberales, y en el golpe al salario que significó la devaluación (que redujo el costo salarial en dólares a niveles irrisorios). Gracias a la fragmentación y precarización de la clase trabajadora -de la cual la burocracia es guardiana como vino a recordar el asesinato de Mariano Ferreyra a manos de la patota de la Unión Ferroviaria- el kirchnerismo pudo tener una orientación moderadamente reformista hacia la clase obrera, restableciendo la negociación salarial en paritarias. Puede permitirlo porque lo allí pactado beneficia sólo a un sector minoritario de los asalariados. Y porque si durante la década menemista el fantasma del desempleo actuó como disciplinador para imponer la flexibilidad laboral, durante esta década la precarización y la tercerización debilitaron la capacidad de la clase trabajadora para obtener mejoras de salario y condiciones de trabajo. De esta manera, dieron el margen que la burocracia sindical necesitaba para actuar en línea con las necesidades oficiales, que desde 2006 vienen fijando para las paritarias un techo de aumento que suele estar por debajo de la inflación (y en algún gremio apenas por encima de esto).

Por eso, aún después del asesinato de Mariano Ferreyra, Carlos Tomada ha salido a defender enfáticamente la necesidad de la tercerización (además de quedar luego escrachado en sus amistosas conversaciones con Pedraza sobre cómo limitar la influencia de la lista Bordó sobre los tercerizados que pasaron a planta en ferroviarios). Tanto la defiende que en su ministerio hay un 75% de trabajadores; hasta los inspectores que controlan las condiciones de trabajo son mayormente contratados.

La exclusión de los numerosos contratados y tercerizados en las negociaciones salariales dio más margen para hacer concesiones sin afectar los márgenes de ganancia. Por un lado, porque la presión de los que quedan fuera de convenio, al ser un número considerable, actúa como límite a las pretensiones. Segundo, porque el margen empresario para aceptar las mejoras en mayor cuanto menor sea la proporción de la planta directamente beneficiada por las mejoras. La pelea por integrar al conjunto de los trabajadores en las negociaciones ha sido recurrente en todo este período, y en varios casos lo ha conseguido, pero siempre en contra de las conducciones sindicales.

Las diferencias entre sectores de la clase trabajadora, que repentinamente tanto escandalizan a Verbitsky, son consustanciales a la necesidad del kirchnerismo de “contener la puja distributiva”, que no significa otra cosa que preservar un margen de ganancias, altísimo en términos históricos y por encima del promedio de toda la década de los 90. ¿Por qué se puede decir que la precarización juega un rol acá? Porque a diferencia de los ’90, este resultado se está dando con una economía que funciona a máxima capacidad, con un desempleo mucho menor. Lo raro no es que en una economía que creo millones de puestos de trabajo desde 2002 el salario haya tenido alguna recuperación. Lo notorio es que esta estuvo apenas en los niveles de 2001, es decir un año de hecatombe económica.

Justamente por esta limitación a la recomposición salarial, la participación de las ganancias en el producto tiene el piso históricamente más alto de las últimas décadas. Algunos pocos sectores alcanzados por el derrame K, algunos más salvándose de la erosión de los ingresos gracias a las renegociaciones periódicas, y la mitad de los trabajadores ganando menos de $ 2.000, son elementos inseparables de la política oficial. Para sostenerlos ha sido fundamental contar con el carácter corporativo y pro-patronal de la burocracia, enemiga de la unidad de las filas obreras y de cualquier lucha conjunta por un salario digno, y que como mostró Pedraza lucra ella misma con la tercerización. Todo esto, que Verbitsky “descubre” ahora, es algo que los sectores clasistas enfrentaron todos estos años mientras los “progres” oficialistas buscaban sembrar ilusiones con el “derrame” del crecimiento bajo la política económica kirchnerista.

Participación porcentual de los salarios en el ingreso nacional

FUENTE: CEPED

El mínimo no imponible y la defensa de la caja fiscal

En la Argentina la renta financiera está exenta de cualquier impuesto a las ganancias, y un empresario puede, por ejemplo, vender acciones de su empresa por montos astronómicos como 300 millones, poner esa plata en un fideicomiso de inversión, y nunca pagar un sólo peso. Pero esto no impide que Verbitsky defienda como progresivo que los salarios estén gravados con el impuesto a las ganancias, ya que “sólo afecta a los trabajadores de altos ingresos y su tasa se eleva según el nivel de las remuneraciones”. Sin embargo, por no haber ajustado el mínimo no imponible a la par de la inflación, hay cada vez más trabajadores que tienen la obligación de tributar el impuesto. Sin duda se trata de trabajadores con ingresos considerablemente más elevados que el promedio; pero el universo afectado es cada vez mayor, y esto no porque haya aumentado su salario en términos de poder de compra, sino porque reciben un salario mayor en una moneda desvalorizada por la inflación. Como reconoce Verbitsky, “el incremento del mínimo no imponible debería haber llegado al 90 por ciento. Cristina sólo lo aumentó el 20 por ciento”. Esto significa que cada vez son más los trabajadores que por sólo tratar de mantenerse a la par de la inflación son alcanzados por este impuesto. Lejos de darse una situación como la descripta por Verbitsky, de un sector de la clase trabajadora beneficiándose a costa de otro, es la caja del Estado la que mejora gracias a los aumentos salariales nominales que en la mayoría de los caso no alcanzan a seguir el paso de la inflación.

Aunque el planteo de elevar el mínimo no imponible del impuesto a las ganancias resulta ajeno a la mayoría de la clase trabajadora cuyos ingresos la eximen de dicho tributo, los argumentos de Verbitsky embellecen un sistema tributario regresivo. Es cierto que comprensible que algún impuesto a la ganancia que grabe las remuneraciones cuando se trata de los ingresos que reciben los puestos directivos y generenciales. Aunque estos son remunerados con un salario, este es una participación en la ganancia de las empresas que dirigen. Pero no son estos los trabajadores que bordean el mínimo no imponible. Acá no se trata de otra cosa que de un nuevo gravamen al salario, que aumenta con las mejoras salariales aunque el poder adquisitivo real de los salarios muchas veces siga igual por la inflación.

Si el planteo de Verbitsky tuviera algún espíritu progresivo, al menos se le ocurriría complementarlo con la propuesta de aplicar el impuesto a la renta financiera, o de cortar con numerosas deducciones en el impuesto a las ganancias que benefician a los sectores más ricos. También, podría proponer un aumento de los impuestos a los bienes personales, ridículamente bajos. Y sobre todo, podría proponer reducir el peso de las cargas sociales sobre los trabajadores, restableciendo los montos de aportes patronales que regían en los ’90 y que hoy son ridículamente bajos. En Argentina son los significativamente altos los impuestos al trabajo que afectan a todas los sueldos en blanco, altos o bajos, en la misma proporción. Estos representan una recaudación equivalente al 6% del PIB, y son altamente regresivos. Otra alternativa “progre” podría proponer bajar la alícuota del IVA que afecta con mayor peso a los sectores de menores ingresos. Pero nada de eso hay en las páginas de Verbitsky, que sólo busca dar forma a este nuevo cuco destituyente que amenazaría al gobierno y no discutir seriamente las causas profundas de la desigualdad -inseparable de la precarización y tercerización- ni la regresiva estructura impositiva que el kirchnerismo jamás se propuso modificar.

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Comments (2)

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  1. Eduardo Agustín dice:

    Estimado Colega, ni Verbiski ni ningún otro kirchnerista defiende la exención de ganancias de la renta financiera. Lo que discutimos es cómo aplicarlas. Me parece una franca mentira que desconozcas estas circunstancias de lo que dice Verbiski, a quien respeto.
    Para entender este tema -como tantos otros- hay que entender cómo funciona el sistema capitalista, en el que existen -simplificando- tres grandes actores, el empresariado, la masa de trabajadores, quienes se disputan ingresos a través del mercado laboral, y el estado, quien también participa en esa disputa de ingresos, y actuando a su vez como agente redistribuidor, a veces en favor de los empresarios, otras veces en favor de los asalariados, y otras veces en favor de la clase política que ocupa el estado, es decir, de ellos mismos. La cuestión también está atravezada por la eficiencia en que opera la actividad redistribuidora.
    A su vez, la otra gran arista del sistema capitalista está dada por la globalización que permite la relocalización del capital productivo, es decir del empresariado, y en menor medida, del trabajador. De ese modo aumenta el poder de negociación del empresariado en la disputa de la renta que mantiene con el asalariado y con el estado. “O me dan tales condiciones, o me mando a producir a brazil”. A mayor poder de relocalización, mayor poder de negociación.
    Ante ese panorama, el estado tiene un límite para negociar con el empresariado, entonces el análisis de los sistemas tributarios tienen que contemplar ese límite, y no perder de vista cómo está en realidad esa negociación, hasta donde puede el estado y el trabajador exigir participación en la ganancia, y hasta donde no.
    En ese sentido, y dejando a salvo la cuestión minera y la cuestión de la renta financiera, temas sobre los cuales carezco de la profundidad informativa para discutir, y dejándolos a salvo por esa razón, creo que el proceso kirchnerista se ha caracterizado por haber ejercido ese poder de negociación en la plenitud de sus potencialidades. La 125 es un mero ejemplo. Muchas veces los empresarios locales se la tuvieron que comer en silencio, como corresponde.
    Entonces, la cuestión del impuesto a las ganancias del trabajador, consiste en una disputa de ingresos entre el sector trabajador y el estado. Y al respecto es necesario tener en cuenta que, a riesgo de perder competitividad internacional, no existe mucho margen para desarrollar el estado aumentando la presión tributaria sobre el sector empresarial (“porque me voy a otro lugar”), entonces la cuestión debe analizarse como un asunto de brecha salarial, efecto redistribuidor.
    Me extraña profundamente que defiendas una brecha salarial completamente bananera como la argentina. No es posible tampoco salir con el cliche de derecha de que “hay que nivelar para arriba”, no no es posible ya.
    El realismo es el insumo básico de la política. Hay mucho por decir, pero francamente no sé si esto que estoy escribiendo va a llegar a destino. De todos modos, saludos.

    Eduardo A. Asueta
    Político de tercera línea.

  2. Eduardo, creo que hay que distinguir, no es lo mismo realismo que cinismo. Vos decís que “ni Verbiski (sic.) ni ningún otro kirchnerista defiende la exención de ganancias de la renta financiera”. Yo no digo que la defiendan abiertamente, pero en el diario Página/12 del último año y medio podemos encontrar numerosas menciones a la progresividad del gravamen impositivo al salario, varias de ellas del propio Verbitski. Cuando ese mismo impuesto a las ganancias no se aplica a la renta financiera y se aplican amplias desgravaciones al capital, resulta como mínimo, siendo muy benevolentes, un planteo curioso esa supuesta progresividad. Más aún cuando el principal impuesto en la estructura general es el que grava el consumo.
    No hay en mi artículo ninguna defensa de las brechas salariales, que sí han sido defendidas por este gobierno que preservó las condiciones de flexibilización del mercado de trabajo producida en los años ’90 y celosamente preservada (no se trata de una “herencia” que no se llegó a cambiar, es algo sostenido con uñas y dientes). La burocracia sindical, tanto la que sigue siendo oficialista como la que ahora es opositora, colaboraron en esto con un lineamiento que es de la política oficial (y sino miremos el propio empleo público con su planta de contratados irregulares). Pero Verbitski, con total descaro, habla de la brecha de salarios sin hablar del capital, que es el gran beneficiario de esas brechas y es quien impone las condiciones que crean esas brechas (junto con burócratas sindicales y políticas estatales). El cinismo del periodista es señalar el problema (problema que, digámoslo, tardo como ocho años de kirchnerismo en notar) pero escamotear sus raíces. Claro, no habría otra forma de defender la política oficial. No por nada tampoco pone las figuras de ganancias empresarias, que en el promedio de estos años estuvieron bien por arriba de lo que ganaron durante los ’90.
    Verbitsky dispara contra una supuesta “aristrocracia” obrera, pero la política que defiende es la de que existan esas brechas. Su ataque al moyanismo es en realidad un ataque al malestar entre los sectores asalariados que han sido convertidos en los primeros destinatarios del ajuste (ellos, y no los empresarios que siguen gozando de buenas ganancias). Este discurso busca crear una “brecha” entre los asalariados “privilegiados” y los más pobres, que todavía reciben alguna compensación estatal a cambio de tolerar condiciones de ingresos miserables en beneficio del capital (El 90% de los asalariados gana menos de $5460, El 80% gana menos de $4230, el El 70%, menos de $3513).
    No se me escapan las condiciones que rigen a una economía capitalista. Pero vos das por sentado que lo único que se puede hacer es amoldarse a ellas y hacer un poquito de redistribución. Como muestran tus propias conclusiones, señalando los chantajes del capital (“O me dan tales condiciones, o me mando a producir a brazil” (sic)) aún con buenas intenciones con este accionar no se puede hacer más que convalidar un patrón distributivo regresivo. Pero no se trata de un “límite” a una política distributiva; desde el primer gobierno K se han defensido condiciones de ingreso regresivas, impulsando algunas medidas para volverlas tolerables pero no para revertirlas (medidas que fueron parte de un conjunto de iniciativas tendientes a restablecer el poder del Estado y la legitimidad, para sacar de las calles a los sectores movilizados desde el 2001). El kirchnerismo ha ido mucho más allá que limitarse a “aceptar límites” que impone el capitalismo, y ha abierto con generosidad los grifos de los recursos del Estado al capital (Sobre esta política de ingresos oficial he hablado recientemente con detenimiento acá: http://www.ips.org.ar/?p=5880). Se ha peleado con algún sector patronal, pero para defender una política que sostiene a otros sectores con generosos subsidios. No sorprende que esa disputa haya sido tomada con indiferencia por el pueblo trabajador (que el kirchnerismo tampoco intentó movilizar ni por asomo, como gobierno de la restauración que es, al respecto ver aquí http://www.ips.org.ar/?p=3591).

    Aunque el destino directo del ataque de Verbitsky sean los “privilegiados”, es una muestra de hostilidad (del periodismo y del gobierno que apoya) ante la posibilidad de que la clase trabajadora pueda desarrollar una política que vaya mucho más allá de contentarse con la moderada mejora en la participación del ingreso que pudo lograr en años de crecimiento récord y de fuerte aumento de la cantida de asalariados ocupados y que apunte a luchar seriamente por un ingreso para todos los trabajadores acorde a la canasta familiar. Aspiraciones que, como ud. señala, van más allá de la miseria que puede ofrecer el capitalismo. Pero eso no puede llevarnos a la conclusión que usted propone, que es creer que este gobierno con una política de rasgos cada vez más antiobreros (¿se acuerda cuando cristina mandó a las maestras a dejar de quejarse y trabajar, de tan privilegiadas que son?) puede ser lo mejor para, sencillamente, adaptarnos a los estrechos (estrechísimos) márgenes como los “progres” que apoyan la política oficial proponen. Sino que contra eso planteamos la necesidad de pelear por la transformación del régimen social, la superación del capitalismo. Por eso peleamos por la más amplia unidad de la clase trabajadora (algo que no quieren ni la burocracia sindical oficialista ni la opositora, ni el gobierno ni los empresarios), el desarrollo de los sectores antiburocráticos y clasistas, y planteamos la necesidad de un partido político de trabajadores “sin patrones” en el que dar la batalla por un programa anticapitalista, revolucionario y socialista.

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