Para continuar el debate (Ariel Petruccelli)

| 6 junio, 2012 | Comentarios (0)

Va intervención de Ariel, en respuesta a algunos planteos míos y de otros compañeros.

Un debate oral iniciado de la manera más casual en Neuquén, sorprendentemente  (al menos para mí) ha desatado en el lapso de una semana una gran cantidad de intervenciones, en al menos tres sitios web. A los post de Juan Dal Maso y míos (que despertaron variados comentarios de participantes en los foros) hay que agregar la siguiente serie de post: una intervención de Fernando Aiziczon titulada «¿Cuál ortodoxia?», un extenso artículo («Sobre épocas, revoluciones y partido: un debate con Ariel Petruccelli«) escrito por Cecilia Feijoo y Demian Paredes y publicado en el blog del IPS, y otro extenso trabajo de Eduardo Castilla, publicado en el blog Apuntes de Frontera. A esta altura son tantas las cosas debatidas, tantos los frentes abiertos, que se me hace difícil figurarme cómo podría un lector ajeno a quienes participamos en estos intercambios seguirlos productivamente. Y más aún, me da la sensación de que las cosas que se están poniendo en juego son de tal magnitud, que el soporte de post en la web ya no es el más adecuado. Había preparado un escrito más extenso, pero de común acuerdo con Juan he decidido presentar una versión más breve, tratando de facilitar la lectura y seguimiento del debate.

Volveré a concentrarme en el que creo es el nudo de la cuestión: la caracterización de la etapa histórica que atravezamos y, en consonancia con ello, las vías factibles de lucha anti-capitalista. No quiero con esto menospreciar los puntos que trajo al debate Fernando Aiziczon: los vicios de la ortodoxia anti-ortodoxa que pueden prevalecer en ciertos grupos de la llamada nueva izquierda, o las falencias del quehacer intelectual académico. En cuanto a lo primero, hace ya varios años publiqué en algún viejo Rodaballo una extensa critica a John Holloway, y también expuse por escrito mis reparos respecto a los planteos de Negri y Hardt, aunque tomé distancia de lo que me parecieron críticas demasiado fáciles y simples a sus posiciones, como las de Atilio Boron. En cuanto a lo segundo, recientemente publiqué en Debates Urgentes lo que creo es una crítica bastante fuerte a las prácticas académicas, en tanto que a Laclau (el pensador a que hace referencia Fernando) le he dedicado tres capítulos de mi último libro: El marxismo en la encrucijada. Tampoco quiero hacer a un lado los planteos de Castilla respecto a los soviet, la democracia proletaria y la revolución. Pero un tratamiento mínimamente adecuado de esta cuestión implica, a mi juicio, un debate aparte. Así que tomaré del extenso escrito de Castilla sólo un par de cosas, que me servirán de trampolín para discutir las afirmaciones que iniciaron este intercambio polémico. Afirma Eduardo Castilla:

«La prohibición de fracciones y partidos de oposición fue una medida excepcional tomada en el medio de una crisis social y política enorme. Precisamente por ello no puede ser elevada a norma absoluta como han intentado mostrarla muchos detractores de la revolución rusa».

Este brevísimo pasaje es a mi juicio muy revelador. Y lo es sobre todo porque lo que aquí expresa Castilla es una idea, o mejor, un enfoque, dominante en la tradición trotskysta, sobre todo en Argentina. La prohibición de las fracciones fue una medida excepcional. Bien. ¿Excepcional en relación a qué? ¿A los otros casos empíricos de revoluciones? ¿o en relación a las intensiones o ideas de los Bolcheviques? Si se trata de lo primero la afirmación es ciertamente falsa: ni en Mongolia, China, Polonia, Yugoslavia, Rumania, o Cuba (y se podrían agregar otors casos) ha habido libertad de tendencias. Pero si se tratase de lo segundo, entonces lo que emerge es claramente un enfoque idealista: comparar hechos con intensiones. Cuando Marx sostenía que ningún grupo podía ser juzgado por sus intenciones o por lo que afirmaba de sí mismo, está claro que no se excluía de esa norma: a los revolucionarios nos caben las generales de la ley.

Sobre el final de su texto Castilla sostiene:

«estamos viendo los límites de ese período, lo cual puede hacer que los valores algebraicos de la época de crisis, guerras y revoluciones, empiecen a concretarse bajo otros parámetros».

Llegamos, pues, a lo que considero el nudo de este intercambio: ¿estamos o no estamos en una época de crisis, guerras y revoluciones? Ya he dicho que esa frase me parece vacía si no se la define: sería aplicable a cualquier momento de los últimos trescientos o cuatrocientos años. Juan Dal Maso interpreta  equivocadamente mis dichos, y por eso afirma:

«La explicación de Ariel (tipo teórico del Sistema-Mundo) de que siempre hubo crisis, guerras y revoluciones, desconoce precisamente esta definición estratégica fuerte del marxismo clásico respecto de la época que se abre con el Siglo XX, que a diferencia del Siglo XIX en que la clase obrera llevó adelante una experiencia de tipo acumulativo, se plantea el problema de la toma del poder, lo cual no debe ser entendido como una constante para todo tiempo y lugar, sino en un sentido histórico general, que el pensamiento estratégico hace concreto en el análisis de cada proceso o situación específica.»

Juan interpreta mi crítica a un noción ambigua de la categoría «época de crisis, guerras y revoluciones» (que la tornaría aplicable a casi cualquier período) como una defensa de esa concepción. Que no desconozco la época abierta a comienzos del siglo XX  creo que se hace evidente cuando afirmé que, a falta de precisiones conceptuales de parte de los defensores de la caracterización en cuestión, podíamos tomar el atajo teórico considerar al período que va de 1914 a 1938 como definible como una época de crisis, guerras y revoluciones, tal como lo hiciera la Internacional Comunista en algunos documentos o el propio Trotsky. Y lo que sostuve es que, si al período 1914 – 1938 (o 1900 – 1950) se lo podía considerar como de guerras, crisis y revoluciones, resulta absurdo mantener la misma definición para una situación tan obviamente diferente como la que vivimos en las últimas décadas. Eso no quiere decir que en nuestra época no haya guerras, crisis o revoluciones. Significa que son otro tipo de guerras, que las crisis se procesan de diferente manera y que las revoluciones, si habrá de haberlas, serán diferentes en sus dinámicas y (lo deseamos todos fervientemente, no?) en sus resultados. A partir de aquí se deriva la necesidad de pensar las vías estratégicas, organizativas, tácticas, etc. que podrían hacer posible una revolución socialista en nuestros tiempos. Y lo que impliqué es que las organizaciones, las estrategias y las tácticas inspiradas en el trotskysta programa de transición ya no eran adecuadas (en el caso, por cierto muy dudoso, de que alguna vez lo hayan sido). Ninguna de estas afirmaciones es desmentida, como cualquiera podrá apreciar, por los ejemplos que se trajeron a escrutinio: el golpe de Estado en Honduras, el 40 % de votos de la bordó en alimentación o la muy buena perfomance del PTS en Zanón (pero no en ATEN, que está en la misma provincia y es el sindicato con más días de huelgas, piquetes y represiones sobre su lomo, pese a lo cual la lista negra del PTS es una de las que concita menores apoyos). Está claro que en todos estos casos se trata de eventos puntuales, de muy pequeña escala y hasta ahora claramente excepcionales. Desde luego: toda regla tiene sus excepciones. La cuestión, pues, no es hallarlas, sino demostrar que mi caracterización falla en detectar las tendencias generales (que es lo único que se le puede pedir).

Cecilia Feijoo y Demian Paredes escriben:

«cuando la Comuna de París fue derrotada, ni Marx, ni Engels por un lado, ni Luxemburgo, ni Lenin, ni Trotsky antes del “triunfo” de 1917 pensaron que ese cambio de situación que abrió la derrota de la comuna significaba el abandono de esos fundamentos; justamente por eso mismo existió bolchevismo y espartaquismo. A pesar de no abandonarlos percibieron que se estaban produciendo enormes cambios en la historia del capitalismo y en la lucha de clases a inicios del siglo XX, una nueva época de nuevas experiencias. Estos cambios suscitaron enormes debates teóricos y políticos, nuevos supuestos teóricos avanzaron enriqueciendo “el pasado”.

Estos marxistas tampoco se impacientaron ni creyeron que los lineamientos marcados por el Manifiesto Comunista habían caducado íntegramente porque habían pasado 69 años –o 72 años como hace Petruccelli respecto al Programa de Transición–, porque el tiempo no puede tener una lectura lineal ni expresarse como corte “limpio” de tijeras. También porque las modificaciones que se produjeron con el inicio de la época imperialista no liquidaron las conclusiones teóricas fundamentales que había extraído Marx en el siglo XIX. Sino más bien fueron reforzadas modificándolas, enriqueciéndolas, en parte. Por ello preguntamos ¿qué terminó en la comuna y qué comenzó? Del mismo modo, en la actualidad, ¿qué terminó con la restauración capitalista en Rusia y China y qué comenzó?»

Me sorprende que me reprochen impaciencia, justamente a mí, que hace años que vengo sosteniendo que no están dadas las condiciones (no sólo económicas, repárese en esto, sino sobre todos culturales y políticas) para una revolución, y que por ello hay que construir pensando en plazos largos, incluso muy largos. Y me sorprende sobre todo cuando he tenido muchas veces que soportar justamente la falta de paciencia de muchos militantes del PTS y de otros partidos que parecen pensar que los destinos del proletariado universal se juegan en cada huelga. Saludo, en vista de estos antecedentes, el respetuoso debate que ahora estamos teniendo.

Toda la historia del marxismo es una historia de revisiones parciales y construcciones relativamente novedosas. Creo que está claro que, al menos yo, no estoy planteando la caducidad del marxismo: sería francamente absurdo de alguien que ha escrito y publicado tres libros defendiendo y procurando desarrollar al materialismo histórico y a la teoría marxista. Bien o mal, estoy intentando hacer lo que el marxismo debiera hacer siempre: adaptar su práctica a las nuevas condiciones, sin abandonar los objetivos finales. Por último, a la pregunta sobre qué terminó con la Comuna remito a los textos de Marx y de Engels al respecto, y en cuanto a la segunda pregunta, entiendo que ha terminado la época en que se podía pensar que el socialismo era cuestión de tomar el poder y después ver (las cosas resultaron ser mucho más complejas); terminó la época de la construcción y consolidación de las fuerzas revolucionarias por fuera del sistema político-económico del capital que caracterizó a todas las revoluciones triunfantes del siglo XX (un exterior político como la clandestinidad que imponían los estados absolutos o las dictaduras militares, el afuera geográfico en que operaban las guerrillas, o la exterioridad económica de la autonomía productiva campesina); terminó (en realidad esto debió terminar mucho antes) la primacía de la guerra de maniobras (si se me permite este término tan ambiguo) por sobre la guerra de posiciones; terminó la credibilidad o factibilidad de todo socialismo desarrollista o productivista, a la luz de la nueva situación ecológica … y terminaron muchas otras cosas, aunque con estas creo que ya tenemos bastante. En cuanto a lo que está empezado … bueno, de eso es lo que se trata, pero nunca podremos verlo o construirlo si pensamos que no ha cambiado nada.

Como podrá apreciar cualquiera que haya seguido los textos del presente debate (y la idea se refuerza mucho si sumamos los comentarios en los foros), se reivindica un partido cerrado, claramente demarcado de otras corrientes, bien centralizado, etc., supuestamente preparado para los momentos en que la situación mundial de crisis, guerras y revoluciones haga estallar una convulsión revolucionaria en la que se produzcan rápidos virajes, cambios repentinos, giros abruptos. En fin, un supuesto partido de combate preparado para las épocas de tormenta. Ahora bien, como cualquiera sabe: tormentas de ese tipo han pasado sin que los partidos que a lo largo de décadas se estuvieron preparando pudieran hacer nada. En nuestro país basta con remitir a 1989 y  2001. ¿Casualidad? ¿Mala fortuna? A mi juicio no. Creo que lo que subyace es una inadecuada comprensión de la etapa actual y de los nuevos mecanismos de control social, creación de subjetividades, desarrollos culturales, etc, del capitalismo de nuestro tiempo. Espero se me permita una analogía basquetbolística. Como sabrán los aficionados y aficionadas a este deporte, muchos partidos suelen definirse en los últimos segundos por medio de jugadas trabajosamente preparadas. Ensayar esas jugadas, prepararse intensamente para ellas, es fundamental … pero a condición de que el equipo haya hecho todo lo necesario (en lo físico, lo táctico y lo estratégico) a lo largo de todo el partido como para llegar a los instantes finales en paridad. Si se llega al minuto final 20 puntos abajo no hay jugada que valga. Bueno, yo tengo la sensación de que el PTS y otros partidos de la misma tradición viven preparándose para la jugada final, sin percatarse de todo lo otro que hay que hacer para que, así sí, esa preparación específica sirva para algo.

Obsérvese lo siguiente. Si fuera fundamental prepararse para los momentos de bruscos virajes y cambios políticos, sería bueno tener alguna claridad al menos sobre la magnitud de tales cambios. De una fuerza política que pasara, digamos, en el lapso de unos meses, de tener la adhesión de un 20 / 25 % del electorado a tener un 40 / 50 % podría decirse con rigor que ha dado un brusco salto, que ha tenido un crecimiento explosivo (porcentajes semejantes, en el peso de una persona, obligarían a que un médico tome cartas en el asunto, y en el caso de un cáncer lo colocaría en la categoría de fulminante). Lo mismo podria decirse de una fuerza que organice a la cuarta parte de los trabajadores y pasara a organizar a la mitad. Cambios de esta envergadura son ciertamente abruptos, y sólo pensables en épocas de fuerte convulsión social. Aún así son virajes dentro de un rango medianamente posible. ¿Pero será posible un cambio brusco que entrañe que una fuerza pase en breve lapso de concitar las simpatías de un 2 o un 3 % a tener la adhesión de una mayoría? A mi no me lo parece, y si hubiera algunos casos históricos en los que las cosas parecieron ocurrir así, es obvio que los mismos se dieron en contextos en los que las mayorías campesinas carecían casi por completo de vida política (con lo que ciertos cambios mucho más rápidos eran más viables que en contextos de mayorías populares con culturas y tradiciones políticas sedimentadas) y, por cierto, dieron lugar a formas muy autoritarias de socialismo que hoy, creo, nadie querría emular.

Ahora bien, de tanto insistir y concentrar esfuerzos en construir ese órgano partidario capaz de golpear como un solo puño, las otras tareas no sólo son minusvaloradas, sino que muchas veces el accionar de los partidos termina socabándolas. Una prueba de esto es su incapacidad para trascender los marcos de la más estrecha marginalidad política. Podría ser que las condiciones objetivas impidan el crecimiento de una fuerza revolucionaria de fuste por lustros, que es lo que tiendo a pensar, y por eso mismo mi orientación estratégica es diferente. Pero no es esto lo que sostiene el PTS, entre otras cosas porque lo mismo no encaja con el diagnóstico de que estamos en una etapa de crisis, guerras y revoluciones. Pero si en verdad lo estamos, ¿por qué no se cosechan los frutos?. La insistencia en el puño, creyendo que así se golpeará más fuerte, termina haciendo que se olviden otros elementos de la lucha de clases. Uno es que quizá no sea siempre lo mejor jugarse todo por el todo a golpear con un solo puño: puede ser mejor pegar también con las rodillas, los codos, los pies y, sobre todo, con la cabeza. Pero incluso para gopear con un sólo puño con verdadera eficacia y dureza, además del puño bien cerrado, hace falta desplazamiento de piernas, giro de cadera, potencia en los brazos. Hasta que no tengamos todo esto, nuestro puño será impotente. Pero para tenerlo, creo, son necesarios otros métodos de construcción, otra cultura militante, otros diagnósticos de la realidad, otras concepciones estratégicas … y un lento y tortuoso proceso de reconstitución de la clase trabajadora, de todos los grupos oprimidos y de los grupos de militantes revolucionarios, al que poco favor se le hace soñando con cambios tan pero tan bruscos que se tornan inverosímiles.

Quizá tenga razón Juan cuando señala que debates como los que estamos sosteniendo acaso sean irresolubles por el simple expediente de apelar a argumentos: habrá que ver los resultados efectivos de las corrientes (intelectuales, sindicales, políticas) que cada análisis ayuda a impulsar. Pero en tal caso: ¿qué demostración práctica sería concluyente? Parece obvio que, como mínimo, ninguna experiencia sería concluyente hasta que algunos de nosotros sea capaz de hacer una revolución y garantizar que la misma siga un curso más o menos aceptable. ¿Significa esto que estamos obligados a optar en medio de la más absoluta incertidumbre? Creo que no, creo que toda opción política entraña una cuota de incertidumbre importante  y que, si somos honestos, casi siempre tendremos varias opciones igulamente legítimas ante nosotros … y deberemos optar por una (pero, ¡qué bueno que sería haerlo sin demonizar a quienes eligen otras!). Sin embargo, las descripciones factuales e incluso las explicaciones causales de los procesos no están sujetas a una incertidumbre tan grande. y en este terreno, creo que las descripciones de Juan no son sostenibles empíricamente. Abundando. yo acepto que el desarrollo de lo que se ha dado en llamar imperialismo supuso un cambio de magnitud a fines del siglo XIX y comienzos del XX, pero que hoy estamos en otra situación, que comenzó en realidad mucho antes de la caida de la URSS, pero que este suceso y los posteriores han tornado cada vez más visible. Las especificidades de tales cambios es motivo legítimo de discusión, pero, a mi juicio, suponer que las cosas son más o menos como las que Trotsky tenía ante sus ojos en los años treintas es empírica y conceptualmente una concepción errónea.

Yo no niego ni he ocultado nunca las falencias de quienes iniciamos un camino de revisión de las prácticas dominanates en la izquierda partidaria, sobre todo trotskysta: dificultadas para sostener el tesón militante, desconcierto sobre cómo construir modelos organizativos alternativos, en algunos casos perdida del horizonte revolucionario, etc. Pero entiendo que era y es indispensable asumir que nuestra época es profundamente diferente  las que vivieron todas las figuras y organizaciones en que nos referenciamos. Lo cual, después de todo, quizá no sea tan malo: a la luz del triste final de las experiencias revolucionarias del siglo XX, el que estemos ante una situación diferente puede ser más bien promisorio … a condición de que seamos capaces de captar los desafíos de tal época y de constituir una fuerza política, cultural, reivindicativa y política capaz de amenazar seriamente al capitalismo.

Publicado en losgalosdeasterix.blogspot.com.ar el 05/06/2012.

Category: Artículos, Ideas y debates, Política, Teoría marxista

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