Linchamiento, crisis social y hegemonía obrera

| 8 abril, 2014 | Comentarios (0)

La política argentina y los fenómenos sociales se mueven a una velocidad impactante. Emerge, a cada momento, la combinación de los tiempos de la política, la crisis económica y aquellos que corresponden a la crisis social. En esa combinación de tiempos y procesos irrumpen elementos brutalmente reaccionarios (como los linchamientos) y elementos progresivos (como el paro que habrá este jueves 10/4).

Pero esos procesos combinados responden, en gran parte, a elementos determinados por el desarrollo de las diversas clases sociales en la última década. Las clases medias y la clase trabajadora se encuentran, hasta cierto punto y por el momento, en tendencias divergentes y esto es lo que, en parte, explica la combinación de procesos reaccionarios y progresivos.

Dinámica(s) de clase(s)

Hace una semana escribimos que la fuerza social de la clase trabajadora -que daba lugar a una determinada relación de fuerzas- era una de las explicaciones de fondo al paro convocado para este jueves, así como lo había sido en relación al paro docente y su dinámica. El triunfo político que éste implicó contra el gobierno abrió la posibilidad de la imposición de un nuevo piso salarial, como se evidencia en los pedidos de diversos gremios, superando lo consensuado entre gobierno, patronales y burocracias como la de Caló y Gerardo Martínez.

El paro del 10/4, que muchos anuncian ya como una gran acción del movimiento obrero, seguirá expresando esa situación. Permitirá a la clase obrera tonificar sus músculos. Planteará, de manera aún parcial, la cuestión de quien es el dueño del poder en la Argentina, mostrando una vez más que el país burgués normal no existe sin la fuerza aportada por la clase trabajadora. Al mismo tiempo, fortalecerá la perspectiva de una mayor intervención obrera en el período siguiente, sea a través de luchas parciales o a través de fenómenos político-sindicales. Eso fue lo que vimos a lo largo del 2013 como producto del 20N. En ese avance parcial de la fuerza obrera, de la confianza en sus propias fuerzas, reside el peso del paro nacional.

Del otro lado de la moneda, el país de los “linchamientos” expresa también contradicciones sociales profundas que actúan como contra-tendencia a la dinámica descripta. La clase media -como muy bien señaló FR– expresa el “sujeto atemorizado” frente la perspectiva y las secuelas reales de la crisis. Ese “temor” es el resultado de una década de bonanza social y económica -que llega a su fin- pero que permitió configurar una subjetividad con fuertes elementos de individualismo en las clases medias. A años luz del “piquete y cacerola, la lucha es una sola”, las clases medias actuales se hallan, mayoritariamente, en el extremo derecho del arco político gracias a los beneficios materiales de la “década ganada”. La construcción de esta subjetividad tuvo sus hitos de masas, como se pudo contemplar en los cacerolazos masivos, teñidos de color reaccionario (a la que cierta izquierda apoyó sin ruborizarse) y el pasado inmediato de aquellos hay que buscarlo en el apoyo abierto a las patronales agrarias durante el conflicto por la Resolución 125. La “defensa de la propiedad” se convirtió en un valor sustancialmente más importante que el derecho a la vida.

Los brotes fascistoides que implican los linchamientos dan actualidad a aquella vieja definición de Trotsky de que el fascismo es una operación de dislocación del cerebro de la pequeña burguesía en función de los intereses de sus peores enemigos, los burgueses (véase acá).

Neoliberalismo y pobreza estructural

Que las clases medias puedan generalizar su ideología se debe al peso no menor que ocupan en la “construcción de la opinión pública”, muy bien reflejado en el post citado de FR. Pero además en la presencia de elementos estructurales que llevaron al hundimiento de franjas enormes de las masas en una profunda situación de pauperización.

El neoliberalismo significó un retroceso social y económico para sectores enormes de las masas en todo el mundo, a contrapelo del crecimiento exponencial de las ganancias y el poder de los grandes capitales imperialistas. Sobre esas bases es que emergen los procesos que los medios de comunicación y la burguesía definen como “delincuencia” o “inseguridad” sin más discusión de fondo.

Los avances constantes en la precarización del trabajo implicaron la consolidación de democracias capitalistas elitizadas, donde amplios sectores de las masas quedaron por fuerza de lo que podríamos llamar -siguiendo a Daniel James- “ciudadanía social”. El capitalismo, en las últimas décadas, recreó bolsones de miseria y pobreza donde el “sálvese quien pueda” se convirtió en sentido común extendido. Eso implicó una creciente fragmentación de los lazos de solidaridad de clase entre sectores de trabajadores en blanco y pobres urbanos que, en muchos casos, se convirtieron en base de maniobras del clientelismo estatal. De esa lucha de pobres contra pobres se nutre la política burguesa y toma sus fuerzas la construcción mediática de la opinión pública clasemediera.

Crisis social, linchamientos y clase obrera

A inicios de los años 30, en una Alemania que parecía marchar indefectiblemente hacia el régimen nazi, Trotsky advertía la necesidad de que el PCA buscara ganar influencia, a través de la política del frente único, sobre la clase obrera dirigida por la socialdemocracia. Influencia que tenía, entre otros, el nada despreciable objetivo de impedir el desarrollo del fascismo entre las clases medias.

El revolucionario ruso escribía “La pequeña burguesía debe adquirir confianza en la capacidad del proletariado de llevar a la sociedad por un nuevo camino. El proletariado sólo puede inspirar esa confianza por su fortaleza, por la firmeza de sus acciones, por una hábil ofensiva contra el enemigo, por el éxito de su política revolucionaria” (p.242). Contra la visión burocrática del estalinismo, el fascismo era un “problema real” (p.32) que obligaba a la política del frente único. El ascenso de Hitler, casi sin batalla, evidenció lo correcto del pronóstico de Trotsky.

En Argentina, los linchamientos abren el camino para una política represiva por parte de la clase dominante. La militarización de la provincia de Buenos Aires, los controles callejeros masivos en Córdoba, la justificación del endurecimiento de todo tipo de medidas se descargará, primero, sobre los pobres urbanos -y en especial sobre la juventud- para luego intentar convertirse en un elemento activo de la represión a las luchas de la clase trabajadora. En este aspecto, para la vanguardia obrera combativa y la izquierda revolucionaria, los linchamientos y sus consecuencias políticas, son un problema real.

Si la dirección burguesa de la Socialdemocracia -con la colaboración del estalinismo- abría el camino del avance del fascismo por medio de la negativa a una pelea seria, la dirección peronista burocrática de los sindicatos argentinos abre el camino del fortalecimiento de una política represiva por medio de la condena a los pobres. Las declaraciones de Barrionuevo, definiendo que los pobres son potenciales asesinos, amén de un cinismo descarado-muchos trabajadores gastronómicos son pobres por el nivel de precarización laboral que padecen- implican un aval abierto a la política represiva de la burguesía en su conjunto. Desde ese punto de vista socavan la alianza social que la clase trabajadora necesita con el pueblo pobre para vencer a los capitalistas en el marco del ajuste que está en curso.

Su función social -la contención a la clase obrera y sus luchas-se entrecruza con sus intereses materiales. Trotsky, en Adonde va Francia, ilustraba como los dirigentes burocráticos de los sindicatos estaban infinitamente más identificados con la burguesía y su personal político que con la clase obrera. Para burócratas millonarios como Barrionuevo, Caló o Moyano, un pobre es un enemigo que pone en peligro su propiedad y la propiedad, como en el caso El avaro de Moliere, es la vida.

Sobre la cuestión de la hegemonía obrera

Sobre la base de este entrecruzamiento de tendencias vuelve a emerger el debate sobre la cuestión de la hegemonía obrera que, planteada en un sentido político, implica una tarea estratégica de la izquierda en el próximo período.

Si la clase trabajadora continúa avanzando en el camino de una mayor intervención en la lucha de clases, poniéndose en pie para la defensa de sus intereses, esto no necesariamente implica un avance en la superación de viejos prejuicios, entre los cuales cala la cuestión de la condena a los pobres urbanos por su estigmatización como “ladrones”. La conciencia no sigue un camino lineal de desarrollo hacia “adelante” a partir de la lucha sindical.

La posibilidad real de esa superación depende, en parte no menor, de la acción de la izquierda que gana influencia en su seno. La superación de estos límites subjetivos implica la apertura del camino hacia la hegemonía obrera, es decir hacia la capacidad de presentarse ante el conjunto de las masas oprimidas y explotadas como clase social capaz de dar una salida profunda a la crisis del país.

La lucha por el desarrollo de una nueva subjetividad, que se constituya sobre la base de unir a la clase obrera en blanco con los pobres urbanos como un objetivo central, debe ser parte del combate cotidiano de la izquierda que se proponga conquistar los futuros caudillos obreros de masas, al estilo de los Kajurovs que Trotsky reivindicó fenomenalmente en Historia de la Revolución Rusa.

Sobre esa base y sobre la base de un programa que implique poner en cuestión efectivamente a los verdaderos responsables del hundimiento de las clases medias, es decir los grandes capitalistas, se podrán dar pasos en la constitución de la clase trabajadora como sujeto revolucionario independiente y clase hegemónica. Esa debería ser la perspectiva estratégica del conjunto de la izquierda trotskista, más allá de los éxitos electorales de coyuntura.

Category: Artículos, Ideas y debates, Teoría marxista

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