Unas líneas sobre la situación política, el movimiento obrero y la estrategia de la izquierda

| 16 julio, 2012 | Comentarios (0)
Es un momento bastante peculiar en lo que a la situación política se refiere. Venimos de un período en que la «construcción de autoridad» del oficialismo fue de la mano con la gran política burguesa de recomposición de la autoridad estatal, lo cual redundó en beneficio de la institución del voto y la autoridad presidencial, como se vio el año pasado en las elecciones, donde el gobierno ocupó casi la totalidad del espacio político, frente a una oposición burguesa paupérrima. El régimen político se estabilizaba a medida que el oficialismo acrecentaba su poder.
Esa situación ha empezado a cambiar desde hace varios meses, pero ha pegado un salto con los hechos de las últimas semanas, que han venido dando un particular talante a la crisis política: del anuncio con bombos y platillos de la «expropiación» de YPF a los rumores de renuncia de Galluccio, los «éxitos» del gobierno se vuelven efímeros en la misma medida en que profundiza su política de ajuste.
El recrudecimiento de la interna del PJ, ligado a la lucha de camarillas por la sucesión presidencial, esconde y a la vez afecta dos problemas estratégicos para el régimen: por arriba, si CFK en su enfrentamiento con Moyano y Scioli no va a terminar dinamitando el peronismo como «partido de la contención», lo cual abre interrogantes aún mayores sobre el lejano 2015, ya que el ajuste impuesto y compartido por cristinismo y sciolismo (con perdón de los «ismos» históricos) en la PBA es una política eficaz para limar las aspiraciones del gobernador y la reforma constitucional para un nuevo mandato de CFK parecería descartada. Por este camino, el PJ no tiene carta de recambio, por lo menos con cierta proyección nacional y el cristinismo que no tiene el aparato territorial para cortarse solo definitivamente, tiene el mismo problema.
El otro, de fondo y por abajo, cómo manejar desde el punto de vista burgués la relación con el movimiento obrero (el cual ya de hecho se está empezando a constituir en «oposición social» tanto al cristinismo como al sciolismo) en vísperas de mayores impactos de la crisis internacional en nuestro país. La ruptura de la CGT, con los dos gremios con «posiciones estratégicas» más importantes como Camioneros y Petroleros en cuanto a su capacidad de paralizar el país ubicados en la oposición al gobierno, habla bastante de lo que se puede venir, como de que la burocracia teme lo mismo que el gobierno: por algo Pereyra va de adjunto de Moyano, pero tiene un discurso conciliador hacia el oficialismo y Moyano dice que va a profundizar los reclamos «sin hacer locuras». Pero más allá de las intenciones de los burócratas sindicales, la dinámica de clases es a mayores enfrentamientos.
La política restauradora del kirchnerismo, sin llegar ni de lejos a ser una «revolución pasiva» en el sentido gramsciano clásico del término, tuvo en común con ese mecanismo el desplazamiento de la lucha social en las calles a la gestión política desde el Estado. Con el telón de fondo de la recuperación económica post devaluación y con la colaboración del hoy denostado Moyano, pareció incluso que se resignificaba la identidad peronista del movimiento obrero. Sin embargo, el derrotero de la política oficialista está llevando de vuelta de la confianza en la política estatal hacia la lucha social, que no es otra cosa que lucha de clases. Como se dice acá, lo sustantivo es que se está abriendo un nuevo ciclo de experiencia de la clase trabajadora argentina con el peronismo, con la peculiaridad de que no existen, como en los ’70 corrientes «peronistas revolucionarias» y en los sectores del sindicalismo de base el peso del trotskismo es abrumador, aunque son momentos preparatorios y es de destacar que a mayor crisis capitalista surgirán más y no menos mediaciones entre nosotros y las masas de la clase obrera.
Al peronismo, como a todos los fenónemos políticos, se le aplica la máxima de que todo lo que existe merece perecer. Pero cabe recordar que este partido que marcó a fuego la historia argentina ha sabido administrar (por una combinación de viveza criolla, golpe de vista y voluntad de poder) su propia declinación histórica, siguiendo los vientos de la economía y la política internacional. Por eso, lo más probable es que vayamos a un período más convulsivo, caracterizado por el «ya no más» de la hegemonía peronista en el movimiento obrero pero también por el «todavía no» de la conquista de la independencia de clase del proletariado.
Desde este ángulo, las tareas planteadas por la Conferencia Nacional de Trabajadores del PTS, de lucha antiburocrática y por la independencia de clase son precondiciones indispensables para cualquier posibilidad de poder obrero.
Las elecciones del 2013 seguramente serán un termómetro del desarrollo de los elementos arriba mencionados. Si bien en el contexto de la situación argentina no se puede descartar el surgimiento de una izquierda con mayor peso electoral (para lo cual el FIT ya está posicionado), lo central no pasa por ahí.
La apuesta táctica por un desarrollo parlamentario de la izquierda, es subsidiaria (más allá de las intenciones de quienes la sostengan) de la hipótesis estratégica de «gobierno de izquierda», alentada recientemente en Grecia por amplios sectores de la izquierda y la intelectualidad, incluidos nuestros aliados del PO, con pésimos resultados (esta consigna a su vez es una versión libre y aggiornada de la táctica de Gobierno Obrero del IV Congreso de la III Internacional que de por sí tenía ciertos ribetes gradualistas).
Esta hipótesis (que supone algún tipo de progresión electoral hacia el poder) tiene la dificultad adicional de que en un país como la Argentina, por el peso de la tradición peronista, no existe un «reformismo obrero» (indispensable para una línea así) que sea reformista pero independiente de los partidos patronales, con lo cual no habría posibilidades de reeditar una experiencia como la del gobierno de Sajonia, en el cual ingresaron los comunistas en frente único con la socialdemocracia y cuya defensa frente a la reacción sería el pretexto para desatar la lucha por el poder obrero a escala nacional en el llamado (y fallido) Octubre alemán (1923), siendo esta la versión más revolucionaria posible de un «gobierno de izquierda».
Las experiencias de la clase obrera en nuestro país, desde la Semana Roja hasta las jornadas de julio de 1975, pasando por la huelga de la construcción de 1935 y la huelga general de 1936, la toma del Lisandro de la Torre, el Cordobazo y todos los «azos» y las rebeliones antiburocráticas de 1973/74 plantea lo esencial de la hipótesis estratégica de la dinámica posible del levantamiento obrero más apta para suelo patrio: la huelga general con eje en los grandes centros urbanos, control de las calles y organización de la autodefensa por los trabajadores. Para que esta avanzada de los trabajadores pueda triunfar es necesaria una alianza obrero-popular, que garantice el apoyo de los pobres de las grandes barriadas tanto como de sectores de las capas medias. Y obviamente una dirección política que sostenga esa estrategia, que como planteamos acá, es un partido revolucionario.
Trotsky decía que la huelga general plantea el problema del poder pero no lo resuelve. Por eso no se trata solamente de preparar un «nuevo 19 y 20» o un «19 y 20 + intervención de la clase obrera». Sin embargo, cualquier hipótesis de avance político de la izquierda trotskista no puede estar desligada de la recuperación de las formas de lucha y experiencias más avanzadas de la clase obrera a escala nacional e internacional.
Publicado en losgalosdeasterix.blogspot.com.ar el 13/07/2012.

Category: Artículos, Frente de Izquierda, Movimiento obrero, Política

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