SIN RETORNO. Una reflexión personal sobre la ley “(anti)terrorista” (Eduardo Grüner)

| 24 diciembre, 2011 | Comentarios (4)

Colaboración del autor para el Blog del IPS y de la Asamblea de intelectuales, docentes y artistas en apoyo al FIT.

  1. Cuando ocurrió el conflicto con “el campo”, en el 2008, una de las consecuencias “íntimas” o “cotidianas” que más lugar ocupó en los comentarios registraba la división (ideológica, política, y aún “actitudinal”) en el interior de las familias, los grupos de amigos, los compañeros de trabajo, los colegas de la facultad, los vecinos, incluso las parejas. Los que hasta entonces estaban afectivamente cercanos se alejaban, y aún se enemistaban. En las reuniones familiares o los cumpleaños se evitaba prudentemente el tema, hasta que alguien no aguantaba más; entonces bastaba el más tímido o alusivo de los enunciados, para que estallara la bronca contenida de uno u otro lado, y ahí “se pudría todo”. Se comparaba ese estallido de las redes que hasta allí parecían indiscutibles con lo que había sucedido durante el primer peronismo, o incluso durante la guerra civil española: una manifiesta exageración, sin duda. Pero exagerada o no, era una interesante micro-sociología a lo Erving Goffman, o algo así. ¿Pasará lo mismo ahora? ¿Soportarán nuestros amigos, colegas, vecinos, etcétera, que les digamos que lo que veníamos percibiendo como “giros a la derecha” aparecen condensados en este verdadero volantazo que ya deja cerca de cero resquicio a la duda? ¿Valdrá la pena, aún así, la discusión? Miguel Briante (alguien a quien siempre recuerdo con enorme cariño) solía decir –creo que citando a Chesterton- que “por un buen chiste, vale la pena perder un amigo”. Pero, claro, esto no es un chiste, ni bueno ni malo. Y, pensándolo bien, tampoco es en nada comparable a lo del 2008. Porque aquello –que algunos pensábamos que era una “interna” de la burguesía- de todas maneras parecía ser en contra de lo que se ha dado en llamar (no por primera vez en la historia) el gobierno nacional y popular. Esto no. Esto viene del gobierno nacional y popular.
  2. El gobierno nacional y popular tiene ahora, para empezar, y entre muchos otros, un problema “semántico”: ¿puede ser “nacional” un gobierno que resigna su soberanía nada menos que para dictar leyes, sometiéndose a las presiones de un organismo económico internacional como el GAFI, comandado a control remoto por el Imperio? ¿puede ser “popular” un gobierno que propone leyes “antiterroristas” que, en manos de jueces conservadores o simplemente desaprensivos, podría castigar con severas penas de cárcel a unos obreros que ocupen una fábrica, unos campesinos que protesten por la contaminación de la minería a cielo abierto, unos maestros que instalen “carpas blancas” demandando aumento de salarios? ¿se puede seguir diciendo que un gobierno que hace eso no “criminaliza” o no “judicializa” la protesta social? La réplica de que la ley introduce una cláusula explícitamente aclaratoria de que ella no está hecha para eso no resiste el menor análisis, y además insulta nuestra inteligencia: si hay que aclarar eso ¿para qué se incluyó la duda en primer lugar? Si la ley está hecha únicamente para los delitos económicos de las grandes empresas concentradas, o lo que fuere, ¿por qué no se dijo eso clara, directa e inequívocamente desde el principio? La respuesta no puede ser más que una: unas cosas hacen pasar las otras. A los representantes “populares” que la han votado –y cuya obsecuencia ha sido realmente vergonzosa, precisamente porque son representantes “populares”- se les sirvió en bandeja una coartada , bajo el argumento de que la ley contiene también cláusulas presuntamente “progresistas”. Para colmo, se la hace pasar en voz baja, poco menos que “traspapelada” entre otras leyes dizque asimismo “progresistas” (el estatuto del peón rural, papel prensa). Mientras tanto, por supuesto, en las cláusulas “puramente” económicas se siguen evitando cuidadosamente medidas realmente progresivas –que no es lo mismo que “progresistas”-, como sería una serie de profundas reformas financieras, fiscales e impositivas (¡no digamos, Dios mío, una reforma agraria, ya que de “ruralidades” hablamos!) que podrían hacerse perfectamente sin “patear” ningún tablero ni flamear banderas rojas, o siquiera rosaditas desteñidas; ¿cómo se explica que –en una situación de infinita mayor debilidad que la actual- el gobierno, como no deja de refregársenos por la cara constantemente, pudo bajar el retrato de Videla, rechazar el ALCA o reestatizar las AFJP, y después del 54 % se produce este grandioso retroceso ? ¿O será que no es ningún “retroceso”, sino la tan mentada profundización del “modelo” (que profundiza, por ejemplo, la ya bastante siniestra ley antiterrorista del 2007)? Lo de los “representantes populares” no es ninguna broma: hay entre ellos –y ellas- antiguos luchadores por los que, más allá de diferencias políticas, podíamos guardar algún respeto. Ya no. Ver a esas personas (con alguna de las cuales varias veces hemos tomado café, o cenado, o conversado, o discutido) votando afirmativamente esta barbarie, eso es de por sí “terrorífico”. Este es, como se dice, un punto sin retorno. Qué lástima. Para mí, digo, no sé si para ellos.
  3. Pero los problemas “semánticos” continúan. Usar una palabra como “terrorismo” en un país con la historia reciente de la Argentina, ¡hay que atreverse! Quizá haya sido finalmente eso (entre muchas otras cosas, se entiende) lo que ha decidido a personas con posición política tan inequívoca como Horacio Verbitsky, Mempo Giardinelli o el juez Zaffaroni , a manifestar su enérgica oposición a la ley. Ni qué hablar, como era dable esperarse, de todos  los organismos de DDHH (con la excepción, hasta ahora, de Hebe). La enorme ironía –habría que decir, más bien, sarcasmo – es que este gobierno, que se precia con razón de haber impulsado tantos juicios por crímenes de lesa humanidad, sólo había empleado el término “terrorismo” para hablar del… terrorismo de Estado . Habría mucho que decir sobre esta verdadera perversión lingüística que viene a sumarse a la legal, invirtiendo el uso de palabras “sagradas”: hasta ahora, los “terroristas” eran ellos (Videla y Cía.), ahora podemos serlo también nosotros , casi cualquiera. Sobre todo cuando –como han insistido todos los que se oponen a la ley, incluidos los simpatizantes del gobierno- el contenido semántico de la palabra es por lo menos “difuso”. Y esa “difusión”, esa indeterminación, esa “incerteza”, es el fundamento verdadero del Terror. En alguna parte, Hanna Arendt habla de la diferencia entre los campos de concentración nazis y los franceses de Vichy. En los primeros, es sabido, se cosía una estrella amarilla en el uniforme a los judíos. Eso servía para fracturar la solidaridad: los otros prisioneros –gitanos, comunistas, opositores políticos, lo que fuera- sabían que los de la estrella estaban peor que ellos, si eso era posible (y lo era). Los franceses, en cambio –siempre tan cartesianos y atentos al valor de los signos- cosían en el uniforme de sus prisioneros muchas diferentes imágenes arbitrarias sin sentido preciso. Ya no se trataba entonces de la fractura, sino del estallido de la solidaridad: cualquiera podía estar peor que yo, o yo peor que cualquiera. Así funciona el Terror: cuando no se sabe exactamente cuándo nos va a tocar, y por qué. Así funcionó durante la dictadura de esos que, hasta antes de ayer, eran los terroristas (estatales). Pero ahora no estamos en dictadura. No es un gobierno nazi. Es el gobierno “nacional”, “popular”, “democrático” y “progresista” de los Derechos Humanos. Nos lo van a tener que explicar. Muy despacio y con mucha claridad.
  4. Nos van a tener que explicar, muy despacio y con mucha claridad, pero ahora , e imperiosamente, cómo es que esto era necesario ahora . Cómo es que era necesario, con la fuerza del 54 %  de los votos, someterse sin discusión al mandato de ese Imperio siniestro que –los que votaron a altas horas de la noche, casi en la clandestinidad, rapidito para no “hacer olas”, no ignoran esto; al contrario, lo han denunciado muchas veces, y eso hace más insoportable lo que hacen ahora-, ese Imperio siniestro, decíamos, usó y sigue usando la palabra “terrorismo” para justificar verdaderos genocidios como los cometidos en Afganistán o en Irak, y antes en Vietnam, en Nicaragua, en Chile, en la Argentina. Nos lo van a tener que explicar muy cuidadosamente a todos los ciudadanos argentinos, pero muy particularmente, en este caso, a los que en su momento, equivocados o no (y ahora, lamentablemente, sabemos que sí), salimos a defenderlos contra la soberbia “destituyente” del “campo”, y sin ahorrarnos nuestras críticas ni identificarnos irreflexivamente con un gobierno al que no habíamos votado, del cual sabíamos desde siempre cuáles eran sus límites y sus posibilidades, sin embargo privilegiamos la necesidad de posicionarnos contra lo que considerábamos “lo peor”. Pero, sobre todo, se lo van a tener que explicar muy claramente a los que desde el principio confiaron , y trabajaron arduamente para llevarlos al poder, para transformarlos en sus representantes. A todos esos jóvenes honestos de la “nueva militancia” con los que se llenan la boca. A los obreros, los piqueteros, los miembros de los movimientos barriales, los pobres, los “tercerizados”, que a veces pusieron el cuerpo por ellos , y que si ahora cortan una calle podrán ser considerados “terroristas”. Y no sabemos si no correrán algún riesgo los miles que fueron espontáneamente al velorio de Néstor o a los festejos del Bicentenario, cortando muchas calles. Y no es que el terrorismo no exista, no somos ingenuos: es algo de lo que siempre estuvimos enfáticamente en contra, porque considerábamos que ninguna vanguardia iluminada que ejerciera la violencia indiscriminada, con el riesgo tantas veces realizado de masacrar inocentes, iba a “liberar” a ningún “pueblo”. Que esa era una tarea del propio pueblo, de las masas trabajadoras organizadas y en conjunto. Que “sólo el pueblo salvará al pueblo” (una antigua consigna peronista ¿la recuerdan?). Todo esto lo sabíamos. Pero ya no lo sabemos más. Porque ya no sabemos qué quiere decir “terrorista”. Esos votos nos han quitado hasta el lenguaje .  Y, como advertía Freud: se empieza por ceder en las palabras, y se termina entregando todo . Nos lo van a tener que explicar.
  5. Que se nos entienda bien. Esas “explicaciones” no se las estamos exigiendo al gobierno . Eso sí que sería una flor de ingenuidad. No. Se las estamos exigiendo a nuestros “representantes” (porque son nuestros aunque no los hayamos votado ni nos sintamos “representados” por ellos), muy sobre todo a aquellas ex militantes de la “patria socialista” y aquellos ex comunistas, que tienen compañeros desaparecidos, asesinados, torturados, secuestrados, arrojados de los aviones… por “terroristas”.  Ellos ya no están en condiciones de pedir explicaciones. ¿O sí? ¿No se las deben, por lo menos, a su memoria , que tanto les gusta honrar en los actos oficiales, como en ese acto oficial en que honraron a las Madres de Plaza de Mayo media hora antes de entrar al recinto del Congreso de la Nación (aunque ahora nos preguntamos de cuál) a votar este mamarracho –así lo llamó Zaffaroni, pero se olvidó de agregar:- monstruoso ? A ellos se las estamos exigiendo, e incluso por su propio bien. ¿O necesitamos una vez más caer en el ya cansado sentido común de recordarles el viejo poema de Brecht (“Primero vinieron…”)? ¿No se dan cuenta del potencial instrumento que acaban de poner en manos de este o de cualquier gobierno futuro, y del que no pueden garantizar que se les vuelva en contra a ellos mismos? Porque podrán decirnos –aunque quién sabe con qué argumentos, a esta altura- que este gobierno no va a usar “mal” ese instrumento. Pero entonces, ¿para qué lo quieren? ¿Para el próximo, que podría ser, por ejemplo, Macri? Y si están confiados en que el próximo va a ser del mismo signo que este, que “no reprime”, entonces ¿para qué? ¿Nos toman por idiotas? A ellos se las estamos exigiendo, las explicaciones. Se las estamos pidiendo, también, a los intelectuales progresistas que saben recitar a Benjamin, por ejemplo aquello de que “si el enemigo sigue ganando, ni los muertos van a estar a salvo”. Y que ahora se están dando cuenta –suponemos- de que no, no están, los muertos, a salvo. No están a salvo, ya, aquellos desaparecidos, etcétera. No están a salvo los muertos  del 19 / 20 de diciembre del 2001 que –porque el círculo de perversiones no parece tener fin- fueron conmemorados “oficialmente” el mismo día que se votaba esto. No están a salvo Kostecki y Santillán, ni Julio López, ni Luciano Arruga, ni “los Ferreyra” (Mariano y Cristian), ni los qom , ni los del Indoamericano, ni los campesinos jujeños del Ingenio Ledesma. Tampoco están a salvo esos queridos, llorados, amigos y maestros que podrían habernos ayudado a encontrar esas explicaciones: León Rozitchner, David Viñas, Nicolás Casullo, tantos otros. Todos, pero para este caso especial León, para quien el Terror era justamente uno de sus temas que más le desgarraban el pensamiento. Muertos, están, todos ellos; pero no a salvo de que –porque la ley no tiene efecto retroactivo, pero el lenguaje sí- ahora sean todos ellos “terroristas”. De que sean, pues, equiparados –porque el círculo de perversiones no parece tener fin- con los que asesinaron a las víctimas de la Embajada y de la Amia, dos actos terroristas incalificables que ahora están siendo usados -porque el círculo de perversiones no parece tener fin- para justificar esto . A ellos, a todos ellos, y ellas, se las estamos exigiendo, las explicaciones.

Y estamos esperando –“desesperadamente”, si se disculpa el mal juego de palabras- la próxima Carta Abierta. Que no dudamos llegará rápidamente. ¿Verdad que sí?

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Comments (4)

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  1. seba dice:

    Usted es un hombre al cual o le tengo respeto y es de los que intelectualmente me parece interesante y siempre estoy atento a sus escritos.
    Dicha las “reverencias” le paso a decir que no comparto la postura en la cual usted se para, la exigencia de la explicación. Creo, hemos echo una experiencia importante en las ultimas elecciones y hechos de envergadura ( los Ferreyra , Ledesma y sus muertos , etc.) a dado la pauta de que es lo que este gobierno considera ser progresista , nacional y popular, si estoy de acuerdo en que esto es un salto en calidad pero de ningún modo una sorpresa por lo tanto creo que la exigencia es una posición pasiva de la cual ya usted a dado muestra de no ser partidario, con lo cual quiero yo exigirle a usted que con todo su conocimiento y capacidades ayude a denunciar a desenmascarar y ver todos los hilos y la dirección que toma cada uno de ellos para que la clase trabajadora, nosotros los militantes revolucionarios nos hagamos de mas herramienta para combatir este fustero, cínico y brutal ataque a la vanguardia obrera, estudiantil y al pueblo en general.

  2. Ezequiel Espinosa dice:

    23/1/2011 Venezuela: Terrorismo y Estado de derecho x Ezequiel Espinosa :: Más articulos de esta autora/or: Más artículos [email protected] [email protected] no pueden encadenar su horizonte a la mera ?conquista de derechos?;, deben luchar por la conquista del poder político y la humanidad social

    “(…) Reino del Terror. Pensamos en esto como el reinado de las personas que inspiran terror, por el contrario, es el reino de las personas que están, a su vez, aterrorizadas. El terror consiste principalmente en inútiles crueldades perpetradas por miedo a la gente con el fin de tranquilizarse a sí mismos”.
    F. Engels

    Esta necesidad de reconceptualizar el “reino del terror” fue sentida por Engels en momentos previos al alzamiento comunero, en 1871. Engels intuía brillantemente que la burguesía parisina ya no se servía del terror político al modo jacobino, todo lo contrario, el terror se había trocado en una estrategia contrarrevolucionaria, en una estrategia de lucha que no reflejaba ya un pathos revolucionario, sino más bien un temor violento a la revolución. Marx mismo lo comprendió al describir la “magnanimidad” con que los asaltantes del cielo inauguraban su propia “era del terror”. Comprendió, entonces, el “otro modo” con que el proletariado llevaría a cabo su “venganza popular” sobre sus antiguos opresores y no caben dudas que se cometieron excesos, pero esos excesos, tal y como critico Marx, fueron los excesos de “generosidad” por parte de los momentáneos vencedores.

    1871, marca un quiebre fundamental en la lucha de clases a nivel internacional, y ese quiebre se habría de sentir fundamentalmente en las formas de ejercer la dictadura de clase. Los burgueses se lanzaron a la lucha represiva al grito de “¡viva la asamblea nacional!” (órgano central de la “república parlamentaria”) mientras que los esclavos insurrectos lo hacían al son subversivo del “¡viva la Comuna!”. [email protected] [email protected] aterrorizados fueron crueles en su defensiva (re)imposición del Estado de derecho, [email protected] [email protected] fueron heroicos en su defensa ofensiva de la primera “revolución contra el Estado mismo”. No nos interesa repetir aquí los ya clásicos análisis marxianos sobre la “forma política” antiestatal que los proletarios en armas habían, por fin, “descubierto”. Sólo podemos remarcar que en la comuna se produjo, también, un salto en la lucha por la emancipación de la mujer, y eso a pesar de los limites masculinos de la propia comuna, que se negó a otorgarle a las mujeres la posibilidad de participación política.

    Pero en fin, lo que nos interesa resaltar en toda su dimensión es que aquella represión brutal de la burguesía europea contra la revolución proletaria se llevo a cabo embanderada en la lucha contra “la tiranía” de un “puñado de criminales”, por el triunfo “del orden, de la justicia y de la civilización,” un triunfo que, como ya se ha destacado de modo suficiente, fue asegurado combinado “salvajismo descarado y venganza sin ley”. ¿Pero es acaso que los burgueses eran unos hipócritas descarados?, ¡no, nada de eso!. La forma de represión encarada por los capitalistas esta profundamente inscrita en la mecánica de dominio de la civilización moderna. Los burgueses actuaron como verdaderos civilizados contra lo que genuinamente debían de considerar como una tiranía; tiranía que les genera(ba) pánico. La tiranía de la democracia antiestatal de los trabajadores.

    La burguesía dominante, luchaba de acuerdo “con su contextura policíaca” y no podía dejar de entender a esa lucha entre dos formas políticas diferentes como una lucha contra “un puñado de criminales”. Menos aun esta(ba) en condiciones de comprender que bajo esa lucha entre “forma políticas” (no ya “formas de Estado”) se libraba la lucha por el fin, o por la mantención, de la explotación económica y la opresión social. No podía comprender que los proletarios mandaran al traste toda la igualdad jurídica entre las clases para darse a la faena de abolir las clases mismas y lograr, con ello, la efectiva igualdad social. En definitiva, no podía comprender que el proletariado se estuviese alzando contra su Estado de derecho. No comprendía que los proletarios no se revelaban contra un “sistema injusto”, sino contra su poder social ya insoportable.

    Pero la burguesía no fue, ni es, tonta. Y si los proletarios se negaban a aceptar que ésta les impusiera la justicia de su orden -su derecho- ésta seria condescendiente con tal insolencia y sólo aplicaría la “venganza sin ley” contra los amotinados.

    Anteriormente habíamos destacado que fue el terror político de los jacobinos el que hizo posible la afirmación del Estado de derecho en la Francia revolucionaria, que fue Napoleón quien expandió por toda la Europa esa doctrina revolucionaria pero ya sin la“revolución permanente”, sino mediante la “estrategia libertadora” de la “guerra permanente”. Y que fue mediante la imposición policial de ese Estado de derecho que se combatió desde un comienzo a las asociaciones obreras con el código penal en mano y bajo la acusación de “atentar contra la libertad y la declaración de los derechos del hombre”. Que esa libertad, en cuanto libertad de trabajo, también había sido conquistada a pesar de los campesinos y artesanos mediante su despojo y la posterior imposición de leyes “grotescamente terroristas”.

    Y todo este terrorismo desplegado en tiempos en que la burguesía aún era revolucionaria, y en la Europa, tal período llega hasta 1830. En 1848 se produce el primer asalto revolucionario del proletariado, pero conducido por los pequeños burgueses, lo que condujo a que la radicalidad revolucionaria apuntara limitadamente a la conquista de derechos sociales (ya hemos insistido sobre la posición de los comunistas durante tal confrontación y su estrategia de revolución permanente) y el terrorismo aún se mostrará “progresista”, pero ya firme y francamente antiproletario. La Comuna es el punto de quiebre entre el proletariado subversivo y el estado de derecho y, a un mismo tiempo, el punto de no retorno en la relación histórica entre terror y derecho.

    La policía y la prensa liberal recurrieron a la política de defensa del derecho (humano) a la libertad de trabajo (la competencia entre los trabajadores) para justificar su intervención contra los comuneros y actuar ¡en defensa de los trabajadores!. Ahora sí. La policía había subsumido definitivamente a la política y la estrategia terrorista había sellado su alianza permanente al régimen de derecho; el mercado, “edén de los derechos humanos” quedo establecido como el horizonte insuperable de la libertad y la igualdad entre los hombres.

    Desde entonces, y en momentos de 18 brumario, las fuerzas de seguridad del Estado pueden sobrepasarse y, en la defensa del orden, la civilización y la justicia, excederse en sus funciones represivas y afectar toda la vida liberal de la sociedad civil. Por lo que, desde ésta, no tardarán en surgir fuerzas que procuren restaurar el delicado equilibrio entre libertad y seguridad que dan vida a las democracias estatales. Así, el “uso” progresista de los derechos humanos ha quedado reducido a una función eminentemente defensiva. Esto es lo que no han comprendido las fuerzas revolucionarias. Esa es la malla de contención que la burguesía nos ha impuesto, la estrategia de terror en que nos hallamos actualmente atrapados. “¡Nada de luchas o rebeldías políticas!, arriesgaríamos los sacrosantos derechos humanos. ¡Nada de revoluciones!, eso conduce al totalitarismo. Si hay revoluciones, pues bien, que se comprometan de antemano a ser respetuosas del Estado de derecho, si no, serán combatidas como crímenes terroristas”. Que dilema, ¿no?.

    Vaya paradoja. Los totalitarismos socialistas, no eran (son) otra cosa que estados puros de policía (como en la película “Yo robot”), es decir, estados de derecho no liberales (Engels supo remarcar esta diferencia de grado). A diferencia de estos, los primeros procura(ba)n hacer valer todo el andamiaje de los derechos sociales y, para conseguir tales objetivos, debían “censurar” policialmente todos las liberalidades propias de la sociedad civil. No es casualidad, ni mucho menos, que luego de aplastadas las revueltas genuinamente proletarias y socialistas -el más allá del Estado- en los países de la Europa del este stalinista, el discurso liberal de perestroika se llevara a cabo en nombre de la defensa de los derechos humanos. El “mundo libre” occidental saludaba entusiasmado tal viraje reformista. Sabían que allí estaba su carta de triunfo. Llego la restauración, pero como se sabe, las libertades de mercado tienen su precio y nuestras cabezotas civilizadas no son capaces de concebir otra libertad individual que no sea la de propiedad privada. Los traumas de la restauración son por todos conocidos (así como también son conocidos los traumas terroríficos que generan a las masas iraquíes, afganas, palestinas, colombianas, etc. la defensa o la imposición de la democracia liberal).

    El fenómeno bolivariano nos pone, nos obliga, a intentar resolver esa falsa alternativa. La estrategia de los derechos humanos puede, efectivamente, ser necesaria como momento defensivo de, y para las luchas sociales. Los contenidos humanitaristas de tales derechos deben funcionar, efectivamente, como garantía del trato con el enemigo vencido. La lucha por derechos pueden resultar efectivas como excusas para la construcción de poder y ser oportunidades hermosas para la autoeducación política de los oprimidos (como momento de una revolución en estado de permanencia).

    Pero ni la opresión ni la explotación acabarán con la conquista de tales derechos. Esto es lo que debe ser comprendido. Las masas proletarias no pueden encadenar su horizonte a la mera “conquista de derechos” como si de un sujeto cualquiera de la sociedad civil se tratase, deben luchar por la conquista del poder político y la humanidad social. Deben, ellas mismas devenir poder; poder revolucionario. No podemos seguir confundiendo libertades personales con libertades individuales, igualdad jurídica con igualdad social. Las masas proletarias de latinoamérica no pueden permanecer atadas al proyecto de las “revoluciones ciudadanas” pero menos aun pueden terminar actuando como grupo auto-envaucado en una estrategia de “oposición permanente” de constante e histérica denuncia de tal o cual gobierno incumplidor de los derechos humanos. Su alternativa de hierro es muy otra y es urgente: “O revolución socialista, o caricatura de revolución”.

    La Haine

  3. Martín González S. dice:

    Grüner tiene toda la razón. El problema es que “la gran mayoría de ese 54%” no ha desarrollado suficientemente la consciencia política para comprenderlo; gran parte de ellos siguen depositando todas sus esperanzas en sus líderes políticos -y con cierta razón luego de lo que significaron para muchos de nosotros “los mejores días de kirchnerismo”, que vaya si hubo días mejores-. El Gran Otro no existe, pero llegar a ese descubrimiento en política es realmente arduo y dificultoso. Quizás la revolución, la única revolución posible, llegue con la caída de los nombres del Padre, con el atravesamiento de las fantasías sociales de armonía y completud (nacionales y populares) y con una salida de la posición neurótica, la de “hijo”. El problema, nuevamente, es cómo madura una sociedad en esa dirección que sólo se puede recorrer como sujeto individual…

  4. petrucci alicia dice:

    lo màs honesto y abarcativo que he leìdo al respecto.
    Gracias.

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