Una vez más sobre los debates de estrategia y su actualidad

| 24 noviembre, 2011 | Comentarios (9)

En su crítica al libro de Christian Castillo, Rieznik planteaba como objetivo “desarrollar contribuciones a un debate clarificador de la izquierda”, y agregaba, “de cara a los desafíos que presenta el curso abierto por el Frente”. Su última respuesta parece apuntar en el sentido contrario, ahora sostiene que en realidad su interés era confrontar “relatos” pero al mismo tiempo se aventura en gruesas afirmaciones sin tomarse el trabajo de argumentar demasiado. Nos llama la atención que no realice siquiera el intento de responder –aunque sea formalmente– dos de nuestros planeos principales en el artículo anterior, a saber: a) el debate –necesario y urgente– sobre el método para la reconstrucción de la IV internacional, y ligado a esto, lo que modestamente criticamos como estancamiento del agrupamiento internacional del que forma parte el PO –la CRCI– en momentos en que se profundiza una crisis histórica del capitalismo; b) la necesidad –también acuciante– de avanzar en el desarrollo de una corriente clasista, y en perspectiva revolucionaria, en el movimiento obrero, y la falta de una orientación en este sentido por parte del PO durante todos estos años donde justamente se está desarrollando el “sindicalismo de base” como principal fenómeno en la clase obrera que plantea una oportunidad clave para quienes queremos poner en pie un partido revolucionario.

El balance del 2001, el debate sobre política y los métodos que criticamos del PO en la ANP o la ANT, etc., son importantes polémicas sobre el pasado pero que solo tienen sentido –lo repetimos– si sirven para avanzar en debate franco sobre las tareas de los revolucionarios hoy. En el mismo sentido, consideramos que el capital político conquistado por el FIT es necesario ponerlo en función de la gran tarea de construir un partido revolucionario en la Argentina, como parte de avanzar en la reconstrucción de la IV Internacional, por eso mismo consideramos necesario avanzar en el debate.

¿Cuál es la relevancia estratégica hoy del balance del 2001?

En nuestro artículo decíamos: “el 19 y 20 de diciembre de 2001 faltó un partido revolucionario que pudiera contar con una fracción significativa en los sindicatos, capaz de llamar al frente único obrero y a la huelga general política, que lograse superar la contención de la burocracia haciendo que las organizaciones obreras pudiesen oficiar de dirección de las masas movilizadas en las calles derrotando a las fuerzas policiales”. Rieznik recorta el último renglón y exclama ¡socorro foquismo! ¡esto es foquismo! Como él bien sabe ni Giap, ni el “Che”, ni Marighela, tenían entre sus preocupaciones centrales el conformar fracciones en los sindicatos. Pero “casualmente” esta es la discusión que se pretende evadir en el debate con el sofisticado “argumento” del “copy-paste”.

Rieznik se pregunta para qué derrotar a la policía, para qué una fracción en los sindicatos, si total De la Rúa cayó sin que esto fuera necesario. Lamentablemente le tenemos que explicar que cuando hablamos de “lo que faltó” el 19 y 20 no nos referimos a lo que faltó para tirar a De la Rúa –pregunta que sería ridícula– o para tomar el poder el 20 de diciembre, sino a lo que faltó para quedar en mejor relación de fuerzas para evitar que fuera el proceso contenido fácilmente por el PJ y la burocracia, y lograr hacer más costosa la salida para la burguesía, arrancándole conquistas históricas e impidiendo que se mantengan los aspectos centrales impuestos con la dictadura y luego con el menemismo, como la división de la clase obrera a través de las diferentes formas de precarización laboral, que la jornada de 8hs. no fuese hoy una reliquia del pasado y la Argentina uno de los países donde más horas se trabaja en el mundo, que el salario no fuese brutalmente esquilmado por la devaluación, etc., etc.

Todo esto a pesar de que fue un proceso menos profundo que el abierto por el Cordobazo, el cual no solo fue determinante para la destitución de Onganía, sino que hirió de muerte al régimen “libertador” y obligó a la burguesía a repatriar a Perón, lo cual tampoco alcanzó y fueron necesarias las 3 A, y para derrotarlo tuvieron que dar el golpe del ’76. En aquel entonces, y especialmente a partir del ’74, la existencia de un partido revolucionario hubiera permitido unificar a la clase obrera para luchar seriamente por el poder.

Por eso, a pesar de que el 2001 tuvo elementos de “ensayo”, en tanto mostró algunos actores y papeles que muy probablemente volverán a salir a escena en una futura revolución (tendencias a la autoorganización; desarrollo del movimiento de desocupados, aunque sus expresiones más avanzadas fueron previas al 2001; toma de fábricas y puesta a producir frente a la crisis, etc.), sin embargo, no contó con el protagonismo de los actores principales ensayando su papel revolucionario unos, contrarrevolucionario otros. En este sentido el 2001 no fue nuestro “ensayo general” revolucionario, para buscarlo necesitamos ir a las lecciones del ascenso de los ’70.

La relevancia actual de este debate, repetimos, no es historiográfica, la cuestión es para qué nos preparamos. ¿Nos preparamos para enfrentar a las futuras 3 A de la burocracia, el aparato del PJ, y la policía, o para un proceso relativamente más pacífico? Esta es la cuestión. Para la primera opción “a” necesitamos un partido revolucionario de combate, una fracción significativa en los sindicatos capaz de maniobras como el frente único obrero, organismos de autoorganización de tipo soviético, milicias de autodefensa, una estrategia insurreccional, etc. (ver: “Apuntes sobre el poder real bajo el kirchnerismo” en este blog). Para la opción “b”, tiene razón Rieznik que bastaría –si esto fuese posible– con preparar mejor un nuevo 2001, o como solía decir el PO “un nuevo argentinazo”.

Consecuencias actuales del debate sobre el movimiento de desocupados

Dice Rieznik en relación al 2001: “El desarrollo enorme que registró el PO en esa etapa demuestra que fue también ‘un ensayo general’” Una década después a la hora de responder a la –ineludible– pregunta sobre en qué se expresa aquel “desarrollo enorme”, responde: en “los resultados exitosos del Frente de Izquierda”. Más allá de que sería bueno que se pregunte por qué no se expresó en 2005, ni en 2007, ni en 2009, lo que no se da cuenta es que con este argumento no demuestra la fortaleza de la política del PO durante todos estos años sino su debilidad.

La pregunta que tendría que formularse Rieznik es por qué, luego de la creación de más de 3 millones de puestos de trabajo y de años de desarrollo del “sindicalismo de base” el Polo Obrero no fue plataforma para el desarrollo de ninguna corriente en los sindicatos. Rieznik pregunta: “¿Cuál es la prueba de Maiello de que la ANT no planteaba una política consecuente de unidad entre ocupados y desocupados?”. En el caso de PO, la respuesta principal, más allá de la hostilidad hacia los trabajadores de Zanon –vanguardia obrera indiscutible del 2001 para acá– en la ANP y en la ANT, de que no hayan planteado en el 2001 una organización común ni siquiera con los Suteba que dirigían, de la negativa a participar en los Encuentros de Fábricas Ocupadas y en la Coordinadora del Alto Valle, de que el Polo Obrero fue el único movimiento de desocupados que se negó a participar del Comité de Apoyo Ferroviario en el Roca (que no solo terminó con la tercearización en aquel momento sino que incorporó compañeros de los diferentes movimientos); más allá de todo esto, la “prueba” principal es justamente que el Polo Obrero no dio ninguna corriente en los sindicatos. Ni siquiera en el Sindicato Ceramista, a pesar de que –al igual que decenas y decenas de compañeros de los diferentes movimientos de desocupados y tendencias políticas– compañeros del PO fueron incorporados a Zanon.

Por otro lado, la no intervención del PTS en el movimiento de desocupados, no es más que un mito del que hace gala Rieznik. El PTS no solo intervino en el movimiento de desocupados como parte de la dirección del Sindicato Ceramista en la Coordinadora del Alto Valle, o desde el Astillero Río Santiago, o en el Ferrocarril Roca, o junto con varios movimientos en los Encuentros de Fábricas Ocupadas, sino que hacia la propia ANT dio la lucha política por la perspectiva de conformar un movimiento unificado con libertad de tendencias como alternativa a la organización en “colaterales”. Esto era fundamental para separar la pertenencia política de la administración de los planes sociales y así combatir las presiones a la cooptación, lo cual luego de la efectiva cooptación de la mayoría del movimiento, es necesario tomar como una de las principales lecciones estratégicas respecto a la organización del movimiento de desocupados.

Lo que Rieznik quiere decir cuando plantea que el PTS no intervino en el movimiento de desocupados es que tomamos la opción de no administrar planes sociales del Estado, justamente porque teníamos un programa de separar esta administración de la pertenencia política para combatir la cooptación. Considerábamos que esto era desviar fuerzas que eran indispensables para organizar una corriente clasista, y en perspectiva revolucionaria, en los sindicatos. Diez años después esta opción estratégica ha demostrado ser absolutamente acertada.

Gracias a esto el PTS pudo ocupar un puesto de lucha en los principales combates que se dieron ante los primeros coletazos de la crisis mundial en el 2009. En primer lugar en Kraft, donde se pudo mostrar “en pequeño” la potencialidad de un alianza donde la centralidad de la clase obrera ubicada en las “posiciones estratégicas” de la estructura económica nacional, junto con los desocupados y el movimiento estudiantil combativo, pudo enfrentar a la burocracia, la patronal, el gobierno, la embajada yanky y la policía. Pero también en la industria automotriz de Córdoba que fue uno de los centros del ataque en aquel entonces. Tenemos el orgullo de haber podido “presentar batalla” contra la patronal y la burocracia del SMATA, lamentablemente fuimos el único partido de izquierda en condiciones de hacerlo.

El hecho de que el PO durante años haya apostado a desarrollar su colateral piquetera como política principal en el movimiento obrero devaluando el trabajo en los sindicatos, hace que hoy, lamentablemente, no podamos decir que aquel “desarrollo enorme” del PO en el 2001 se haya traducido en los años posteriores en un desarrollo, sino “enorme” por lo menos considerable, que permitiese que hoy contásemos con decenas y decenas más de comisiones internas y cuerpos de delegados, en la industria y los servicios, que más allá de los que hoy conforman Nuestra Lucha estuviesen en posición de combate para enfrentar nuevos ataques como el de 2009, superiores, o muy superiores a este. Por eso esta es una discusión, no historiográfica, sino actual y cada vez más urgente.

“Sindicalismo de base”, dirección y representación

En su afán de impugnar el “sovietismo” del PTS, Rieznik se lanza con una afirmación terminante: “La crisis del proletariado no es de ‘representación’ sino de dirección, o sea de independencia política”. Y luego nos compele a no hablar de “representación” ¡esto es autonomismo! ¡están con Tony Negri! Luego se enoja con la realidad y nos advierte sobre hablar de “estado asambleario” en las fábricas: “no es una receta”, “no siempre es conveniente”, ¡el ex-MAS en los ’80 hablaba de asambleas!. ¡Las asambleas son morenistas! le faltó decir. Este tipo de “argumentos” solo se pueden tomar como chascarrillos para eludir el debate. Sobre la crítica a Negri, y a la corriente morenista, lo invitamos –una vez más– a leer los múltiples materiales que hemos escrito, y especialmente sobre el MAS, le recomendamos “Historia y Balance del MAS argentino” de Gabriela Liszt en Lucha de Clases n°6.

La verdadera cuestión es que mal que le pese a Rieznik, la crisis de dirección se combina efectivamente con una crisis de representación. Por un lado, porque existe un amplio desprestigio de la burocracia entre los trabajadores que va desde la profunda desconfianza al odio directo; y por otro lado, porque más del 60% de los trabajadores privados no está sindicalizado, y dentro de los sindicalizados hay todo un sector de tercearizados que no están encuadrados en el sindicato de su rama. Ambos elementos confluyen para el desarrollo del “sindicalismo de base” como fenómeno objetivo, es decir, más allá de lo que piense el PO, el PTS, o Tony Negri, y lo mismo vale para el “estado asambleario” que tanto irrita a Rieznik.

Ahora bien, el problema es con qué política se interviene. Una política es la que hizo el MAS en los ’80 que bajo el objetivo de desplazar a los burócratas más repudiados y elegir a delegados combativos proponía un programa centralmente democrático –de elección de cuerpos de delegados e internas, etc.– y antipatronal alrededor del cual llamaba a agruparse a peronistas, radicales, comunistas y socialistas, que compartiesen este objetivo. Esta fue la vía mediante la cual terminó adaptándose a la burocracia “renovadora”, en la búsqueda de desarrollar la influencia sindical en sí misma. De esta forma, desarrolló una corriente que logró conquistar posiciones en sindicatos importantes como en Sanidad Capital o seccionales del sindicato de la construcción, además de decenas de internas, etc., pero que mostró ser impotente a la hora de enfrentar la hiperinflación y las privatizaciones.

En el mismo sentido, fue la política del PO en el caso de FOETRA Bs. As. donde para desplazar a la burocracia de Guillan integró una agrupación común junto Iadarola (sector de la burocracia moyanista) y Marín (CTA) aceptando desde el vamos que la lista no levantara la unidad entre efectivos y tercerizados. Desde la agrupación clasista Violeta conformamos la oposición cuyo rasgo distintivo es justamente la defensa de los contratistas y de los trabajadores de los callcenters, y la lucha por su incorporación con representantes plenos al cuerpo de delegados. Luego de 10 años de adaptación a este acuerdo que se mostró como “estratégico” para PO, sus principales referentes abandonaron la militancia y se pasaron a las filas de la burocracia, sin haber dejado tampoco una corriente significativa en el sindicato.

Para nosotros, de lo que se trata es de desarrollar una corriente consecuente por la independencia de clase en el movimiento obrero (lo cual, desde ya, no implica rechazar por principio acuerdos tácticos con sectores no clasistas o semi-burocráticos). Una corriente que al mismo tiempo que oficia como polo alternativo en los procesos de masas (por ejemplo, paritarias) y que se propone extender el proceso del sindicalismo de base, impulse un programa clasista y desarrolle una nueva ideología en el movimiento obrero. En este sentido, desde el PTS junto con compañeros independientes impulsamos la corriente Nuestra Lucha que ha puesto en pie su propio periódico que ya va por el séptimo número y que llega a miles de trabajadores con cada vez más compañeros que lo reparten en las fábricas y entre sus conocidos.

Pero como decía Trotsky la tarea “no consiste solamente en ganar influencia en los sindicatos tal como son, sino en ganar a través de los sindicatos influencia en la mayoría de la clase obrera. Esto es posible solamente si los métodos que emplea el partido en los sindicatos corresponden a la naturaleza y a las tareas de éstos” (“Comunismo y sindicalismo”). Es decir, es tarea de primer orden de una corriente clasista en el movimiento obrero la confluencia en la lucha y la constitución de organizaciones comunes con los grandes contingentes de trabajadores que están por fuera de los sindicatos, la unidad entre contratados y efectivos, tercearizados y de planta, etc. ya que esta división –de la cual la burocracia es garante– constituye una de las bases fundamentales para el dominio de la burguesía.

Esto significa la elección de delegados y el desarrollo de asambleas que muchas veces se constituyen por fuera de los “cuerpos orgánicos” de la estructura sindical que tanto preocupan a Rieznik. Cuando él plantea que “no solamente importa que el proletariado vote: mucho más importante es qué es lo que vota la clase obrera”, se equivoca por el vértice al hacer esta contraposición. En el ’17, Lenin, lejos de desconfiar de la autorganización de las masas, apostó a impulsarla, pero mientras tanto para poder influir en “lo que se vota” se proponía, mediante la corriente que habían construido en el movimiento obrero, ganar la mayoría. Para Lenin, no era posible separar la votación misma de lo que se vota porque justamente la votación, así como la lucha misma, es lo que permite hacer una experiencia consciente con las diferentes direcciones. En este sentido la lucha por la “representación” es parte de las experiencias vitales del movimiento obrero. Para Lenin sucedía lo contrario de lo que plantea Rieznik; cuanto más votaba el proletariado en sus organismos de autoorganización mejor lo hacía. Sin esta experiencia, una de dos, o bien la clase obrera avanza en su conciencia por medios puramente intelectuales (concepción propagandística y académica) o directamente mejor que no vote sino que “ratifique” (concepción burocrática).

El tipo de separación metafísica entre votar y “votar bien” es lo que lleva al PO a negar la lucha por la democracia obrera en los sindicatos, o a desarrollar métodos como los de la ANT donde es necesario negociar entre las tendencias previamente todo aquello que se va a someter a votación.

No se puede intervenir en el proceso del “sindicalismo de base” sin desarrollar una corriente en el movimiento obrero, pero tampoco se puede estructurar una corriente negando el proceso, despotricando contra las asambleas, e intentando aplicar los métodos de la ANT, como parece pretender Rieznik. La autoridad (la que vale en este debate) surge, tanto para Lenin como para Trotsky, de la experiencia en común y no de un principio abstracto enarbolado desde afuera.

Soviets y dictadura del proletariado

Como quien no quiere la cosa, hacia el final de su artículo Rieznik sostiene: “las diferencias son programáticas, como ya lo demostramos en la revista En Defensa del Marxismo al mostrar que el PTS rechaza la dictadura del proletariado en nombre de una autogestión sovietista, donde precisamente ‘las bases decidan’ –lo que de paso convierte al programa y al partido en factores secundarios de un gobierno de trabajadores”. Ahora resulta que el PTS rechaza la dictadura del proletariado porque es “sovietista”, cuestión que supuestamente el PO ya “demostró” en un artículo publicado no se sabe cuándo ni escrito por quién (agradeceríamos que Rieznik nos lo aclare tanto a nosotros como a los lectores).

Llamaría la atención a un simple lector de Trotsky que no conociese el derrotero de determinadas corrientes luego de la ruptura de la IV Internacional, que alguien que se reivindica trotskista contraponga el papel de los soviets al programa revolucionario, siendo que fue Trotsky quien sostuvo que “no puede haber un programa revolucionario sin soviets y sin control obrero” (“A 90 años del Manifiesto Comunista”). O que alguien que se dice trotskista contraponga los soviets, nada más ni nada menos, que a la dictadura del proletariado, cuando en su Historia de la Revolución Rusa Trotsky sostiene que “La organización en base a la cual el proletariado puede no sólo derrocar el antiguo régimen, sino también sustituirlo, son los soviets. Lo que después fue el resultado de la experiencia histórica, hasta la insurrección de Octubre era un simple vaticinio teórico, cierto que fundado en el ensayo preliminar de 1905. Los soviets son los órganos que preparan a las masas para la insurrección, los órganos de la insurrección y, después de la victoria, los órganos del poder”.

Trotsky, lejos de ver una contraposición entre soviets y partido, señaló que: “El problema de la conquista del poder sólo puede resolverse mediante la combinación del partido con los soviets o con otras organizaciones de masas que de un modo u otro les equivalgan”; y esto último es importante “o con otros organizaciones que le equivalgan” que pueden no ser exactamente soviets, sino comités de fábrica, coordinadoras, etc., siempre que representen organismos de autoorganización de masas de similares características. Negar estas múltiples posibilidades es lo que Trotsky llama “fetichismo soviético”.

Rieznik parece retroceder drásticamente respecto a las reflexiones del propio Trotsky hacia una teoría de la correspondencia unívoca y transparente entre la clase obrera como sujeto social y su representación política, que peligrosamente es la misma que  lleva a identificar la dictadura del proletariado con la dictadura del partido único. Justamente una de las grandes conclusiones que sacó Trotsky de la experiencia rusa fue el establecimiento del “pluripartidismo soviético” como norma programática.

Lamentablemente debemos recordar que la toma del poder no implica la desaparición de las clases, y que las clases a su vez son heterogéneas a su interior, incluso la clase obrera, por eso Trotsky sostiene que “sólo llegan a sus fines comunes por la lucha de las tendencias, de los grupos y de los partidos”. Esta lucha de tendencias que tanto le suele molestar a PO y que cataloga usualmente como “faccionalismo” es para Trotsky, nada más ni nada menos, que la única forma en que las representaciones de diferentes sectores de una misma clase puedan llegar a desentrañar los fines comunes. Trotsky habla de diferentes partidos de una misma clase, de partidos que se apoyan en fracciones de diferentes clases y concluye el razonamiento planteando: “No se encontrará en toda la historia política un solo partido representante de una clase única, a menos de que se consienta en tomar como realidad una ficción policíaca” (La Revolución Traicionada).

Los soviets, lejos de ser contradictorios con el partido, dan la posibilidad al partido revolucionario de ampliar su influencia y dirigir a las grandes masas, de poder demostrar en la experiencia de la lucha de partidos la necesidad de que las masas tomen en sus manos el programa revolucionario, de influir a fracciones de otras clases (como en octubre del ’17 con la ruptura de los Social Revolucionarios). Cuando Trotsky habla de que la conquista del poder solo puede resolverse por la combinación entre soviets y partido, es justamente esto: los soviets por sí mismos no resuelven el problema del poder, dependen de qué programa y dirección tengan, y a su vez el partido revolucionario a través de los soviets puede potenciar su influencia y dirigir a las masas para victoria de la revolución.

Contradictoriamente, mientras que Rieznik se propone contraponer los soviets al partido bajo el argumento del papel central de este último, todavía no logramos sacarle una palabra respecto a una discusión estratégica fundamental para la conquista de la dictadura del proletariado como es la preparación de la insurrección; y cuando hablamos de enfrentar a la  policía con la movilización revolucionaria de las masas lanza un “SOS foquismo”.

Para que la dictadura del proletariado no sea una frase vacía en un programa es necesario clarificar cómo se pretende llegar a ella concretamente (la estrategia). Nosotros sostenemos con Trotsky la necesidad de una insurrección en cuya preparación y dirección un partido revolucionario es indispensable, y también la importancia de los sóviets (u organismos equivalentes) como órganos de la insurrección y del nuevo poder.

Lo que no queda claro para nada hasta ahora (más allá de que Rieznik se escuda en que sigue sin comprender qué significa “estrategia”) es cuál es la estrategia para la toma del poder del Partido Obrero.

El partido es más que su programa

Otra vez al pasar –ahora directamente entre paréntesis– Rieznik introduce una frase que parece dejarlo satisfecho: el partido es el programa. Con esto nos sugiere, para qué hacer referencia a la actividad de la CRCI, para qué discutir un método para la refundación de la IV Internacional más allá de acuerdos sobre 4 ó 5 puntos, para qué discutir cómo desarrollar una corriente en el movimiento obrero, para qué conquistar “posiciones estratégicas” en la industria y los servicios, para qué los soviets, para qué discutir estrategia, si el partido es el programa. En su primer artículo Rieznik reivindicaba el idealismo, ahora parece retroceder del idealismo objetivo de un Hegel al idealismo subjetivo del obispo Berkeley.

Nos vemos obligados a aclarar que cuando Trotsky atribuye una importancia fundamental al programa, lo que está diciendo es que no hay partido revolucionario sin un programa revolucionario, no que una vez que tenemos el programa nos dedicamos a “agitar” y esperar el “retorno” por parte de las masas. A esto Trotsky lo llamaba fatalismo, en el mejor de los casos.

Lo peor de todo es que Rieznik atribuye esta infantilización del marxismo al propio Trotsky, cuando en realidad debiera atribuírsela a Guillermo Lora.

En un artículo sobre esta tesis de Lora, un crítico que nos permitimos citar extensamente, desentrañaba el carácter idealista de este planteo ahorrándonos un poco el trabajo. Decía: “el POR [partido que dirigía Lora] se autodefine como revolucionario, repitiendo unilateralmente una afirmación que hizo Trotsky: ‘el partido es el programa’. Pero Trotsky muchas veces explicó que no bastaba con una repetición de las generalidades del marxismo, sabía mejor que nadie que la formulación programática no es el único elemento del partido revolucionario, porque si fuese así, bastaría con que alguien formulase la necesidad de realizar la revolución y la dictadura del proletariado para decir que ya es revolucionario, aunque en su actuación práctica fuese en contra de ese objetivo estratégico.

Y más adelante agregaba: “El POR ha fetichizado el programa revolucionario, lo ha convertido en algo que, por sí mismo y de manera automática, puede dar como consecuencia una táctica adecuada y una organización revolucionaria, leninista. Y esto es un grave error, porque de lo que se trata en la lucha revolucionaria es de saber si el partido revolucionario es capaz de transformar las ideas revolucionarias en ‘fuerza material’, es decir, en fuerza de masas. Ese es el sentido de la afirmación de Trotsky de que ‘el partido es programa, táctica y organización’. Si se analiza con cuidado la afirmación lorista, en el sentido de que el partido es el programa, comprenderemos que es una afirmación idealista, porque sólo considera lo que se dice y no lo que se hace. Para el marxismo materialista la relación es al revés: a una persona o a una organización no se la identifica simplemente por lo que dice que es, sino por lo que efectivamente hace” (Juan Pablo Bacherer, “El POR se ha transformado en secta nacionalista”, en En Defensa del Marxismo, julio de 1997). Sería bueno que Rieznik revisase las viejas revistas del Partido Obrero como esta que acabamos de citar, podría encontrar cosas interesantes.

Apostamos a que el conjunto de estas discusiones que se vienen desarrollando a partir de la crítica del libro de Christian Castillo contribuyan a seguir profundizando y clarificando los debates sobre programa y estrategia entre las organizaciones que conformamos el Frente de Izquierda de cara a la gran tarea de poner en pie un partido revolucionario que tenemos por delante.

Category: Artículos, Frente de Izquierda, Ideas y debates, La escena contemporánea

Comments (9)

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  1. pinchudo dice:

    Vean este video y después díganme si el PTS hizo bien en dejar a los piqueteros en banda:

    http://player.vimeo.com/video/32493032?autoplay=1

  2. Maxlop dice:

    Vale la pena?
    Con todo respeto quiero decir que el debate entre Rieznik y Maiello me parece poco claro y hasta diría inconducente. Me parece que ambos deforman los dichos del otro para ridiculizarlo.
    Tengo un gran respeto por los partidos del Frente, y me parece que tienen derecho a ser distintos; siempre que se mantenga la línea del frente único, es decir, “marchar separados y golpear juntos”. La idea del Partido Unico Revolucionario me parece de cuño stalinista y que somete a los partidos a una gran violencia. Por ej a opinar todos lo mismo acerca de acontecimientos futuros sobre los que no tenemos ningún control. Cualquier lector de la LVO y PO puede ver que dentro de una visión parecida el acento está puesto en esto o aquello, con aciertos repartidos. Me parece que eso es riqueza. Además no puedo sacarme de la cabeza que para que se unieran la Interdistritos y los bolcheviques hizo falta una revolución y se perfilara otra en el horizonte.
    Propongo que en lugar de esto las corrientes cuartainternacionalistas propicien una conferencia (tipo Zimmerwald), entre partidos distintos pero próximos, que permita una declaración y facilite una intervención del conjunto, ante el agravamiento de la crisis mundial.Me parece que los partidos del frente tienen una responsabilidad en esto que deben asumir . Y que en Bs As hay un club que ya no juega en primera que podría ceder sus instalaciones.
    No sé si me explico.

    • Pampestre dice:

      Al amigo que aqui escribe: Si bien podría tener acuerdo en la acepción del Partido Único Revolucionario (entendiendo esto como algo monolítico, cerrado y sin debate interno, es dcir stalinista) de mínima es necesario clarificar las posiciones de las corrientes que intervienen en la lucha de clases por que claramente, y eso se puede leer leyendo los articulos en cuestión, no dejó lo mismo la orientación que tomó el PTS y el PO. Claramente hoy son corrientes distintas, y las apuestas estrategicas, en mi opinión, pueden ir en el sentido de construir un partido en los batallones mas concentrados del mov obrero, o que el principal bastion de una corriente sea una federación estudiantil “dirigida” en alianza con corrientes pro Binner, pro P. Sur o flanes como La mella y sus satelites, que poco y nada le apòrtan al desarrollo de corriente clasista (o de minima una juventud pro obrera). Lenin decía que la historia del partido bolchevique era la historia de la lucha de fracciones, entonces no me parece que sea “inconducente” el debate, por que por debates como estos (naturalmente, salvando las distancias) se delimitaron los que apostaban en la rev Rusa a el “perfeccionamiento de la rev democrática” de los que levantaban Todo el poder a los soviets!!! es eso una minoridad???? No lucharon Lenin y Trotsky por unificar a todo el mov revlucionario Marxista alrededor de la III Internacional, partidendo de una comprensión común de las tareas, la tactica y la estrategia??? y sin negar la posibilidad de organización de tendencias internas, grupos de opinión, fracciones, etc, es decir promoviendo el debate fraternal y profundo entre camaradas. El eclecticismo que despunta del comentario que me antecede es, justamente, lo que disuelve lo que debería estar en el centro de la escena de la política revolucionaria que es “arte de hacerse del mando” para poder vencer, sino, es claro que estamos poniendo el carro adelante del caballo. Saludos.

  3. […] izquierda revolucionaria así merece existir. Desde aquí pensamos los debates estratégicos como éste con el PO, porque el PTS se prepara para eso. GA_googleAddAttr("AdOpt", "1"); […]

  4. Martin Argo dice:

    No estoy de acuerdo con muchas de las cosas que escribió Maiello en su respuesta a Rieznik, pero me voy a concentrar solamente en un aspecto que, quizás, no es el más frecuentemente discutido.
    Desde ya aclaro que mi punto de vista es particular, no busca expresar el de ningún partido o corriente de la izquierda.

    Maiello escribió: “Una política es la que hizo el MAS en los ’80 que bajo el objetivo de desplazar a los burócratas más repudiados y elegir a delegados combativos proponía un programa centralmente democrático –de elección de cuerpos de delegados e internas, etc.– y antipatronal alrededor del cual llamaba a agruparse a peronistas, radicales, comunistas y socialistas, que compartiesen este objetivo. Esta fue la vía mediante la cual terminó adaptándose a la burocracia “renovadora”, en la búsqueda de desarrollar la influencia sindical en sí misma. De esta forma, desarrolló una corriente que logró conquistar posiciones en sindicatos importantes como en Sanidad Capital o seccionales del sindicato de la construcción, además de decenas de internas, etc., pero que mostró ser impotente a la hora de enfrentar la hiperinflación y las privatizaciones.”

    Este párrafo, además de comportar una caracterización errónea de la real política del MAS, comporta un embellecimiento de dicha corriente morenista (actitud indulgente que ya pude observar en materiales publicados por el PTS a propósito de la historia de las luchas de los trabajadores de subte y que en alguna medida podría responder a que, a fin de cuentas, el propio PTS proviene del viejo tronco morenista).
    Maiello toma como una consecuencia lo que en realidad era una causa: El morenismo ya desde mucho antes de formar el MAS mantenía una orientación de adaptación a una u otra fracción burguesa. Tras un efímero desliz hacia el gorilismo (es conocida la caracterización gorila que hizo Moreno del 17 de octubre del ’45), esta corriente venía de apoyar largamente al peronismo y de formar parte del PSRN.
    Cuando, en los 80, adoptó la sigla MAS, el morenismo dedicaba sistemáticos elogios a la segunda internacional y proponía reconstruir el viejo tronco socialista, junto a carreristas de la vieja y dispersa socialdemocracia vernácula. Este seguidismo visceral de una u otra fracción supuestamente progresista de los partidos del capital fue lo que, precisamente, impidió al morenismo desarrollar una verdadera política independiente no sólo en los sindicatos sino en todos los frentes. O sea que, contrariamente a lo que dice Maiello, no fue una errónea intervención sindical lo que condujo a al morenismo a adaptarse a la burocracia “renovadora”, sino que su seguidismo persistente de las alas supuestamente progresistas de la burguesía se expresó también en el plano sindical.

    Cuando dije que Maiello embellece la real política morenista, fue porque compró sus dichos a valor nominal.
    Pero, en realidad, cuando el morenismo hablaba de conformar una corriente antipatronal y democrática (es decir: no burocrática o anti-burocrática) junto a los trabajadores de diferentes adscripciones ideológicas, buscaba encubrir bajo la apariencia de aquel planteamiento de unidad clasista no sectario, el real propósito de aliarse con miembros o fracciones desplazadas de la burocracia sindical (o, en el campo político, miembros o fracciones de los propios partidos burgueses).
    Detrás del justo planteo de no crear barreras puramente ideológicas a la acción y la organización obrera común contra la patronal y la burocracia, el morenismo escondía una política de adaptación a la burguesía: No era a la base obrera peronista a la que buscaba atraer hacia una organización independiente de la patronal y la burocracia, sino que buscaba ganarse la confianza de fracciones de la burocracia peronista. No era la unidad independiente con la BASE obrera peronista lo que el MAS buscaba, sino su propia unidad de aparato con fracciones peronistas desplazadas de la DIRECCIÓN.

    Este embellecimiento que hace Maiello de la real política del MAS tiene un segundo propósito, que es criticar la táctica unitaria del PO (cosa que efectivamente Maiello hace en el párrafo siguiente).
    La idea de Maiello parecería ser que, como convocar a los obreros peronistas, radicales, etc., a conformar una organización independiente, democrática, antiburocrática y antipatronal, conduciría “inevitablemente” a la adaptación y a la alianza con alguna fracción de la burocracia, una convocatoria a la unidad debería incluir solamente a los trabajadores que hayan roto previa y definitivamente con el peronismo, el radicalismo o las tradiciones ideológica que sean. Mutatis mutandi, se trata una vez más del viejo vicio, tan criticado ya, de proponer sólo frentes trotskistas.

    Como ejemplo de los desastres a los que, según la lectura peteseana, conduciría la táctica unitaria de no poner barreras puramente ideológicas a la unidad de la clase contra la patronal y la burocracia, Maiello menciona el caso de Foetra, donde el PO hizo un frente anti-guillanista de características antiburocráticas por sus métodos y objetivos, junto a elementos peronistas y centroizquierdistas que finalmente, después de varios años de luchas comunes, se desarrollaron en un sentido burocrático, lo que naturalmente condujo a que el PO se separara de ellos.

    Curiosamente, el caso citado contradice la propia tesis del Maiello (de que la orientación del PO le habría impedido lograr implantación sindical) ya que la presencia militante del PO en telefónicos, incluso tras la ruptura de la directiva, era mayor que la del PTS, y éste sólo consiguió desplazarlo de la cabeza del frente antiburocrático mediante acuerdos faccionales con el nuevo Mas y sectores autónomos del activismo (es decir, una maniobra de aparato entre organizaciones menores para postergar a una mayor).
    La misma acusación hubiera podido hacer Maiello a propósito del gremio gráfico (ya que en el 83 hubo acuerdo entre Ongaro y el PO para recuperar el gremio), y el mismo habría sido el resultado: la presencia del PO en dicho gremio supera abrumadoramente a la del PTS.

    Maiello, como el PTS, juzga la alianza de Foetra en virtud de los rasgos ideológicos de algunos de sus integrantes, no en virtud de las luchas que efectivamente protagonizó (y venció) esa alianza. Para Maiello, al parecer, el trabajador peronista primero debería renunciar a su ideología peronista y recién después empezar a luchar contra la patronal y la burocracia.
    Para Maiello, un militante peronista o un militante centroizquierdista que impulsan asambleas, luchan contra la tercerización y defienden las condiciones de vida de los trabajadores, son definidos a priori como burócratas a causa de sus adhesiones ideológicas.

    Si los trabajadores peronistas, radicales o centroizquierdistas deben abandonar sus adhesiones ideológicas, ello no será a partir de ultimatums de izquierda, sino a partir de la experiencia que efectivamente hagan esos trabajadores en la lucha junto a militantes que se reclaman peronistas, radicales, centroizquierdistas, etc., y en la medida que dichas adhesiones se muestren en la práctica como un límite a las luchas. Al margen de la experiencia efectiva, hubiera sido abstracto plantear a los trabajadores que, para echar a la burocracia (caso de Guillán), no se debía estrechar filas con peronistas, centroizquierdistas o lo que sea, que se mostraban claramente dispuestos a impulsar medidas de lucha, a resolver las medidas de lucha en asambleas, a eliminar la tercerización, etc.

    Por último quiero hacer la observación siguiente: La forma de plantear las alianzas que defienden Maiello y el PST, parece izquierdista y sin embargo es peligrosamente conservadora, porque encierra la idea de que la burocracia sería, esencialmente, una corriente ideológica dentro de la militancia gremial de la clase trabajadora. Pero la burocracia no es eso, no es una fracción peronista, radical, centroizquierdista o lo que sea del activismo obrero, sino un aparato con intereses ajenos y hostiles a los de la clase obrera.

    • Javier Z. dice:

      Estimado, por su comentario parece no contar Ud. con buena información. Dos datitos nomás. Sobre la presencia del PO en gráficos que “supera abrumadoramente a la del PTS” el dato es que la lista bordó impulsada por la agrupación gráfica clasista (que forma parte de Nuestra Lucha) movilizó a la reciente asamblea general a 130 compañeros, incluyendo 70 compañeros de Donnelley (la ex-altántida), mientras la naranja movilizó 100 compañeros, si a esto le sumamos que como Ud. bien dice el po está en el gremio desde hace nada más ni nada menos que 30 años, la comparación no parece favorecer mucho su tesis de la “abrumadora superioridad” más bien a la inversa.
      Otro dato: le pifia Ud. cuando dice sobre FOETRA que el PTS “consiguió desplazarlo (al PO) de la cabeza del frente antiburocrático mediante acuerdos faccionales con el nuevo Mas”. Primero, le cuento que el nuevo Mas no está en telefónicos, Ud. se debe querer referir a Izquierda Socialista. Segundo, espero no desilusionarlo pero la conformación final de la lista de la que Ud. habla no se debió a ninguna maniobra “faccional” sino a que el PO después de la partida final de sus tres principales dirigentes en telefónicos y miembros de la directiva (Sosto, Hidalgo y Lavagna) a los brazos de Iadarola y Marín, quedó reducido a la piel y los huesos (después de 10 años en la directiva), se podrá imaginar que el PO sino no hubiese aceptado por simple “magnanimidad”.
      Salute,

      • Martin Argo dice:

        Tiene razón, en lo que hace a Foetra la maniobra faccional se hizo con IS y no con el N-Mas (gracias por corregirme una confusión que, creo, ya he cometido antes).
        Lo demás que usted menciona es propaganda para consumo interno de la militancia de su partido: Aún después de la expulsión de referentes telefónicos que Ud. menciona, el activo militante del PO superaba numéricamente al de cada una de las agrupaciones de izquierda por separado. Precisamente por eso el PTS e IS -entiendo que junto con independientes- actuaron en bloque para desplazar a la más numerosa, la del PO. ¡No va a decirme que su partido jamás realiza bloques de este tipo, porque todos conocemos unos cuántos ejemplos al respecto, que no querría tener que sacar a relucir cuando no es ése el verdadero tema que yo intentaba someter a discusión!

        Es igualmente propaganda para consumo interno la extraña idea de que dos internas gráficas bordós son mucho más importantes que 10 naranjas (y entre la quinta y la cuarta parte de los votos del gremio). ¿No le parece un tanto autobombística semejante apreciación?

        Pienso que el relativamente explosivo desarrollo del PTS en algunos gremios (caso STIA o, como ud. mencionó, gráficos) es resultado de un despertar de la conciencia de las generaciones obreras más jóvenes y, lejos de vivirlo como una competencia, ello no deja de alegrarme.
        Pienso que también expresa este despertar el triunfo de la lista antiburocrática en Clarín, donde la relativamente débil implantación del PO dio, sin embargo, resultados muy fructíferos.
        Hay bastantes otros ejemplos más sobre este punto, que puede ver reflejados en las páginas de la última Prensa Obrera (y, espero, le susciten alegría y no envidia, como debe suceder entre socialistas).

        Querer comparar el magro resultado (en realidad no tan magro, como ya señalé) de un largo trabajo en tiempos de predominio indiscutido de la burocracia, con los relativamente rápidos éxitos recientes, producidos en un contexto de crisis política y desprestigio generalizado de la burocracia, y encima hacerlo para “probar” que uno “la tiene más larga”, habla del desbocado faccionalismo del PTS o, al menos, de algunos de sus militantes.
        Cuando yo hice mi señalamiento, no estaba intentando mostrar que el PO “es más” que el PTS, sino que los ejemplos que Maiello tomó no prestan aval a su propia tesis, y también señalar, de paso, el carácter faccional de sus apreciaciones, idea que creo haber desarrollado en mi comentario.
        Por eso creo que sería mucho más sano que, si le interesa discutir, lo haga no sobre “quién la tiene más larga” sino sobre la idea central del comentario.

  5. faccioso dice:

    Me tienen podrido los militantes del PO que mencionan cada cuatro líneas la palabra faccionalismo, faccioso, faccionalista, y toda la familia de palabras de facción. Imbancable. No será que los facciosos son ellos y proyectan su el faccionalismo sobre los demás. O será una simple forma de hacerse pasar por las vícitimas perseguidas de la izquierda (todas las organizaciones -incluso las de extrema izquierda- se unen contra ellos)a partir de lo cual (y para ‘consumo interno’ de su organización) consiguen cerrar filas sin tener que explicar que sus tres dirigentes más importantes de teléfonicos se le van con el moyanismo. PEro además cuando ellos encabezan es poroducto de su desarrollo militante, y cuando los otros encabezan es debido al faccionalismo. Así es imposible debatir. PArten de lo que deben demostrar que el PO es rebvolucionario y los otros no, y ordenan todos sus argumentos a partir de ello. Es lo contrario a cualquier discusión y debate que pretenda encontrar la postura correcta. Sólo importa demostrar justificar a posteriori que lo que se hizo estauvo bien.

    • Martin Argo dice:

      No sé en donde habrás leído que “cuando el PTS encabeza algo es a causa de su faccionalismo”. Al contrario, sean cuales fueren las limitaciones del PTS, yo considero sus avances en las fábricas como una expresión del avance de la clase, y creo que lo dije claramente. El faccionalismo, en este sentido, va en contra de los propios avances del PTS. ¡De ninguna manera podría ser la causa de esos avances!
      Otro tema es que el PTS use sus propios avances como propaganda faccional contra el PO o contra quien sea. Esto último lo veo muy criticable, por supuesto.

      En cuanto a la “superior calidad” (“faccioso” dice que dije) de los avances protagonizados por el PO, yo mencioné expresamente el caso de AGR (Clarín) donde la derrota infligida a la lista moyano-kirchnerista (y pro-patronal) no es el resultado mecánico de una fuerte implantación del PO sino que se produjo a pesar de la labilidad de la presencia del PO (algo similar sucedió en su momento en Kraft, donde de once delegados sólo uno era del PTS).
      Caractericé esto como la expresión de un despertar de la clase que va más allá de las iniciativas o la intervenciones locales de la izquierda, y señalé que este despertar debe ser tenido en cuenta cuando se compara la relativa rapidez de los avances actuales y la dificultad para avanzar en tiempos en que la burocracia reinaba indisputadamente (comparación que algunos militantes del PTS tratan de hacer girar alrededor de “críticas” al PO, y es precisamente esto lo que consideré faccional).
      En cuanto a la expulsión de referentes telefónicos del PO… lejos de ser un acontecimiento ocultado a las bases del partido -y lo digo sin ser militante del PO- este asunto se ventiló abiertamente en varios números de la prensa partidaria.
      La mala leche en las discusiones es un síntoma de actitud faccional. Creo que podemos hacer algo (mucho) mejor que eso, compañero.

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