Crónica de una indeterminación inesperada

| 12 noviembre, 2009 | Comentarios (0)

Intentaremos abordar aquí uno de los debates epistemológicos que marcaron el siglo XX y en el que la lingüística ocupó un lugar central: el debate entre W. Quine y N. Chomsky, de enorme trascendencia para las teorías sobre la adquisición del lenguaje, para la filosofía del conocimiento y para la declinación del empirismo moderno que, queriendo superar los callejones sin salida a los que había llegado el positivismo lógico, terminó acercándose al escepticismo epistemológico.

Quine consideró la relación entre “las palabras y la cosas” –es decir, el problema de cómo asignamos determinadas definiciones a las referencias objetivas y cómo las podemos caracterizar como verdaderas o falsas– discutiendo directamente contra las nociones “mentalistas” previas, aquellas que consideran a los “sentidos” como entidades previamente existentes con los que el sujeto de alguna manera se pone en contacto, etiquetándolos con palabras. Apelará en contraposición a una noción del lenguaje y de significado como conductas “públicas” en situaciones observables[1].

El problema de la significación lo encaró desde una posición conductista en lingüística, es decir, desde la observación de las disposiciones lingüísticas de los hablantes, intentando definir el significado, en principio, como aquello común entre dos lenguas, la propia y una extraña, en una situación de “traducción radical” donde no puedan darse por supuestos conceptos como “ideas”, “sentidos” o “sinonimias”, sino donde el intérprete cuente sólo, como cuando aprendemos nuestra propia lengua, con la conducta lingüística de sus hablantes. De los planteos de Quine derivados de este análisis, el más polémico e influyente ha sido el de la “indeterminación de la traducción” que postula Quine en Palabra y objeto y continúa defendiendo en escritos posteriores.

Del conductismo al relativismo

Los planteos de Quine en torno al lenguaje están explícitamente opuestos a las visiones que llama mentalistas o del “mito del museo”, según las cuales los significados serían como obras exhibidas en un museo, con las palabras que los designarían como rótulos, con los cuales entrarían en contacto los hablantes.

Uno de los puntos relacionado con esta concepción semántica que atacará será la dicotomía epistemológica entre verdades analíticas, verdaderas en virtud de su significado, y sintéticas, verdaderas en virtud de información del mundo: “Me parece que la noción de esa dicotomía no hace más que promover impresiones confusas acerca de cómo se relaciona el lenguaje con el mundo”[2]. Este ataque aparecía ya en “Dos dogmas del empirismo”[3], donde Quine relacionaba esta división analítico / sintético con la división establecida entre la filosofía y ciencia: las verdades analíticas, que no podían ser falsas y eran independientes de los hechos, eran tratadas por la filosofía como paradigmas de la verdad, y las sintéticas, contrastables con los hechos, eran tratadas por la ciencia. Esto ubicaba a la filosofía “por encima” de las ciencias y la alejaba de los hechos, algo que Quine no está dispuesto a hacer en su defensa de un empirismo “sin dogmas”.

Así, para que su propia versión de la definición de significado no incluya conceptos “oscuros” y circularmente definidos como sentido, sinonimia y analiticidad, planteará la idea de la “traducción radical”, esto es, una situación hipotética donde el intérprete no conoce nada del lenguaje extraño que pretende traducir, al que deberá acercarse centralmente mediante la observación de las disposiciones lingüísticas del hablante, esto es, su disposición a asentir o disentir frente a un enunciado observacional propuesto (amen de otros recursos que introducirá Quine luego).

Debe destacarse que esta situación radical estipulada busca evitar presuposiciones mentalistas, pero como dirá Quine, los mecanismos y conclusiones de allí extraídas son aplicables al aprendizaje y uso de nuestra propia lengua. Tanto como en la traducción radical, los que se inician en el aprendizaje de su propia lengua no tienen otro recurso que la conducta de sus congéneres y las correcciones que éstos hagan a sus dichos. De allí que, dirá, en lingüística no haya más opciones que ser conductista[4]. Con ello quiere decir que cualquier atribución posible de significado requerirá una situación de práctica lingüística donde éste se manifieste.

El traductor se basará como regla general en el principio de “caridad” o “empatía”, un principio derivado del conductismo, según el cual el nativo asentirá y disentirá, en las mismas circunstancias, a las mismas oraciones frente a las que nosotros actuaríamos de tal forma. Sin ello la traducción no sería posible, pero además, según opina Quine, es ésta la actitud que tienen quienes enseñan el lenguaje a los niños de su propia comunidad hacia ellos.

Los recursos con que cuenta el traductor, y que compondrán el “manual de traducción” del lenguaje objeto, serán: el “significado estimulativo”, constituido por las disposiciones a asentir o disentir a una oración en relación a las circunstancias de un momento dado, lo que permite aislar una suerte de “alcance empírico” de cada oración propuesta, sin “apelación a la teoría que lo contiene”[5] (es decir, la lengua a la que pertenece, que incluye las creencias y nociones de significado que se pretende dejar en suspenso para apelar a los datos observables de la experiencia); e hipótesis analíticas, esto es, relaciones no entre oraciones sino entre términos de esas oraciones que permitan delinear una sintaxis del lenguaje objeto y avanzar en él. Las hipótesis analíticas pueden ser la evaluación de las conectivas lógicas, las “sinonimias intrasubjetivas” de sentencias ocasionales y la “analiticidad estimulativa”. Debe notarse que en todos los casos, las hipótesis deberán corroborarse también mediante las disposiciones lingüísticas del hablante.

En el caso de la traducción de las conectivas lógicas, Quine considerará que su traducción es tan “directa” como los “significados estimulativos”, ya que se basan en “criterios comportamentísticos”[6]. Los otros dos casos postulan relaciones que van más allá de la observación de las circunstancias. Si bien no supondrán una definición tradicional de sinonimia o analiticidad, sino sólo que los hablantes de tal lenguaje asienten a dos términos como sinónimos para sí, o a una misma oración en toda circunstancia, respectivamente, ambas “rebasan todo lo implícito en las disposiciones de comportamiento lingüístico”. Por ello, amplían la traducción más allá del “ámbito en el cual puede encontrarse evidencia independiente”[7] y pueden dar como resultado manuales de traducción rivales que contemplen todos los significados estimulativos observables (que son universales), pero sin embargo no traduzcan la oración del lenguaje objeto de manera equivalente (ya que las hipótesis analíticas suponen proyectar en los hablantes del lenguaje objeto nuestras propias creencias sobre, por ejemplo, las analogías lingüísticas): “el traductor radical no tiene más remedio que imponer tanto, más o menos, como descubre”[8].

La conclusión a la que arriba es la tesis de la indeterminación de la traducción: no podemos avanzar sobre el lenguaje objeto más que agregando a los significados estimulativos y conectivas lógicas distintas hipótesis analíticas, pero como éstas rebasan lo observacional, no podemos considerar a un manual como “el” correcto sobre los otros posibles. Con ello negará entonces que los significados sean algo determinado, que la referencia sea una entidad absoluta o universal definible para todas las lenguas que con distintas palabras se refieran a ella.

Lo que Quine ha llamado “inescrutabilidad de la referencia”, que luego redenominará “relativismo ontológico” o “indeterminación del referente”, se refiere a los términos o cláusulas particulares de una oración cuyas referencias no están igualmente determinadas en el lenguaje objeto y el que traduce, pero que pueden compensarse entre sí, y a pesar de ser divergentes como términos, funcionar fluidamente en la comunicación (por ejemplo, tomar “gavagai” como “conejo”, o “estadío de conejo”, “conejo en el proceso de pasar”, etc.). Ello responde a que cada manual de traducción supone una ontología para esa lengua, por ejemplo, tomar “gavagai” como el animal entero, o como conejidades actuantes, o como estadíos conijeriles, etc. Pero con compensaciones adecuadas, las oraciones que contengan tales términos pueden producir oraciones con iguales valores veritativos (un hablante podrá asentir o disentir, y actuar en consecuencia, si le planteo “llevemos ese conejo para comer, tanto como si le planteo “llevemos ese estadío de conejo para comer”, por ejemplo). Es una versión débil de la indeterminación de la traducción, y “cuando una oración es vista analíticamente […] se convierte en una verdad trivial e incontrovertible”, dirá Quine[9].

La indeterminación de la traducción en sentido fuerte, en cambio, considera divergencias en la traducción tomadas holofrásticamente y no por términos, y postula que tales divergencias son inconciliables y pueden modificar la traducción de otras oraciones “globalmente consideradas”[10], es decir, pueden incluso plantear traducciones “patentemente contrarias en cuanto a valor veritativo”[11]. Así, la indeterminación de la traducción no es un problema de tipo gnoseológico (no se trata de que nos falten datos del mundo para verificar uno u otro manual) sino ontológico, dado que las hipótesis analíticas no tienen materia objetiva sobre la cual contrastarse.

Para Quine, entonces, que la comunicación pueda ser fluida no supone que los modos de referenciar que en ella se llevan a cabo determinen una referencia universal o absoluta con la que durante la conversación nos pongamos “en contacto” tanto el hablante como el oyente que lo interpreta. Lo que supone es que dentro de un determinado lenguaje lo que hacemos es dejar en suspenso la definición unívoca de tal supuesta referencia común, y con mecanismos compensatorios logramos comunicarnos.

Apelando a la indeterminación en sentido fuerte, que toma al lenguaje objeto de conjunto y sus hipótesis analíticas, Quine realiza aquí un paralelo entre lenguajes y teorías científicas: “Del mismo modo que sólo podemos hablar significativamente de la verdad de una sentencia dentro de alguna teoría o esquema conceptual, así tampoco podemos hablar significativamente de sinonimia interlingüística más que dentro del discurso de algún concreto sistema de hipótesis analíticas”[12].

Según Quine, podemos colegir que los problemas del significado están tan indeterminados como los de la Física; sin embargo, anota una diferencia importante en esta analogía: mientras los parámetros de verdad de una teoría física están “bien fijados”, no lo están “las hipótesis analíticas que constituyen el parámetro de traducción”[13]. Es decir que si epistemológicamente la indeterminación corre tanto para la Física como para la lingüística, el lenguaje conlleva una indeterminación extra, de tipo ontológica.

Dijimos que Quine consideraba que si podía haber atribución de significado, debía poder plantearse para éste una situación de habla donde pudiera corroborarse: “En la práctica, admitimos que alguien comprende una oración mientras no nos resulten sorprendentes las circunstancias en las cuales la profiere o su reacción cuando las oye”[14]. Pero dado que las oraciones de un lenguaje son infinitas, y el traductor o hablante de esa lengua no puede contrastarlas todas, deberá recurrir a hipótesis analíticas. Pero dado que las referencias no están determinadas sino que son las hipótesis analíticas las que atribuyen una ontología para esa lengua, no encontraremos para ellas “hechos” objetivos sobre los cuales elegir un manual de traducción u otro, ya que estos últimos se establecen justamente a través de tales hipótesis. Esto diferencia a la lingüística de las teorías físicas que pueden contrastarse con la aparición de nuevos hechos objetivos que están dados más allá de la teoría en las cuales puedan enmarcarse históricamente, y que dichas teorías podrán o bien explicar o bien ser refutadas por ellos. Hasta aquí el planteo quineano de base.

Críticas y reafirmaciones

Distintos filósofos han discutido estas tesis, y también de los desarrollos de la lingüística surgieron algunas de las críticas más importantes, sobre todo de la mano de Chomsky, cuya propuesta de una gramática generativa se oponía a las conclusiones de Quine. Este último ha respondido a su vez a algunas de las objeciones, reafirmando sus puntos. Este debate ha sido piedra de toque para muchas defensas y refutaciones posteriores. La teoría misma de Chomsky amerita mucho más espacio que el aquí disponible y nos resulta, en muchos puntos, también discutible. Señalaremos sólo los puntos centrales que hacen a lo que queremos discutir en Quine.

Adquisición del lenguaje e innatismos:

El problema del aprendizaje lingüístico no sólo es mencionado en Quine como situación análoga a la de la traducción radical, sino que es uno de sus ejes. Como dijimos, la postulación de la traducción radical apuntaba a eliminar posibles supuestos, pero su objetivo era explicar un fenómeno que existe “también en casa”: la indeterminación de la traducción apuntaba a cuestionar no sólo las relaciones entre distintas lenguas sino a establecer la indeterminación de la referencia y de la traducción (en caso de no ser homófona) para los hablantes de una misma lengua. Por tanto, explicar cómo se adquieren y cuáles son esos mecanismos tendría que poder explicarse dentro de los planteos quineanos. Pero éstos parecen estar lejos de poder hacerlo.

En su crítica, Chomsky apunta a un fenómeno central del leguaje que lo hace, si no fuera por la habitualidad con que se presenta, un proceso asombroso: ¿cómo es que de unos pocos fonemas articulables por el aparato fonador humano, en cada lengua, los hombres pueden derivar infinitas oraciones?[15] Sobre todo considerando que en el proceso de aprendizaje se trata de pequeños de pocos años, con escasas observaciones en su haber, y con la necesidad de, a la vez, “educar” sus cuerdas vocales, y que sin embargo logran comunicarse y adquirir elementos del sistema lingüístico.

Para Chomsky no es para nada obvio que el lenguaje pueda reducirse a una “red de oraciones asociadas entre sí y a la vez, a los estímulos externos por los mecanismos de respuesta condicionada” y que de allí pueda seguirse que “la disposición al comportamiento verbal de una persona pueda ser caracterizada en términos de tal red”[16]. Pero aún considerando esta noción del lenguaje, si éste fuera “un complejo de disposiciones para responder bajo ciertas circunstancias dadas”, sería no sólo finito sino “extremadamente pequeño”[17]. Aún aceptando las “analogías” que Quine menciona como mecanismo del hablante para extender las conclusiones sacadas de los enunciados observacionales a otros no observacionales, los resultados resultarían más bien magros.

Chomsky argumenta que si por “analogía” Quine se estuviera refiriendo a los mecanismos de la gramática generativa que permite formar las oraciones en una gramática particular, podría coincidirse, pero su noción de analogía parece abarcar ejemplos bastante limitados como la sustitución de “mano” por “pie”, y que además Quine las considera sólo un mecanismo para “acelerar los hechos”[18].

Para Chomsky, la única explicación aceptable de los estudios lingüísticos realizados es una competencia lingüística innata, que permite “desarrollar ciertos principios (inconcientes, por supuesto) que determinan la forma y el significado de indefinidamente muchas oraciones”. Tal será su propuesta de una gramática universal, que permitiría la adopción de las reglas gramaticales de una lengua particular, y que supone más elementos funcionando en el aprendizaje del lenguaje que la observación de situaciones de habla y el “reforzamiento social”, visión que para Chomsky es empobrecedora y está en “agudo conflicto con cualquier evidencia que tengamos sobre estos hechos”[19]. Por otro lado, la apelación al innatismo bien podría ser aceptado por Quine, aduce Chomsky, ya que acepta “innatismos” como el del “espaciamiento cualitativo” donde se realiza una observación.

Quine contestará manteniendo sus posiciones. Reconoce cierta “gramática” generativa que mediante “sustituciones analógicas” permite una infinidad de oraciones, aunque efectivamente, no explica mucho más de esas analogías. Por otro lado, Quine acepta cierta “aptitud” lingüística como innata, pero no su aprendizaje, que responde a comportamientos observables de los hombres donde no hay un lenguaje innato[20]. En otro texto volverá sobre el punto definiendo que el conductista está “sumergido hasta el cuello en los mecanismos innatos de la actitud para aprender” y que sin duda, también en acuerdo con Chomsky, el “condicionamiento de las respuestas” no es suficiente para explicar el aprendizaje del lenguaje[21], por lo que el traductor debe introducir las hipótesis analíticas[22]. Pero mantiene la indeterminación que eso supone para un “empirismo moderno” que ha dejado de hablar de “ideas” para considerar “disposiciones a una conducta observable”[23]. Sobre esto volverá Chomsky.

Pero antes digamos que aún considerando que tal indeterminación de la referencia y de la traducción exista, lo cierto es que el lenguaje es un conjunto de mecanismos codificados que permiten a sus hablantes hacer referencias, aunque éstas puedan considerarse ontológicamente indeterminadas. Si se pretende dar cuenta de la adquisición del lenguaje, son éstos mecanismos, entre otros, los que deberían ser explicados. Eso intenta la posición chosmkyana, aunque atribuye un innatismo por su parte demasiado amplio para explicarlo[24]. Por su parte, la posición de Quine sigue siendo demasiado reducida para explicar ese fenómeno mediante la “conducta observable”, las analogías y las compensaciones derivadas de allí[25]. Podría aducirse que no es éste el objetivo de Quine y que son otros sus intereses a estudiar en el lenguaje (particularmente, cuestionar el mentalismo). Bien podría ser ello legítimo, pero él mismo introduce e insiste con un fenómeno que no logra explicar.

Analogía lenguaje / teorías:

La analogía entre lenguaje y teorías científicas no es extraña a Chomsky. La gramática particular que en su visión todo individuo internaliza puede describirse, dirá, como “la teoría” de su lenguaje:

…se puede describir la adquisición del lenguaje por el niño como una especie de construcción de teoría. Con los datos escasísimos que se le ofrecen, el niño construye una teoría del lenguaje, de la cual son una muestra estos datos […] La teoría que de algún modo ha ido formando tiene un alcance predictivo del cual los datos en que está fundada constituyen una parte insignificante[26].

Con ello quiere dar Chomsky cuenta, una vez más, de la creatividad lingüística, justamente aquella que se extiende más allá de los datos observables.

Pero en Quine, como dijimos, la analogía apunta a que ese rebasamiento de los datos empíricos lleva a una indeterminación tanto en su sentido débil como fuerte. En su sentido débil, epistemológico, esta indeterminación afecta tanto a las teorías científicas de la física como del lenguaje. Pero como señalamos, en el caso de la lingüística acarrea una indeterminación mayor, ontológica.

Para Chomsky es discutible el hecho de que las hipótesis analíticas, no inductivas, sean utilizadas en la construcción de teorías científicas y acarreen posibles indeterminaciones gnoseológicas, mientras que si se trata de teorías lingüísticas, lleven a un tipo de indeterminación especial, más radical. Es decir, debería probarse por qué para el lenguaje sólo parece “razonablemente determinada” la inducción a partir de situaciones observacionales, mientras que en las ciencias como la Física pueden ampliarse los recursos. De existir tal indeterminación, lo que debería considerarse es que es pertinente tanto al lenguaje como a la Física.

Los “hechos” en Física y en lingüística:

Chomsky considera que los planteos de Quine en definitiva apelan al clásico esquema escéptico respecto al conocimiento. Pero además, lo considera inconsecuente al dejar afuera a la Física: es un “dogma empirista” admitir teorías tentativas en la física pero no en el lenguaje[27], dirá. Esta crítica chosmkyana será reiteradamente dirigida a Quine por otros filósofos. Rorty, por ejemplo,  declara que Quine debería “o bien abandonar la noción de ‘hecho objetivo’ a lo largo de toda la línea, o bien reinstalarlo en la lingüística”[28].  Alston denominó esta distinción de Quine como un “doble standard” hacia la física y la lingüística[29].

Gibson ha reunido varios de los argumentos de críticos como Chomsky o Rorty, pero también de quienes guardarían mayor simpatía con esta visión de Quine, como Føllesdal. A los tres les ha criticado Gibson tomar la indeterminación de la traducción metodológicamente, cuando en realidad los motivos de Quine son ontológicos, basados en su posición naturalista y particularmente, fisicalista[30], o sea, que cuando se refiere a hechos objetivos se refiere a hechos físicos, que no podrán encontrarse, claro, en el lenguaje.

Quine parece acordar con este fisicalismo que se le atribuye. Respondiendo a una crítica de Alston, Quine dirá que si esa indeterminación en “metodológicamente” aplicable en ambos terrenos, en el caso de la traducción, la indeterminación se mantiene incluso suponiendo exactamente los mismos “estados” observables de los organismos. No habrá “hechos” para contrastarlos: “no estoy hablando de criterios, sino de la naturaleza”[31].

La distinción no es entonces metodológica sino ontológica. Si no hay significados objetivos o determinados más allá de una lengua dada, dentro del cual los significados se definen según las hipótesis analíticas que ésta contiene, buscar  “hechos” que externamente permitan optar por alguna de los manuales de traducción (como los hechos externos permiten optar entre una u otra teoría física), sería volver a la idea de que existen significados objetivos, una forma de la noción mentalista de los significados que Quine descartó ya:

La gente persiste en hablar así de conocer el significado, y de dar el significado, y de sinonimia de significado donde pueden omitir la mención del significado y meramente hablar de entender una expresión, o hablar de la equivalencia de expresiones y el parafraseo de expresiones. Lo hacen porque la noción de significado es considerada como de alguna manera explicativa del entendimiento y la equivalencia de expresiones. Entendemos las expresiones sabiendo o alcanzando su significado; y una expresión sirve como traducción o parafraseo de otra porque significan lo mismo. Esta es por supuesto una explicación espuria, en el peor de los casos, una explicación mentalista[32].

Como tales significados no existen objetivamente, se mantiene la indeterminación de la traducción. Pero la relación entre plantear alguna noción de sinonimia o significado con la noción mentalista no parece del todo justificada. Como planteamos respecto a Chomsky, éste no considera a los elementos innatos como algo no corporal, sino como características abstractas de ciertos mecanismos físicos que aún no conocemos bien cómo funcionan. Si no son tradicionalmente físicos en el sentido de palpables, tampoco son ideas existentes independientemente del aparato neurológico.

Alston, por su parte, señala también que sostener que hay hechos y conocimientos semánticos que no son ni hechos ni conocimientos de disposiciones conductuales (por ejemplo, la noción de significado convencional de las palabras de mi propia lengua), no implica que se sostenga una versión mentalista en el sentido del mito del museo:

… mi conocimiento práctico de lo que significo por las palabras que uso es como el conocimiento práctico de cualquier cosa que haga intencionalmente, por ejemplo, abrir un frasco. Hay poca tentación en este caso de suponer que mi conocimiento de que estoy abriendo un frasco […] consista en una conciencia introspectiva de ideas, imágenes, sentimientos o cosas por el estilo[33].

Føllesdal ha intentado una defensa de Quine que evite el fisicalismo pero se mantenga fuerte en el conductismo, al que considera suficiente para sostener la indeterminación. Para ello ha definido a los significados de una expresión como el producto conjunto de toda la evidencia que ayuda a los usuarios de un lenguaje para determinar ese significado. Lo esencial sería entonces que el significado es producto de la evidencia (y por tanto sostén de una base conductista) y deja abierta la cuestión de si esa evidencia tiene que ser sensorial o de otro tipo. La indeterminación especial de la lingüística se sostiene aun sin este fisicalismo porque en el lenguaje los significados no existen hasta que forman parte del lenguaje, mientras que sí son preexistentes los hechos físicos antes de cualquier teorización[34]. Quine parece haber aceptado esta versión declarando: “Lo que importa es sólo que el significado lingüístico sea una función del comportamiento observable en circunstancias observables […] Un conductismo más amplio es irrelevante; el fisicalismo es irrelevante; el monismo es irrelevante”[35].

Pero la indeterminación de la traducción, especial para la lingüística, ha tenido otro tipo de críticas, tales como la de Orayen, quien ha reafirmado que, además, la derivación de la tesis más fuerte, la ontológica, de la más débil, gnoseológica o metodológica, no encuentra en Quine una buena justificación a lo largo de sus escritos, que tienden a argumentar sobre la versión gnoseológica y de allí derivar, sin que quede clara la inferencia, la ontológica. La conclusión de Orayen es que en el caso de la lingüística, Quine utiliza implícitamente un supuesto operacional que al no cumplirse, probaría su indeterminación ontológica, mientras descartaría para la física tales tipos de presupuestos, porque resultan insostenibles a la luz de las teorías científicas actuales y que además contradeciría la intención holista de Quine, ya que supondría la verificación de términos y oraciones aisladas[36]. Esto le parece arbitrario. Puede sostenerse que nuestro conocimiento del mundo físico descanse en última instancia en el comportamiento observable de la materia, pero no se desprende de ello que

… el mundo físico es sólo un complejo de disposiciones a comportamiento observable en circunstancias observables. Si admitiéramos esto, una tesis operacionalista para la física en general sería derivable. Pero esto no resulta admisible en la epistemología actual ni en la filosofía de Quine. ¿Por qué deberíamos hacer una diferencia entre el caso de la lingüística y el de la física?

Por ello le parece aceptable la versión débil de la tesis, pero por los motivos inversos a los de Quine: es adecuado postular la indeterminación gnoseológica justamente porque muchos de los problemas lingüísticos no se pueden plantear sólo en términos a disposiciones a la conducta verbal[37].

Revisiones y derivaciones:

Tenemos en este paneo varios problemas planteados. En primer lugar, la poco justificada derivación de la tesis de la indeterminación ontológica de la metodológica, señalada por Orayen.

En segundo lugar, las atribuciones de fisicalismo y su matiz posterior. La posición inicial de Quine parece apoyarse en un fisicalismo que podría criticarse por demasiado estrecho, incluso manteniendo una posición naturalista para explicar el lenguaje[38]. El intento de Føllesdal aceptado por Quine parece más bien eludir el problema que solucionarlo, ya que si su definición de significado de una expresión puede ser correcto, al problema de sus fundamentos no se explican sino que se posponen. Parece además transformarse en una respuesta circular, ya que Quine había llegado al fisicalismo para sostener la diferencia entre Física y lingüística. Y cuando se cuestiona el fisicalismo, se apela nuevamente a las características del lenguaje, donde una vez más, la preexistencia de significados se niega por analogía con la Física. Cabe dejar asentado que estas críticas a Quine no derivan necesariamente en una noción de referencia determinada y objetiva.

Desde nuestro punto de vista, los elementos lingüísticos no son entidades “objetivas” como aquellas que estudia la Física, pero si hechos fácticos, y consistentes, de nuestro mundo. Podría aducirse, y muchos lo han hecho, que en tanto es social (y de hecho así lo considera Quine), se distinguen de los hechos “naturales”, descartando cualquier posible comprobación empírica. Pero con ese criterio, que Quine no adopta en principio, debería eliminarse todo tipo de investigación empírica del mismo.

Dentro de una definición naturalista más amplia, como la definición de Føllesdal, bien podría entrar que la práctica del lenguaje incluye una parte que es convencional y consiste en atribuir “significantes”, en términos de Saussure, a “significados”, que es a lo que se refería Alston cuando señalaba que conocemos los significados de la propia lengua que utilizamos para expresar intenciones, etc. Estos últimos podrían considerarse socialmente determinados y no previamente a ser utilizados en la práctica lingüística social. Versiones más sofisticadas dan cuenta no sólo de la determinación de una sola palabra sino de las tonalidades, órdenes de palabras, formación de las mismas mediante afijos, conjugaciones, declinaciones y demás formas que constituyen la gramática de una lengua particular y que incluyen aspectos semánticos. Por supuesto que tal atribución no es inocente: es, como planteara Voloshinov, social y políticamente significativa, porque no puede separarse de las condiciones sociales en las que se produce y porque ellas son multiacentuadas, es decir, contienen tanto el acento social en el que se forman, como el propio. También en esta fuente abrevará Voloshinov para explicar la creatividad lingüística, no reductible ni a un “sistema establecido” autosuficiente, ni a un puro “estilo” individual[39]. No sólo supone una cosmovisión compartida (y no común, ya que puede ser y es, contradictoria), sino que es el producto de esas relaciones sociales, culturales, etc. entre los hombres. Tampoco tales determinaciones sociales parecen poder reducirse a “comportamientos observables en circunstancias observables” aunque tengan una base empírica (aunque no fisicalista). Esta posición tampoco elimina necesariamente la indeterminación de la traducción en el sentido de considerar los referentes como dados y la definición de un manual como “el verdadero”. De hecho, algunas versiones lo excluye explícitamente ya que consideran que hay una lucha, en el caso de Voloshinov por ejemplo, por los significados e incluso sus formas gramaticales.

Pero Quine tampoco se permite posiciones como las de Alston, de tinte pragmatista (corriente que se ha dedicado a demostrar cómo mucho de lo que da significación a oraciones del lenguaje son conductas observables que no entran literalmente en la frase), aunque no parece posible derivar que sus defensores sostengan posiciones mentalistas necesariamente. Citamos a Alston porque cuando Quine responde a sus críticas, en principio parece aceptar su apelación a la “expresión”: “Las ‘condiciones en las cuales una oración puede ser expresada’ constituye en enfoque apropiado […] Sería razonable incluso referirse a estas condiciones colectivamente como el significado de la oración”[40]. En el mismo sentido parece aceptar la definición intentada por Føllesdal. Pero cuando Alston deriva de allí nociones de sinonimia entre tales significados (que difícilmente puedan considerarse preexistentes), Quine vuelve a marcar sus diferencias porque considera de nuevo que con ello nos encontramos en el mentalismo, y vuelve a apelar a la diferencia entre “hechos” lingüísticos y físicos. Aunque acepta entonces varios de los matices y reformulaciones que se derivan de las críticas recibidas, parece allí fijo en las posiciones que previamente quería atacar, las mentalistas, que ve como fantasma en toda apelación a sinonimias y significados, aunque sus críticos no están defendiendo referencias objetivas preexistentes.

Ello puede responder a que Quine, aun con sus críticas al mentalismo y con su insistencia en lo público del lenguaje, sigue siendo “internista”. Esto le ha sido criticado por Raatikainen, un autor que matiza muchas de las críticas hasta aquí esbozadas a favor de Quine, pero señala que según varios desarrollos de la filosofía del lenguaje, la gente puede referir exitosamente aún sin demasiado conocimiento para identificar unificadamente al referente, e incluso teniendo creencias falsas que son mejor satisfechas por otras entidades que los que eligen como referentes: “La visión de Quine está aun determinada por lo que está dentro del hablante (por sus disposiciones al comportamiento verbal) considerado separadamente del ambiente social y físico del hablante”[41]. Esto no elimina, como en el resto de los casos, la posibilidad de la indeterminación de la traducción, pero sí postula que en el significado entran en juego muchos más elementos que los de las disposiciones al comportamiento verbal.

Conclusión

De las distintas críticas realizadas a Quine y sus respuestas, podemos concluir que el argumento de la indeterminación de la referencia puede sostenerse aun postulando para el lenguaje posiciones que se apartan, por distintos motivos, de las de Quine en a cuanto considerarlo “disposiciones al comportamiento verbal en circunstancias determinadas”. Parece haber en la práctica lingüística muchos más elementos, que también pueden considerarse fundados en última instancia empíricamente, pero no por ello se agotan en la observación de esas disposiciones. Ni en cuanto al aprendizaje del lenguaje, ni en la diferenciación hecha entre física y lingüística que habilitaría a la indeterminación en sentido fuerte, ni en muchas de otras características traídas a cuenta por sus críticos, parece tener Quine argumentos suficientes para dar cuenta específicamente del fenómeno lingüístico, aún cuando pueda mantenerse su tesis de la indeterminación de la referencia.

En este sentido creemos que tal tesis, que están en consonancia con los objetivos de Quine en cuanto a discutir con el mentalismo y la distinción analítico / sintético, apela como dijera Chomsky a un esquema escéptico general que puede ser válido filosóficamente, pero que difícilmente encuentre suficientes argumentos para derivarse de una explicación cabal de algunos de los aspectos centrales del lenguaje.

Es decir que cuando Quine pasa de analizar cómo fluye la conversación entre hablantes de una lengua y sus posibles traducciones a cuestionar las posibilidades de una “referencia” absoluta o universal, apela a problemas como el de un “relativismo ontológico” que ilegítimamente se derivan de los problemas lingüísticos, muchos de los cuales a su vez no logra explicar satisfactoriamente como fenómeno social y “público”, tal como lo había definido.


[1] Quine, La búsqueda de la verdad, Barcelona, Crítica, 1992, p. 66.

[2] Quine, Palabra y objeto, Barcelona, Herder, 2001, p. 97.

[3] Quine, Desde un punto de vista lógico, Bs. As., Hyspamérica, 1984.

[4] Quine, La búsqueda de la verdad, op. cit., p. 66.

[5] Quine, Palabra y objeto, op. cit., p. 57.

[6] Ibídem, p. 90.

[7] Ibídem, p. 151.

[8] Quine, La búsqueda de la verdad, op. cit., p. 81.

[9] Ibídem, p. 83. La definición como versión débil y fuerte de la indeterminación la tomo de García Carpintero, Las palabras, las ideas y las cosas, Barcelona, Ariel, 1996.

[10] Ibídem, p. 84.

[11] Quine, Palabra y objeto, según edición citada en García Carpintero, op. cit., p. 458.

[12] Quine, Palabra y objeto, Barcelona, Herder, 2001, p. 107.

[13] Ibídem, p.108.

[14] Quine, La búsqueda de la verdad, op. cit., p. 94.

[15] Notemos que esta infinitud es señalada también por Quine cuando postula necesario analizar las oraciones de un lenguaje, y no las palabras por separado, a pesar de que éstas parecen tener la ventaja de ser finitas. Podría discutirse esta finitud de los términos, considerando que para cada hablante particular, la cantidad sideral las acerca más “empíricamente” a la infinitud, y que por otro lado, también los términos y reglas gramaticales se recrean constantemente. Pero los motivos por los cuales Quine elige las oraciones no profundizan en estas magnitudes sino que son también motivos “conductistas”: sólo a ellas se puede asentir o disentir.

[16] Chomsky, “Quine´s empirical assumptions” en Davidson y Hintikka (eds.) Words and objections. Essay on the Work of W.V Quine, Dordrecth, D. Reidel, 1969, p. 54. La traducción es propia.

[17] Ibídem, p. 58.

[18] Ibídem, p. 56.

[19] Ibídem, p. 64.

[20] Quine, “To Chomsky” en Davidson y Hikkita, op. cit., p. 306.

[21] Quine, “Lingüística y filosofía” en Hook (comp.), Lenguaje y filosofía, México, FCE, 1982, pp. 140/141.

[22] Por otro lado, no queda claro, dirá Chomsky, por qué se consideran caracterizables conductualmente algunas de las hipótesis analíticas, como las conexiones veritativas-funcionales, y no las otras (“Quine´s empirical…, op.cit., p. 60).

[23] Quine, “Lenguaje y filosofía”, op. cit., pp. 142/143.

[24] Dice por ejemplo: “Por más sorprendente que pueda ser la conclusión de que la naturaleza nos ha proveído de un stock de conceptos innatos, y que la tarea del niño es descubrir sus etiquetas, los hechos empíricos parecen dejar abiertas unas pocas otras posibilidades” (Chomsky, New horizons in the study of languaje and mind, Cambridge, Cambridge University Press, 2000, p. 66. Traducción propia). Sin duda llevada a este extremo, la posición chosmkyana entrar de lleno, provocativamente, en el “mito del museo” que criticaba Quine. Sin embargo, debe reconocerse también que en algunos pasajes de Chomsky, esos conceptos innatos no aparecen como algo necesariamente separado de lo corporal, sino como características abstractas de ciertos mecanismos físicos aún no clarificados.

[25] Davidson, quien ha desarrollado aunque con diferencias algunos de los argumentos de Quine, ha intentado dar cuenta de la recursividad e interpretación de la infinidad de oraciones que todo lenguaje supone, pero apelando como base común no al “significado-estímulo” sino a “las características objetivas del mundo que se ven alteradas en conjunción con los cambios de actitud hacia la verdad de las oraciones” (“Interpretación radical” en De la verdad y de la interpretación, Barcelona, Gedisa, 2001).

[26] Chomsky, “Lingüística y filosofía” en Hook (comp.), op. cit., pp. 96/97.

[27] Chomsky, “Quines´s empirical…, op. cit., p. 66.

[28] Rorty citado en Gibson, “Translation, Physics, and facts of the matter” en Hahn y Schilpp (eds.), The philosophy of W.V. Quine, Illinois, Open Court, 1998, p. 141. Traducción propia.

[29] Alston, “Quine on meaning” en Hahn y Schilpp (eds.), op. cit., p. 55. Traducción propia.

[30] Gibson, “Translation, Physics, and facts of the matter”, op. cit., p. 143. Traducción propia.

[31] Quine, “Reply to William Alston” en Hahn y Schilpp (eds.), op. cit., p. 75. Traducción propia.

[32] Quine citado en Alston, op. cit., p. 53.

[33] Alston, op. cit., p. 64.

[34] Føllesdal, “Indetermination and mental states” citado en Eve Gaudet, Quine on meaning, Londres y NY, Continuum, 2006. Traducción propia.

[35] Quine, “Comment on Føllesdal”, citado en Gaudet, op. cit.

[36] Orayen, Lógica, significado y ontología, México, UNAM, 1989, pp. 158/159.

[37] Ibídem, pp. 161-164.

[38] Es cierto que por su parte, los ataques de Chomsky por momentos parecen, como señala Sidney Hook, más cercanos a un antinaturalismo que a una crítica a un naturalismo demasiado estrecho (Hook, “Empirismo, racionalismo e ideas innatas” en Hook, op. cit.).

[39] Voloshinov, El marxismo y la filosofía del lenguaje, Bs. As., Ediciones Godot, 2009.

[40] Quine, “Reply to William Alston”, op. cit., p. 73. Subrayado del autor.

[41] Raatikainen, “On how to avoid the indeterminacy of translation” en The Southern Journal of Philosophy Nº 43, 2005. Traducción propia.

Category: Artículos, Cultura, Ideas y debates, Lecturas críticas

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