Grüner, la revolución permanente y Haití

| 7 junio, 2011 | Comentarios (1)

Amablemente Eduardo Grüner nos ha hecho llegar un comentario confrontando con algunas de las opiniones que realizamos en un modesto ejercicio crítico sobre su última e importante obra: La oscuridad y las luces. Capitalismo, cultura y revolución.

El autor nos señaló que nuestra crítica contenía algunas afirmaciones injustas y unilaterales, nos aconsejó volver sobre su escrito para repasar a su vez nuestro propio punto de vista. Hemos seguido su consejo para evitar todo malentendido, crítica fácil o como nos plantea, toda  “chicana”. Después de todo, se trata de una cuestión candente: la productividad de cierto marxismo para iluminar la dinámica de la revolución social pasada, que es en definitiva pensar la revolución del presente.

Una cuestión de método: desarrollo desigual y combinado o escuela del sistema-mundo?

Tiene razón Eduardo Grüner al responder a nuestra crítica indicando que lejos de obviar el tratamiento específico de esta “ley” tendencial más general del desarrollo histórico en el espacio americano (que nos permite a los marxistas dar cuenta de las creaciones particulares sin caer en el economicismo y/o el idealismo), él le dedica casi dos capítulos de su obra. En ellos desarrolla las combinaciones y desigualdades que produjeron y entrelazaron distintas formaciones sociales bajo la hegemonía del sistema capitalista colonial. El autor desarrolla su tesis específica al analizar las relaciones esclavistas no como relaciones de una formación social atrasada, sino como la expresión desigual y combinada, atrasada y avanzada, que adoptó el capitalismo colonial para responder al “hambre de trabajo” que no podía ser satisfecho allí donde los pueblos nativos resistieron hasta su liquidación casi total, allí donde su resistencia no podía garantizar una fuerza disciplinada, y allí donde la mano de obra europea también resistió o era completamente insuficiente para resolver las necesidades de los emprendedores coloniales, productores agro-industrial de la época. La “ley”, formulada por Trotsky, le permite analizar las distintas tendencias históricas que confluyeron en la creación “ex nihilo de una clase explotada” orgánica al desarrollo industrial “clásico” de las metrópolis europeas.

Marx mismo, de manera marginal y con algunas conceptualizaciones de su época, había dado cuenta de este entrelazamiento cuando afirmaba en El Capital: “que la esclavitud de los negros –una esclavitud puramente industrial- que desaparece sin más y es incompatible con el desarrollo de la sociedad burguesa, presupone la existencia de tal sociedad: si junto con esta esclavitud no existieran otros estados libres con trabajo asalariado, todas las condiciones sociales en los estados esclavistas asumirían formas precivilizadas”[1]. Esta idea que sugiere Marx es confirmada y profundizada por Grüner, para él los estados esclavistas -industriales fueron un producto de la civilización capitalista y no una excrecencia anacrónica[2]. Nuestra crítica, mal formulada quizás, trataba de apuntar al hecho de que luego de explorada la potencialidad el análisis marxista en torno a las causas y las formas que adoptó esta creación “ex nihilo”, y las consecuencias que esto tuvo en la constitución de la modernidad, el autor va a emprender la infructuosa tarea de subordinar sus propias conclusiones a la teoría del sistema-mundo.

El capítulo tres del libro está enteramente dedicado a esta tarea. Para Grüner la teoría del sistema –mundo representa un punto de apoyo fundamental para el análisis del capitalismo colonial. En principio porque parte de que el capitalismo es el único sistema-mundo que es una totalidad real [p. 160], porque permite analizar el papel del mercado triangular en el devenir occidente de “occidente” y periferia de la “periferia” [p 156],  porque es una teoría que ataca y confronta contra el “eurocentrismo epistemológico”  [p. 130], entre otros tantos méritos que resalta. En cuanto a la aproximación crítica indica que al enfoque propuesto por Wallerstein habría –pequeño detalle- que “introducirle la variable de la lucha de clases” [p. 170]. Una vez introducida esta “variable” al autor le parece que el análisis marxista y la teoría del sistema mundo –independientemente de su confrontación explicita con el marxismo- “son estrictamente complementarias y perfectamente articulables” [p. 170]. De hecho Grüner concluye que su propia visión epistemológica y teórica podría resumirse como “la teoría ‘ampliada’ del sistema-mundo” [p. 188] y no como la teoría del desarrollo desigual y combinado “ampliada”, si se quiere. Parece una diferencia de matiz, pero implica toda una posición.

Una teoría para la cual la economía-mundo capitalista es caracterizada como “la producción de mercancías encaminada a obtener el máximo de beneficio” dejando de lado el análisis de la forma específica en que se obtiene “el beneficio”, es decir de las formas que adopta la explotación de la fuerza de trabajo, se presenta como compatible con el marxismo. Una teoría que analiza el sistema-mundo capitalista dividiendo geopolíticamente a las naciones en Centro-Periferia- Semi-Periferia y área externa en cualquier momento del desarrollo del “capitalismo histórico”, se presenta como compatible con el marxismo. Una teoría que, desde el punto de vista metodológico, es inductivista y  empirista; un enfoque teórico que combina conceptos abstractos a los que se adhieren hechos fácticos, aparece como compatible con el análisis y el método marxista. Una teoría que no combina el análisis estructural, es decir la forma en que producen los hombres en el capitalismo, con la lucha de clases como agencia de la historia, porque simplemente estas dos esferas no existen como tales en su análisis, le parece así al autor “complementaria” con el análisis marxista.

El problema es entonces el sometimiento de lo que tiene de original el análisis que realiza Grüner de la esclavitud y de la ley del desarrollo desigual y combinado en la estructura colonial frente a la teoría del sistema-mundo. Se nos plantea entonces la siguiente pregunta: ¿a qué se debe? Tal vez la respuesta este en la propia lectura que hace el autor sobre esta complementariedad teórica. Grüner se contradice en su análisis, primero porque indica que a la teoría del sistema mundo le “falta” la variable lucha de clases y después porque indica que no solo no le “falta” sino que le “sobra”. Para él “la lucha de clases en la perspectiva del sistema mundo no solamente no queda secundarizada sino que se complejiza” [p. 172]. En su respuesta a nuestro comentario nuevamente Grüner va a resaltar este aspecto, para la teoría del sistema-mundo el conflicto inter-clase no solo se expresa en el terreno del “antagonismo” entre los países “desarrollados/subdesarrollados” : “No, el antagonismo es, por un lado, entre las clases dominantes de los estados colonialistas (Francia, Inglaterra y España para nuestro caso), y por otro, “combinadamente”, entre las clases dominantes de la potencia colonial correspondiente (Francia por ejemplo) y las clases dominadas de su colonia (Saint-Domingue-Haití por ejemplo).”

Es claro que una interpretación vulgar del marxismo reduce los antagonismos de clase a uno sólo, sin embargo no parece confirmarse la afirmación del autor de que sea la escuela del sistema mundo aquella que los “complejice” precisamente. En la época en que está situado el drama histórico los conflictos que se desarrollan, por ejemplo entre las distintas potencias coloniales entre sí por el dominio de ultramar, está cruzado además por el que enfrenta a la burguesía con la nobleza feudal. Así también se desarrolla el conflicto entre los esclavistas coloniales antillanos y la burguesía portuaria de la metrópoli entre otros tantos. Pero entre estos conflictos de los de “arriba” –ya que la burguesía aunque oprimida por el absolutismo tenía en su poder la banca y la propiedad industrial, así como los esclavistas “oprimidos” por la metrópoli eran grandes propietarios- se coló la intervención de los de “abajo”, de los verdaderos antagonistas de clase, los productores directos – los esclavos, los trabajadores asalariados, etc.- con los propietarios de la fuerza de trabajo y de los medios de producción -sus amos y patrones, sean criollo, mulatos, nativos o metropolitanos-. Anclado en la interpretación “compleja” de los conflictos de clase formulada por la escuela del sistema-mundo Grüner, que es un marxista letrado, va a desarrollar su particular visión sobre la revolución social en los países de la periferia del mundo capitalista.

La revolución permanente en Haití

Grüner comienza su cuarto capítulo realizando una determinada valoración sobre dos personalidades claves de la inteligencia antillana que dan cuenta de lo particular de su mirada. El autor va a valorar de manera positiva las formulaciones planteadas por el historiador y político poscolonial de Trinidad y Tobago Eric William, mientras que elabora un juicio negativo, por una supuesta lectura “eurocéntrica” de la revolución de Saint- Domingue-Haití, de C. L. R. James, un político marxista que a pesar de su alejamiento posterior del trotskismo sostuvo siempre una política autónoma e independiente de la burguesía imperialista y  semicolonial – a pesar de que esta última tuviera “contradicciones” con la burguesía de los países centrales-. Es desde esa época que la escuela de la plantación –factoría cruzó lanzas con la escuela del “mercado triangular”[3]. Grüner que comienza reivindicando la segunda y pasa a subordinar sus resultados a la primera, traslada este desplazamiento teórico al terreno del análisis político.

Eric Williams formuló en 1940 la idea según la cual no es la plantación esclavista el centro neurálgico de la acumulación originaria de capital sino la trata de esclavos y el comercio triangular[4]. Así, indica Robin Blackburn: “La opinión de que la ganancia venida del Atlántico, o del comercio triangular, hizo una contribución esencial a la Industrialización está por encima de todo asociada a Eric Williams, quien indica en Capitalismo y Esclavitud que el beneficio de la Esclavitud fue tal que fertilizó cada rama de la producción nacional y el capitalismo británico de conjunto empezó a despegar”[5].  Algunos elementos de este análisis pueden ser incorporados a una interpretación marxista, más aun teniendo en cuenta que lo que se transportaba era mercancías-fuerza de trabajo, sin embargo James va a criticar en la tesis de Williams el desplazamiento del análisis del centro neurálgico de la producción.

Él va discutir con las tesis de quien fuera su discípulo indicando que durante tres siglos la economía azucarera y el comercio de esclavos dominó sobre las Indias Occidentales y el mercado mundial, y por un período considerable de tiempo éstas tuvieron una importancia mucho mayor para Gran Bretaña que las trece colonias que más tarde se convirtieron en los Estados Unidos de América. Indica que “Tal era la desigualdad del desarrollo capitalista. La razón no era reconocida por lo general. No fue porque muchas personas consumían azúcar y ron. Fue al revés, la producción de caña de azúcar exigió desde el principio la utilización de maquinaria sobre la materia prima en el lugar y ésta pronto se expandió a una escala muy superior a la aplicación de esta maquinaria […] El gran comercio levantado sobre la trata de esclavos y la esclavitud tenía su fundamento en un modo muy avanzado y esencialmente capitalista de producción, aunque fuera hecho en las colonias. Los nativos fueron expropiados y continuaron con la importación de negros, que eran esclavos, pero esclavos en la producción a gran escala de los campos de caña de azúcar y esclavos en la producción de máquinas en las fábricas. El marxismo se beneficiarían altamente de un estudio de esta importante fase del desarrollo capitalista que Marx no consideró en la Capital”[6]. En suma que era rentable transportar esclavos de áfrica a américa porque allí éstos trabajaban en las grandes haciendas-factoría con su avanzado sistema de producción, y que el proceso de acumulación originaria de capital no tuvo origen en la trata, sino en la explotación del trabajo[7].

Un punto muy importante a tener en cuenta es que en su respuesta a nuestra crítica el autor realiza una interesante reflexión sobre la teoría de la revolución permanente. De haber sido parte de su ensayo esta reflexión hubiera permitido clarificar la relación existente entre el marxismo “heterodoxo” y la revolución en la periferia del mundo capitalista, pero el autor no lo incluyó  porque el marxismo se le aparecía como un instrumento defectuoso para analizar una revolución periférica como la de Saint- Domingue/Haití (conclusión sin duda “en sintonía” con las opiniones anti-marxistas de los pos y/o des –coloniales). Ahora, según el autor, nuestra crítica a su conceptualización alternativa de la revolución de los esclavos atenta contra la “famosa “cuestión nacional”” que es patrimonio de la teoría de la revolución permanente poner en el centro de la mecánica de clases. Así indica sobre la conceptualización de la revolución por él propuesta: “la expresión “nacional-popular” está allí utilizada en su acepción genéricamente gramsciana y no “nacionalista” en abstracto- , por supuesto, una revolución anti-colonial que funda un nuevo Estado pone en juego una reivindicación nacional (en su articulación desigual-combinada con las cuestiones de clase, no vamos a seguir repitiendo eso): ¿qué otra cosa podían plantear, en el plano estrictamente político, los esclavos de una colonia en 1804? ¿el internacionalismo proletario? […] se podrían leer entre otras cosas los escritos de Trotski sobre América Latina, que tan estupendamente ha editado hace no mucho el IPS; otra cosa, desde luego, es decir –atendiendo a la hipótesis de la revolución permanente, que es la que sobre este tema hace la gran diferencia con el nacionalismo burgués- que esa tarea “nacional” sólo podrá ser consecuentemente llevada a cabo por las clases explotadas, etcétera, como lo dice Trotski… y el “autor”, que en ese punto y muchos otros está completamente de acuerdo con el viejo Bronstein, qué le vamos a hacer”.

No hay ninguna fobia de constatar que al mirar para atrás, no solo hacia el siglo XX sino aún más allá, al propio siglo XVIII, se confirma que también allí los explotados cumplieron un papel central a la hora de resolver las tareas “nacional-burguesas”. Lo que es extraño sin duda es que el autor escriba un largo ensayo planteando como hipótesis central que la revolución de Haití en pleno siglo XVIII es una “anticipación” de la revolución proletaria pero le parezca desopilante que pueda haber algún tipo de “anticipación” del internacionalismo proletario. Sucede que existe una lectura de la permanente que olvida que ésta es una teoría integral que concibe la dinámica de la revolución nacional intrínsecamente y estrechamente ligada a la revolución internacional, y sobre todo a la de los países centrales, única manera de avanzar en una verdadera transformación cultural socialista. Y es desde esta integralidad de la teoría de la revolución permanente que James piensa la revolución haitiana, porque no puede más que leerla desde su propio presente, el de la lucha por la emancipación nacional de las naciones coloniales y semicoloniales, y claro está, desde la lucha contra la burocracia reaccionaria que encerró las conquistas de la revolución rusa dentro de sus fronteras nacionales[8].

Los innumerables intentos revolucionarios que se produjeron en la periferia capitalista que Grüner menciona, tanto en su texto como en su respuesta a nuestra crítica, no hace más que confirmar que la incompletud y posterior retroceso de estos procesos revolucionarios estuvieron ligados a este confinamiento de las conquistas de la revolución en el terreno nacional –así como al carácter de clase, la teoría y estrategia de sus direcciones políticas-. En pleno siglo XXI Grüner parece aferrarse a una lectura sartreana y “tercermundista” de la revolución social, y es desde aquí que lee la teoría de la revolución permanente. No es por ello extraño que rechace la interpretación de James, porque aunque para el autor del ensayo la revolución haitiana le parece “impensable” desde el marxismo, el trotskismo en particular al menos ha dejado algunos trazos sobre los cuales tal vez sea necesario volver.

Es desde una lectura permanentista que James analiza la revolución de Saint- Domingue, no solo para confirmar el rol de los explotados en la revolución burguesa, sino ante todo para elaborar una valoración justa del intento de Toussaint de L’Ouverture de apoyarse en la revolución francesa para, mediante un plan establecido (conservación de las grandes propiedades en mano del Estado bajo trabajo asalariado), sacar a la isla del atraso económico y cultural. Los acontecimientos de Haití le sugieren que las alianzas revolucionarias atraviesan los límites nacionales (y “raciales”), y eran una posibilidad histórica real como afirmamos en nuestra crítica. Pero además como afirma correctamente uno de sus biógrafos: “Fue, cree James, la degeneración de la revolución francesa-y no de la revolución de Santo Domingo- la que priva a Haití de los recursos que necesitan para protegerse contra un sistema internacional basado en la acumulación primitiva capitalista. Los jacobinos negros no debe ser leído como si un orden socialista mundial pudiera haberse creado a finales del siglo XVIII. Pero sin duda su autor pretende sugerir que la dinámica general identificada por la teoría de la revolución permanente entra en juego en una época en que la esclavitud estaba estrechamente entrelazada”[9]. Solo partiendo de este punto de vista – la reacción dentro de la revolución francesa que le enajena los recursos económicos y culturales vitales junto al fracaso político- militar de unificar la isla incorporando la parte española- se puede comprender por qué una clase explotada que dio la más radical de las revoluciones burguesas no pudo romper el atraso económico, y con ello la dependencia política, a pesar de haber conquistado la autonomía nacional antes que todas las naciones del continente, exceptuando Norteamérica.

Discutir sobre la revolución de los esclavos de Saint- Domingue solo es pertinente si nos permite avanzar en definir cuáles son las tareas y la dinámica de la revolución social en aquellas naciones, como la nuestra, en la que en coincidencia con la opinión del autor no han sido resueltas las tareas nacional-burguesas. Pero también qué relación existe entre las tareas nacionales y las tareas internacionales de la revolución socialista, y por ello cuáles son las alianzas de clases nacionales e internacionales que los explotados y oprimidos prefiguran.


[1] Rosdolsky, Roman; Génesis y estructura de El Capital de Marx, Siglo XXI, p. 307.

[2] Algunos marxistas que han realizado aportes sustanciales sobre esta cuestión han partido de esta idea, por ejemplo  es el caso de Eugene Genovese.

[3] La interpretación de la historia no solo no es neutral y debe ubicarse claramente en el campo de los vencidos, según la formulación de Benjamin, sino que además debe implicar un claro compromiso militante con éstos. Esta interpretación realizada por Enzo Traverso para analizar los a los historiadores es extensible a todas las ciencias humanas.

[4] Blackburn, Robin; The making of New World slavery: from the Baroque to the modern, 1492-1800, Ed. Verso, 1998, p. 518.

[5] Ídem, p. 530.

[6] James, C.L.R.; “The West Indies in Review. Recent Developments in the Caribbean Colonies”, en New International, Vol.IX No.6, June 1943, pp.191-184, disponible en marxist.org.

[7] Distintos estudios han intentado evaluar de dónde provenía la “ganancia”. Tanto Williams como Blackburn analizan distintas fuentes y cálculos de rentabilidad de la trata de esclavos, mientras que el autonomista Moulier-Boutang analiza los costos de compra y reproducción de la mano de obra esclava, indicando que era más barato un esclavo que un sirviente o un trabajador libre, pero no se inmiscuye en calcular la diferencia entre el costo de compra y reproducción –a lo que simpáticamente denomina “salario”-, y el plustrabajo (ver De la esclavitud al trabajo asalariado: economía histórica del trabajo asalariado embridado, ed. Akal, 2006).

[8] Un punto aparte, en su libro Grüner no considera a la URSS un estado obrero sino un capitalismo de estado parte integrante del “sociometabolismo del capital”.

[9] Wordcester, Kent; C.L.R. James: a political biography, Suny Press, 1996, p. 39.

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Category: Artículos, Ideas y debates, Lecturas críticas, Teoría marxista

Comments (1)

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  1. Agusti dice:

    Ciertamente esto es una discusión meramente acádemica, no obstante no hace otra cosa que abundar aún más en la escolastica -propia de los ideologos historicos- de aquello que se critica ofreciendo una visión confusa de aquello que se quiere aclarar; las tareas nacionales y las tareas internacionales de la revolución socialista, y por ello cuáles son las alianzas de clases nacionales e internacionales que los explotados y oprimidos prefiguran.

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